Capítulo 3. El fraticidio.

2057 Words
El fraticidio, el acto de un hermano que mata a otro, es un tema que ha intrigado a la humanidad a lo largo de la historia. Desde los relatos clásicos de Rómulo y Remo hasta las narrativas más contemporáneas, el fraticidio es un drama cargado de tensiones familiares, emociones intensas y un suspenso que envuelve a todos los involucrados: familia, conocidos y, en general, el entorno de los involucrados. Y el Rey había vivido todo ese trance en su niñez, al ser señalado de asesinar a su hermano mayor, atravesando una espada en su pecho. La realidad es que nunca se aclaró nada sobre el hecho. Solo el Rey Andrei (nombre de mi señor) y el muerto, el futuro líder Remualdo, aquel que no quería ejercer su derecho de nacimiento; aquel que, analizando con templanza y razón los hechos, el mito, el relato (contado cientos de veces y en ninguna de estas veces se coincidía en lo que pasó realmente), estorbaba a mi ahora Señor en su camino a la grandeza; aquel que ya no podrá decirle a nadie lo que realmente pasó en ese fatídico día donde el Rey cumplía apenas 13 años de edad. Ese evento cambió todo. Ese momento en la historia de Andrei, quien años después se volvería en amo y señor de todo el reino, querido en un principio por la mayoría de la gente: los pobres, los ignorantes, los que tenían y guardaban un gran rencor en contra de aquellos que habían nacido en cunas de oro y plata, que nunca habían sufrido de hambre, de sed; aquellos que heredaban las posiciones de sus padres, sin darles oportunidad de participar de la toma de decisiones del Estado a ellos, a quienes sí sabían lo que se necesitaba para sacar adelante al reino, los que conocían los problemas, porque todos los días los habían sufrido y que, quizá, actuando distinto a las clases poderosas, a los nobles, a los acomodados, tenían la forma de resolverlos en beneficio de todos. El paso de los años, los errores en la toma de decisiones, por no tener expertos en los temas, por confiar en sus fieles seguidores, amigos, amantes y concubinas; por posicionar en puestos vitales a esos pobres que, estando en el poder, decidieron no resolver nada y hacerse con la mayor cantidad de recursos, dinero, propiedades y posesiones, con acciones peores a las que criticaban de sus otrora señores. Poco a poco (más lento, por cierto, a lo que cualquiera pudiese esperar) fue alejándose de él la gente, los que llegaban solos, en oleadas, a escucharlo muy temprano en la Plaza de la Mañana, como si fuese un gran filósofo de la Grecia antigua, entrando a la Ciudad Estado de Atenas y a quien creían cada letra, cada palabra y cada idea plasmada en sus discursos. Y es que, aún el filósofo Diógenes tuvo que pedir un mendrugo de pan, un día que estaba más hambriento que nunca, a unas persona en Macedonia. Cuando la gente empezó a ver que el hambre no se iba, que la pobreza aumentaba, que seguían proliferando los asaltos y asesinatos en los caminos que conectaban a pueblos y ciudades por todo el reino, que no había llegado la transformación moral, ética, política y social que tanto había presumido, prometido y pregonado el mesiánico general antes de tomar para sí el trono de Nación, sucedió lo impensable (cuando menos en la mente del Rey, su familia y sus cercanos, yo incluído, él debía ser alabado y elevado a rango de Dios ancestral): El pueblo, gran parte de él, que había encumbrado a ese hombre de origen humilde, con rumores de ser el asesino de su hermano, violento, torpe e ignorante, al máximo poder, ahora se levantaba por todos lados, exigiendo su dimisión y destierro, abanderados (lo que más molestaba a Andrei) por una mujer preparada, carismática y muy valiente: Xatshi, también de cuna humilde, pero quien sí tuvo la ventaja de ser la primogénita de una familia de 6 hermanos, dos varones y 4 mujeres. Y cada día las revueltas y los gritos en contra del Rey aumentaban de nivel. La esperanza ya tenía otro rostro y ya no era el de su encorvada y cansada figura. Pero ¿qué pasó ese fatídico día del fraticidio que cambió la historia de todo un reino? En tiempos lejanos ya, se cuenta que en la región sureste del reino de Igna, de nombre Makuzpan, lugar de paisajes con majestuosos bosques y selvas vírgenes a las que bañaba constantemente el Mar de Atlantis, vivían Remualdo y Andrei, junto con otros 5 hermanos, todos varones, más pequeños que los dos mencionados. Eran príncipes en una familia que había gobernado durante generaciones la provincia de Tabh. Sin embargo, a pesar de su prestigio, la posición de heredero del trono no siempre era deseada por el primogénito heredero, de acuerdo a las costumbres del lugar. Remualdo, el primogénito, era el heredero natural al trono. Pero, desde temprana edad, dejó en claro que no tenía interés en ser el líder de la región de Tabh, una de las provincias del reino de Igna. Su corazón anhelaba explorar los campos y los senderos de los alrededores, leer libros sobre aventuras lejanas y admirar las maravillas de la naturaleza. Las responsabilidades del trono le parecían abrumadoras y sin sentido, y anhelaba una vida más sencilla. Por otro lado, Andrei, tenía un ardiente deseo de aprender y liderar. Soñaba con ser emperador y hacer del reino un lugar mejor. Se sumergió en la historia, la política y la administración, buscando aprender todo lo posible para gobernar con sabiduría, aunque era de muy lento aprendizaje, lo que le impedía avanzar con la rapidez que él hubiese deseado. El padre de ambos sabía que Remualdo tenía todos los atributos de un líder nato, además de ser inteligente y fácil para el aprendizaje de cosas nuevas, matemáticas, física, astrología y astronomía, ciencias, moral y religión. Por otro lado, reconocía el don de la palabra de Andrei y su habilidad para el manejo de las armas. Sabía que sería un gran guerrero al servicio de la provincia que él, Gord, guiaba con sabiduría pero, también, con mano dura, por los salteadores de caminos que asolaban la región. Sin embargo, siempre vio algo obscuro en la mirada del segundo de sus hijos. Era voluntarioso, necio y, lo peor, demasiado rencoroso para liderar al pueblo de forma justa e imparcial. Odiaba mucho a los nobles del lugar, aunque él mismo había nacido con los privilegios propios de la alta nobleza. Estaba muy tranquilo sabiendo que sería Remualdo y no Andrei, quien gobernaría con templanza y orden a los naturales del lugar. Justo después de que Andrei cumpliera los 13 años sucedió la desgracia. El padre los mandó, a ambos, junto con un tercer hermano de nombre Piodosio a un retiro en un lugar secreto en la selva de Makuspan, utilizada siglos atrás por las tribus del lugar como sitio sagrado, para alabar a los dioses primigenios, donde debían seguir con sus estudios para la edad adulta. Se cuenta que esta fue la conversación que, nuevamente, cambió todo. - ¿Por qué no te alegras, Remualdo? - preguntó Andrei, viendo la tristeza en los ojos de su hermano - A la muerte de mi padre, hombre ya de edad avanzada, serás el líder y regente de toda la región de Tabh. Esto es lo que la familia ha esperado durante generaciones: un líder nato, poderoso, que pueda a futuro desterrar a los que, hoy, gobiernan el reino de Igna. Remualdo suspiró y miró las estrellas. - Lo que la familia ha esperado, Andrei, no necesariamente es lo que yo deseo. El mando es un fardo pesado. No quiero ser líder de nuestro pueblo, quiero ser libre, ya te lo había dicho. Andrei, con un brillo en los ojos, respondió: - Tú sabes que yo ansío el trono que te pertenece por herencia. He estado observándote, sí, a tí, aprendiendo de tus errores, de tus éxitos. Sé que soy un buen líder, mejor de lo que tú jamás serás y algún día, podrías entregarme el trono, que yo lo aceptaré con gusto para mandar en favor de los más pobres de nuestros hermanos Makuspos. Remualdo se sorprendió por la vehemencia de las palabras de Andrei y, sobre todo, por ese brillo casi demente en sus ojos, perdidos en un mundo distante al de la realidad. Para calmarlo, le invitó a un duelo de espadas. Siempre Remualdo fue más hábil que su hermano para el manejo de la espada y sabía que si cansaba lo suficiente a Andrei, este se calmaría de sus ansias de poder y volvería a la calma y la razón. Así, con la mirada espantada de Piodosio, empezó el juego entre hermanos, el que habían jugado cientos de veces y donde siempre había triunfado Remualdo. El temor del tercero de los fraternos creció cada minuto que Remualdo esquivaba los embates furiosos de Andrei, hasta el punto en que decidió salir a pedir el auxilio de los maestros del lugar, para que detuvieran este tan peligroso juego de la muerte. Remualdo se dió cuenta que los golpes que Andrei lanzaba eran cada vez más violentos y empezó a retroceder. A partir de ahí, es que se dividen las historias, donde el mito nació. Algunos dicen que Remualdo tumbó a Andrei al suelo y que, al detenerse para ayudarlo a levantarse, pensando que su hermano había sido vencido y estaba tranquilo, fue asesinado arteramente, desarmado, descuidado, confiado, por Andrei, quien le atravesó el corazón de una estocada perfecta, letal, violenta. Otros, los seguidores del Rey, entre ellos quien esto cuenta, nos quedamos con la versión donde Andrei se descuidó por el ruido de una guacamaya (abundantes en dicho lugar) y, justo cuando volteó, Remualdo se tropezó al avanzar hacia él y solito se atravesó con la espada del distraído hermano menor. El hecho es que, al llegar Piodosio con tres de los guardianes del sitio, se encontraron con la dantesca escena: Remualdo yacía en el suelo, con sangre brotando todavía por la herida, atravesado por la espada y Andrei, arrodillado junto a él, con la mirada perdida, solo repetía, una y otra vez, lo siguiente: - Lo siento, hermano, lo siento. Al conocer la noticia de la muerte de Remualdo, el padre enfermó y se avejentó de golpe unos 20 años. El dolor de la pérdida de su primogénito se sumaba a su convencimiento de que su muerte no había sido un accidente, pues conocía la intención de Andrei de gobernar en lugar de su hermano. Pero no tuvo tiempo de hacer los arreglos para que Piodosio fuese su sucesor, ni para ordenar el castigo a su hijo asesino. Solo pudo contarle en su lecho de muerte a su asesor de confianza, Macleito, quien fuera desterrado por el muy joven Andrei, cuando tomó posesión como líder de Tabh, su sentir y las acciones a tomar para que el azote del reino (Macleito fue contando en cada pueblo que pasaba su versión de los hechos, misma que era desmentida por los voceros y seguidores de Andrei) no llegara a tener poder. - Mi padre jamás me quiso. Él amaba a Remualdo. Su muerte repentina lo aniquiló. Llegué al poder que ansiaba, pero el precio para mi alma y mi espíritu fue muy alto. Y hoy, cercano al final de mi camino, recibo en mis sueños la visita de ellos, mi padre y mi hermano, que me atormentan con el recuerdo de mi más grande pecado. Con lágrimas en los ojos, el Rey volteó a verme y pronunció unas palabras que, todavía hoy, cuando narro todo esto, me siguen atormentando: - Yo lo maté. Lo hice a traición. Eres el primero al que se lo confieso y maldito seas mil veces si se lo dices a alguien, pues me encargaré de borrar a tu linaje del mapa, así sea mi último acto en esta miserable vida. Y fue cuando, por primera vez, ví ese macabro brillo de locura, de insania, de rabia contenida, en los ojos de Andrei, el rey por el que había yo traicionado a mi pueblo, a los míos, pensando que era el mesías que necesitaba este reino. Ahí fue cuando me di cuenta de todo. Ahí. Y temblé de impotencia, rencor y miedo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD