Iván le besaba el cuello con toda la ternura que su ardiente deseo le permitía, ansiaba liberarla y aunque no podía descargar su frustración en el culpable de ese dolor, no iba a permitir que gobernara la vida de su ángel. Elena le pertenecía y él estaba decidido a desterrar todo el daño que alguna vez le hicieron. Con los labios reverenciaba cada tramo de piel y con el dorso de los dedos acariciaba el cuerpo de Elena, pero ella seguía inmóvil y nerviosa. —Elena… —le suplicó. —Tengo miedo. Iván la miró a los ojos. Notó el temor y el deseo mezclados en ellos. —No te haré daño, confía en mí. Elena distinguió en la mirada de Iván ternura y pasión. Ansiaba confiar en él, si alguna vez volvía a intentar mantener ese tipo de relaciones el más indicado era ese hombre, quién conocía su

