PREFACIO

1646 Words
30 de diciembre Camino hacia mi consultorio degustando el sabor de mi exquisito chocolate. Hoy amanecí de buen humor; estoy tan radiante que podrían confundirme con el sol. Estoy tan optimista, lo cual es raro, por lo que ruego para que nada arruine mi estado de ánimo… aunque lo pongo en duda, porque siempre suele pasar algo que me hace decaer. Mi celular empieza a sonar y debo hacer maniobras para contestar sin derramar nada. —Hola, madre —saludo con el celular en una mano, la taza de chocolate en la otra y un pedazo de pan atrapado entre mis dedos, mientras intento abrir la puerta del consultorio—. ¿Cómo va todo? A pesar de ser muy temprano, ha sido un día algo ajetreado. Sin embargo, me tomé un rato libre para disfrutar de mi hermosa debilidad: el chocolate. Un vicio horroroso que me hace subir de peso, pero que amo con toda el alma. —¿Cómo estás, Ina? —pregunta mamá, ignorando mi pregunta. Así empieza bien el día. Odia las videollamadas, por eso llevo semanas sin ver su rostro. Aun así, puedo imaginármela sentada en la mesa con una sonrisa, comiendo el pan recién horneado que siempre compra en las mañanas. Es solo mi imaginación; por el sonido de sus pasos sé que está caminando un largo trayecto. Debe ir camino a casa después de su jornada de trabajo. —Muy bien, ma —digo. Y aunque las cosas estuvieran mal, no se lo diría. No quiero que cargue con más preocupaciones, ya tuvo suficiente cuando cancelé la boda en el último minuto y con los otros problemas que le he dado a lo largo de mi vida. No he sido la mejor hija—. ¿Cómo estás, tú? Por poco se me cae la taza cuando por fin logro abrir la puerta. Uff… por fin. —Bien, hija —ríe suavemente, y ese sonido hace feliz a mi corazón—. Deja de intentar hacer tantas cosas a la vez —me reprende. —¡Oh, por Dios! ¡En serio, madre! —jadeo en sorpresa. Cualquiera pensaría que es una bruja. Dejo la taza en el escritorio sintiéndome como una niña atrapada en plena travesura. En realidad, no está mal; llevo algunos años sin hacer nada por lo que mamá pudiera regañarme, y quizá eso la tiene preocupada. —Siempre hacías eso cuando ibas a estudiar —recuerda. Tiene razón. —Te extraño —susurro, sentándome. Ella guarda un largo silencio, lo cual no es normal. En un día normal, mamá diría “yo también”. —Iré a verte en unos días —confiesa. Frunzo el ceño. Debería estar emocionada, pero no puedo. Desde que estoy aquí le he insistido para que venga, y siempre pone la excusa de que odia viajar, que no tiene dinero, que el trabajo no se lo permite. Que ahora quiera venir así, de repente… me inquieta. ¿Cuál es la verdadera razón? —¿Sucedió algo…? —pregunto. ¿Será su salud? —No —se apresura a responder—. Solo que te extraño y quiero compartir tiempo contigo. Miente. Y lo sé, porque no sabe mentir. —¿Segura de que no es algo más…? Guarda unos segundos de silencio y decide huir del tema. —Por cierto… Cambri te dejó saludos. Perfecta escapatoria. Sabe cuánto quiero a esa chica. Sonrío sin querer al pensar en la peli rubia. Soy mayor que ella, pero a su lado me siento una inexperta en la vida. —¿Ha ido a verte? —Sí. Cuando supo que me iría de Estrasburgo, prometió cuidar de mamá. Pensé que estaba bromeando o que se cansaría pronto… pero no. —Le agradeceré cuando hable con ella. —Agradécelo también de mi parte. —Entonces… ¿cuál es el motivo de tu visita? —Solo quiero verte —insiste. Le creería si no la conociera—. ¿Qué tal te ha ido, cielo? —Lo normal: del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. —No es bueno que te reprimas, hija —recuerda—. Eres joven, debes vivir. Te fuiste para continuar con tu vida y dejar atrás el pasado, pero creo que… No lo he logrado. Y ambas lo sabemos. —Mamá… Suspira. —Está bien, cielo. Te dejo para que disfrutes tu chocolate y tu pan —dice, y estoy segura de que está sonriendo—. Te amo, cariño. Cuelga antes de que pueda responder. Lo normal en ella. A esa mujer la amo con todas mis fuerzas. Le debo todo. Gracias a ella soy quien soy. Esa mujer guerrera me sacó adelante. Se convirtió en enfermera trabajando sin descanso. Ahora es mi turno de retribuirle algo de todo lo que me dio, pero siento que no es suficiente. Siempre fui un quebradero de cabeza para ella. Tomo la taza mientras recuerdo los momentos hermosos que vivimos en nuestra