Capitulo 1: El eco de la seda rota
El silencio en el pequeño reino de Albania nunca había sido una señal de paz, sino de secretos bien guardados. Para Elara, el silencio era su lengua materna. Durante diecinueve años, se había movido por los pasillos de mármol del palacio como una nota a pie de página en la historia de otros; era la hija menor, la princesa de reserva, la que no heredaría la corona, pero sí la obligación de sonreír mientras los demás devoraban el banquete de la vida.
Esa noche, el aire de los jardines reales estaba cargado con la humedad pesada del jazmín y el aroma metálico de una tormenta que se negaba a estallar. Elara sostenía contra su pecho el velo de encaje de Bruselas, una pieza tan fina que parecía tejida con hilos de niebla. Era el velo que, en menos de setenta y dos horas, la uniría legalmente a Anton, el conde de Valerius.
—Es un peso ligero para una carga tan grande —susurró para sí misma, acariciando la tela.
Anton era su refugio. O eso creía ella. Mientras su hermana mayor, Isolde, era entrenada para la política gélida y la administración del estado, Anton había sido el único que se sentaba con Elara en la biblioteca para hablar de poesía, el único que no la miraba como a un mueble más del salón del trono. Su compromiso no era un arreglo de estado, o al menos eso le habían jurado. Era, supuestamente, un acto de amor.
Elara se dirigió hacia el Invernadero de Cristal, el lugar donde Anton solía esperarla después de las cenas protocolares. Quería darle una sorpresa: había logrado que la modista bordara las iniciales de ambos con hilo de plata en el borde del velo. Un gesto romántico, una cursilería que ahora le quemaba las manos.
Al acercarse, notó que las luces del invernadero estaban apagadas, pero la puerta de bronce estaba entornada. Un murmullo bajo, una vibración de voces que no deberían estar allí, la detuvo en seco.
—No puedes seguir así, Anton. Tus ojos te traicionan cada vez que ella entra en la habitación.
La voz era fría, precisa y autoritaria. Era Isolde. La futura reina.
Elara sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa nocturna. Se pegó a la pared de piedra, ocultándose tras una de las estatuas de las tres gracias. El velo se arrugó entre sus dedos.
—¿Y qué pretendes que haga? —la voz de Anton sonó diferente. Ya no era la voz dulce que le recitaba versos al oído. Era una voz hambrienta, desesperada—. Ella es la pieza necesaria. El consejo jamás aceptaría que nuestro romance saliera a la luz antes de que tú seas coronada. Casarme con Elara es la única forma de mantenerme cerca de ti, en este palacio, sin levantar sospechas
Un silencio pesado cayó entre ellos, roto solo por el sonido de un roce de telas. Elara se asomó por la r*****a de la puerta. Lo que vio fue una daga clavada directamente en su memoria: su hermana, con la tiara de heredera aún brillando en su cabello perfecto, tenía sus manos entrelazadas en el cuello de Anton. Y él, su Anton, la sostenía por la cintura con una familiaridad que solo nace de años de intimidad.
—Pobre Elara —rió Isolde, una risa que sonó como cristales rompiéndose—. Ni siquiera sospecha que su único valor es ser la pantalla de humo para nosotros. Es tan... invisible.
—Es una sombra, Isolde. Y las sombras no sienten —respondió Anton antes de inclinar la cabeza y sellar la traición con un beso que Elara sintió como un tajo en el cuello.
El velo de encaje resbaló de las manos de Elara, cayendo sobre el suelo sucio de hojas secas. El blanco inmaculado se manchó de tierra al instante, una metáfora cruel de lo que acababa de ocurrir con su vida.
No gritó. No entró a abofetearlos. El dolor era demasiado vasto para expresarse con ruido. En su lugar, Elara dio media vuelta y corrió. Corrió más allá de las fuentes, más allá de los guardias que dormitaban en sus puestos, hacia el Bosque de los Lamentos, el límite prohibido donde el jardín real se convertía en una selva salvaje y desdentada.
