XXXVIII Aluna no pudo ocultar sus nervios ni un segundo. No cerró los ojos en el avión, revisaba constantemente su reloj y tomaba mucha agua. Iba, claro, demasiado al baño, sentía que la presión le subía y le bajaba y su pulso estaba desbordado. —Mi hermosa, por favor, cálmate… nada malo va a pasar, solo será una visita, luego iremos a nuestro departamento. —Qué tierno eres al decir «nuestro» —respondió la niña tomándole una mano—. Es una de tus propiedades, me siento rara que digas que es de nosotros, cuando yo no he aportado nada. —Por favor, tú vas a ser todo en mi vida, ya lo eres… ese sitio es solo paredes y puertas, contigo será un hogar. Aluna recostó su cabeza en el hombro de su amado, que ahora entendía lo mucho que había exagerado al hablar de lo dura que podría ser su madre

