Recostada en el respaldo de una amplia cama de sábanas costosas, Ariana analizaba su suerte. Nunca en su vida había amado tanto a un hombre como amó a Leandro. Todos sus sueños y esperanzas volaron en torno a él y se extendieron a medida que se extendió su pasión por ese hombre; pero toda la solidez de su vida se desmoronó el día en que Leandro apareció muerto. El odio y la desesperanza le cegaron los instintos. Ahora solo pensaba y actuaba en relación a su venganza. Su arruinada alma encontraría consuelo cuando viera a sus enemigos caídos, con la vida demolida como la de ella. Primero a Jacinto, por haber presionado a su amado hasta llevarlo al borde de su paciencia; luego a Elena, la maldita que se lo arrancó de los brazos. Fue fácil para ella armar una coraza de odio en torno a su