Se detuvo cuando sus pulmones ardieron y el sabor a sangre llenó su boca. Se desplomó contra un roble milenario, sollozando sin lágrimas, con el pecho agitándose como un pájaro atrapado en una red.
—Los mataré —susurró al aire oscuro—. Los quemaré a ambos. Haré que este reino olvide sus nombres.
—Es un juramento pesado para una garganta tan pequeña.
La voz no venía del palacio, ni del bosque. Parecía venir de todas partes y de ninguna.
Elara se puso en pie de un salto, buscando un arma que no tenía. Frente a ella, bajo la luz de una luna que de pronto parecía haber cobrado una intensidad sobrenatural, estaba un hombre. No, no era simplemente un hombre. Era demasiado alto, demasiado simétrico. Vestía una túnica de un gris ceniza que parecía fluir como el humo, y sus ojos, de un azul eléctrico casi blanco, la miraban con una curiosidad que rayaba en la compasión.
—¿Quién eres? —logró decir Elara, con la voz quebrada—. Si eres un asesino enviado por mi hermana, termina el trabajo rápido. No tengo nada que darte.
El desconocido dio un paso al frente. El suelo bajo sus pies no crujió. No había peso en su marcha, solo una gracia que desafiaba las leyes de la física.
—No busco tu oro, princesa, ni tu vida. He venido porque el eco de tu corazón roto ha vibrado tan fuerte que ha rasgado el velo entre lo que es y lo que podría ser —dijo él. Su voz tenía el eco de una catedral vacía—. Me llaman Caerum. Y he visto muchos finales. El tuyo es particularmente sangriento si sigues ese camino de fuego.
—Ellos me lo quitaron todo —siseó Elara, dejando que la furia reemplazara al dolor—. Mi dignidad, mi futuro, mi amor. Solo me queda el odio. Es lo único que me pertenece ahora.
Caerum se acercó tanto que Elara pudo notar que él no olía a hombre, sino a ozono y a nieve recién caída. Extendió una mano, pero no la tocó.
—El odio es una corona de espinas que se ajusta sola. Si la usas para vengarte, serás reina, sí, pero de un cementerio. —Caerum sonrió de una manera que la hizo temblar—. Pero si de verdad quieres destruirlos, no lo hagas con fuego. Hazlo con la verdad. Yo puedo darte el poder de ver a través de las máscaras de todos en esa corte. Puedo ser tu guía en las sombras que tanto conoces.
Elara lo miró a los ojos. No había rastro de burla en él, solo una promesa de algo que ella nunca había tenido: poder real.
—¿Qué quieres a cambio? —preguntó ella, recuperando la compostura de una princesa—. Nadie da nada gratis en Albania. Ni siquiera los ángeles.
Caerum inclinó la cabeza, y por un breve segundo, la sombra de unas alas inmensas se proyectó sobre el suelo, cubriendo a Elara por completo.
—Quiero ver qué hace una sombra cuando se le permite brillar —respondió él—. Mañana, cuando el sol salga, el mundo creerá que sigues siendo la princesa invisible. Pero tú y yo sabremos que la red ya está tejida. ¿Aceptas, Elara de Albania?
Elara miró hacia atrás, hacia el palacio que brillaba en la distancia como una joya podrida. Pensó en Anton y su beso falso. Pensó en Isolde y su corona de mentiras. Luego volvió a mirar al extraño de los ojos color cielo.
Extendió su mano, la misma que había sostenido el velo manchado.
—Acepto —dijo con una firmeza que sorprendió incluso a los árboles del bosque—. Enséñame a ser el ángel de su destrucción.
En ese momento, un rayo cruzó el cielo sin trueno, y el primer capítulo de la nueva vida de Elara comenzó con un pacto sellado en la oscuridad, mientras en el palacio, el brindis por una boda que nunca sería igual continuaba bajo las luces de cristal