Los hombres estaban tranquilos, comían despreocupados en la oficina. Iván salió del cuarto agachado para no ser visto y se acercó sigiloso. Se fijó que en la entrada del cubículo había un estante bajo, con algunos ornamentos y libros. Una vasija de barro con flores artificiales adornaba uno de los tramos, por el tipo de material él dedujo que debía tener algo de peso y podía ser utilizado como un proyectil. Entró en la oficina de manera repentina y sorprendió a los hombres, quienes al verlo, casi se atragantaron con la comida. —Buenas tardes, caballeros. El bajito escupió lo que masticaba y se levantó para encarar a Iván. El moreno dejó caer su vianda al suelo y comenzó a tantear en su chaqueta en busca de su arma, manteniendo la comida dentro de su boca. Con velocidad Iván tomó la

