LVII Los reflectores cayeron sobre su ser, tan perfecto y fuerte como se esperaba de él. Se movió con toda la gracia que había heredado, con la fiereza de su mirada, que empataba perfecto con los giros de su cuerpo, casi sensual, excitante. En el momento en que clavó la cuchilla de su patín en la pista congelada, la lluvia de flores y pequeños muñecos lo invadieron, haciendo necesaria la intervención de muchos asistentes para retirar todo, y dejar campo al siguiente competidor. Con uno de esos graciosos peluches en sus brazos, se despidió de su público y fue hasta tras las barandas. Ahí, esperó su calificación. Insuperable. El próximo en la pista era ese muchacho que ya había reclamado como suyo. Desde que supo que era un omega, simplemente fue con sus padres y lo pidió en matrimonio. L
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