XLVIII Sus ojos azules estaban perdidos en la inmensidad de la noche y la ciudad, una a la que no estaba tan acostumbrado. Su aliento se pegaba al cristal, había llegado el momento, tenía que hacer su deber de hombre, de Alpha dominante, debía asegurar el bienestar de su familia, de su Aluna. Pudo sentir levemente el aroma que lo invadiría en minutos, aquel del que no podría escapar y entonces todo estaría hecho. Debía hacerlo lo más pronto posible, Aluna pisaba ya los 7 meses de embarazo y Sergei había casi desaparecido, no se pudieron comunicar nunca con los investigadores de la Universidad que habían creado ese inhibidor supremo, nada de nada. —Aluna… —susurró con tristeza—. Todo es por ti. —Creo que estoy listo —dijo una voz dulzona, aunque algo grave. Se trataba del joven omega q

