—¡Bienvenida a Madrid! —grito emocionada al ver a Alice Campello, bajándose de su coche en mi garage. Cuando Morata fichó por el Chelsea, Alice y yo nos seguíamos en i********:, pero cuando nos dimos cuenta de que vivíamos a pocos minutos de distancia, nuestra amistad floreció. La rubia siempre está con una sonrisa en el rostro, es increíble. Despedirnos fue una tortura, pero sabía que la volvería a ver, aunque no pensaba que tan pronto y en estas circunstancias. —¡Mi principessa! —grita, dándome un fuerte abrazo—. ¿Cómo estás? ¿Cómo te ha ido en este tiempo sin mí? —Pues, hay mucho que contarte. ¿Dónde dejaste a mis gemelos? —suelto enrollando mi brazo con el suyo y caminando juntas a la casa. —Me liberé —declara—. Los dejé con Álvaro y estoy que me muero. La tard

