Pasé la tarde entera deseando que en cuanto saliera estuviese allí. Apurar el tiempo no hizo que pasara más rápido y cuando por fin llegó la hora temblaba como una tonta ante la perspectiva de tenerlo cerca una vez más. Entré al estacionamiento del hospital, él tenía las manos dentro de los bolsillos de la chaqueta recostado de mi auto y por un momento lo recordé igual que aquella tarde sobre el risco. Me dedico esa sonrisa tan dulce con su mirada indescifrable como siempre, y me acerqué pareciendo que lo hacía en cámara lenta como atraída por un imán. Mi mente no dejaba de exigirme que hiciera todo lo posible para que me abrazara como solía hacerlo, no pude siquiera sonreír. Lo miré en la escasa luz mientras llamaba a mi auto carcacha y a pesar de ello quiso conducir alegando que yo habí

