XLI Estaba muy arriba, en esa oficina que ahora lo acreditaba como el dueño absoluto de la multinacional farmacéutica, de la que un día solo fue un empleado más. No podía estar tranquilo, sabía lo que se venía pierna arriba con Aluna y Matt. Suspiró, la solución, al menos la temporal, no creía que fuera bien vista por su nieto. Aun así, no tenía más en sus manos, ya que, sus investigaciones jamás pudieron desembocar en una solución definitiva. —Florencia… ¿Qué haremos ahora? —susurró para sí. La puerta de su oficina se abrió y dio la vuelta, luego sonrió. —¿Sergei? —entró preguntando una amable señora de cabellos blancos recogidos en una coleta—. Qué bueno que te encuentro, debo pedirte que firmes unos documentos, para enviarlos a París. —Helen, es un placer verte. ¿No es algo que pu