pequeña familia. Siempre fuimos ella y yo. Nunca conocí a mi padre. Mamá nunca habla de él, y yo no insistí, sé que le duele. ¿A quién no le duele hablar de un pasado que aún no sana? […] 1 de enero Hoy debía ser un día lleno de alegría, o por lo menos un buen día, eso es lo que se espera de esas fechas, pero… Mis manos no dejan de temblar. En la derecha aún sostengo esa nota arrugada. Siento que me asfixio; todo gira a mi alrededor. No sé si es por las luces del lugar o por lo que estoy sintiendo. Supongo que ambos. Mis ojos están fijos en las luces fluorescentes del bar. Ni siquiera recuerdo cómo llegué hasta aquí. Hace años que no pisaba un bar por voluntad propia. —¿Señorita…? —una voz lejana hace eco en mi mente—. ¿Señorita…? Una mano pasa varias veces frente a mí, tratando de sacarme de la burbuja que me envuelve. —¿Se encuentra bien? Parpadeo. La luz me ciega. —¿Ah…? —¿Está bien? —repite la mesera con preocupación. ¿Bien? ¿Quién puede estar bien después de lo que acabo de saber? Asiento torpemente. —Sí —murmuro. La garganta me arde. No sé cuánto llevo sin hablar. —Su celular no deja de sonar —señala el aparato en mi mano izquierda, que aprieto con tanta fuerza que me sorprende que no se haya roto—. ¿Segura que está bien? No lo estoy. Pero ella no tiene por qué cargar con mis problemas. Cuelgo. Apago el teléfono. No quiero saber nada de mamá, no en este momento Estaba feliz de verla, de compartir con ella… pero lo arruinó. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no antes? ¿Acaso no vio cuánto sufrí? No es su culpa, pero no puedo evitar estar molesta. —Dame una cerveza —pido. Asiente y regresa con el vaso. —Dicen que las penas se ahogan en tragos, pero saben mejor en compañía —dice. ¿Compañía…? Estoy sola. —Eso dicen —respondo. —Te acompaño. Niego. —Quiero estar sola. No pienso emborracharme. Solo necesito tranquilizarme. Esta semana empezaría a trabajar en la clínica, pero ahora desearía que mi madre no estuviera en mi apartamento para poder meterme en la cama y no salir nunca. La mesera se aleja. No sé cuánto tiempo pasa, pero cuando vuelvo a la realidad, suenan disparos. ¿En serio…? Gritos. Caos. Y yo soy una de las que grita, tirada en el suelo en posición fetal, temblando. Varias personas me pisan, tropiezan conmigo. Tengo rasguños en los brazos. Por suerte llevo pantalón. ¿Qué más podría salir mal? Claro. No debí preguntar. Terminamos en un calabozo solo por estar en el lugar equivocado a la hora equivocada. ¿Qué infierno estoy pagando? ¿Soy una hija no deseada? ¿Una bastarda? Es posible. Mi padre nunca estuvo presente. Quizás sea la hija bastarda de un millonario. Eso solo pasa en los minidramas. El caso es que la suerte nunca está de mi lado. —Tiene derecho a una llamada —dice un oficial, empujándome hacia un escritorio y entregándome mi celular. ¿A quién llamo? ¿A mamá? No puedo, no hoy. Marco el único número posible. Ojalá no esté de fiesta. —¿Hola? —suena somnolienta—. ¿Al…? Suspiro. —Sé que no son horas… —el oficial me mira con impaciencia—. ¿Puedes venir por mí? —susurro, avergonzada. Escucho cómo se mueve intentando no despertar a ese idiota con el que vive. Sería un placer arruinarle el sueño. —¿Dónde estás? —En un calabozo —confieso. Me muerdo el labio. Qué vergüenza—. Faith… —No te preocupes. Voy en camino. Lo solucionaremos —dice sin una sola pregunta, lo cual sorprende en alguien tan curiosa—. Nos vemos ahora. Me regresan a la celda. Media hora después, mencionan varios nombres para la salida, incluido el mío. Cuando entro a la sala de espera, veo a Faith con un hombre que no es su prometido. Hablan animados. Él le da dos besos en las mejillas antes de irse. Mis ojos siguen su espalda y ese trasero… ¿Dónde lo he visto? Trago saliva y camino hacia ella. —Hola —logro decir, con una sonrisa torcida. Juego con mis manos como una niña que ha sido sorprendida enterrando a su mascota—. Gracias. Ella sonríe y niega con la cabeza. —No tienes nada que agradecer. En todo caso, deberías agradecerle al grandulón que se fue —dice señalando la salida—. Si hubieras salido unos minutos antes, habría podido presentárselos. Intento sonreír, pero mi subconsciente grita: «¡Corre mientras puedas!» Prefiero no conocerlo. Mi instinto nunca se equivoca.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD