Capítulo 8: El Silencio del Ojo Muerto
El Códice del Sol n***o no se sentía como un objeto en las manos de Elara; se sentía como una pulsación eléctrica que intentaba sincronizarse con los latidos de su corazón. Cada vez que sus dedos rozaban las caras de obsidiana del cubo, imágenes de una realidad alternativa se filtraban en su mente: ciudades de cristal reducidas a ceniza, reyes que suplicaban por una muerte que no llegaba y, sobre todo, la imagen de Caerum de pie sobre un campo de c*******s, bebiendo la luz de un sol que se apagaba.
—¿Qué ves, Elara? —la voz de Caerum rompió el trance. Estaba apoyado contra una de las columnas de hueso de la biblioteca de Eteru, observándola con una intensidad que ella ahora interpretaba como hambre, no como protección.
—Veo el futuro que intentamos evitar —mintió ella, bajando los párpados para ocultar el brillo violeta que empezaba a tatuarse en sus pupilas. El pacto con las Zana le había quitado el perdón, pero el Códice le estaba quitando algo más peligroso: la transparencia.
—Ese cubo es un espejo de las posibilidades más oscuras —dijo Caerum, acercándose con esa gracia felina que ya no le resultaba reconfortante—. No te dejes seducir por sus mentiras. Su propósito es quebrar tu voluntad para que el Sol n***o pueda nacer a través de ti.
Elara apretó el cubo contra su pecho. Tú eres el Sol n***o, pensó, pero sus labios permanecieron sellados. El sistema de magia que el Códice le revelaba no se basaba en hechizos, sino en Geometría Existencial. Si lograba entender los ángulos del espacio, podría "plegar" la realidad para desaparecer o para destruir. Pero cada pliegue requería un sacrificio de memoria. Para entender el primer teorema, Elara tuvo que entregar el recuerdo del olor de la cocina de su infancia. Para el segundo, olvidó el nombre de su primera mascota. El poder era una poda constante de su propia historia.
—Debemos movernos —dijo el Archimandrita Silas, cuyas extremidades de latón chirriaron en el aire viciado—. Los Inquisidores del Vacío han traído una Máquina de Resonancia. Están bombardeando la base de la montaña con frecuencias de sonido bendito. Si las vibraciones alcanzan el cristal del puente, Eteru quedará sellada para siempre o se derrumbará sobre nosotros.
Elara miró hacia el techo de la cueva. Podía sentirlo: una vibración sorda, un zumbido que hacía que sus dientes dolieran. Era la tecnología del Imperio del Este, una ciencia que no creía en almas, sino en frecuencias.
—¿A dónde iremos? —preguntó Elara.
—Al Valle de los Túmulos —respondió Caerum—. Allí es donde tu abuelo, el Rey Vuk, está levantando su ejército de sombras. Si logramos interceptarlo antes de que llegue a las puertas de la capital, podremos usar el Códice para sellar su tumba de nuevo.
Elara asintió, pero por dentro trazó su propio plan. Si Caerum la estaba usando para abrir el Sol n***o, ella usaría a Vuk como una distracción para encontrar la verdadera debilidad de Caerum.
La salida de Eteru fue una carrera contra el colapso. Los monjes bogomilos, envueltos en sus vendas, no huyeron. Se sentaron en círculo alrededor del altar, uniendo sus voces en una liturgia final. Para ellos, la destrucción de la ciudad era la culminación de su fe: el regreso a la nada.
—¡Corre, Elara! —gritó Caerum mientras el puente de cristal comenzaba a fracturarse bajo sus pies.
Elara activó el primer teorema del Códice. Plegado de Densidad. De repente, el aire a su alrededor se volvió tan sólido que los escombros que caían rebotaban contra un escudo invisible. Pero el precio fue inmediato: el recuerdo del rostro de su madre se desdibujó en su mente, convirtiéndose en una mancha blanca sin rasgos. Una lágrima de hielo rodó por su mejilla. El poder estaba devorando su amor para convertirlo en defensa.
Lograron salir a la superficie justo cuando la entrada de la cueva se colapsaba con un estruendo que hizo temblar las raíces de la montaña. Elara cayó sobre la nieve, jadeando. El aire de la noche era puro, pero el paisaje había cambiado.
En el valle inferior, el ejército del Rey Vuk ya no era una posibilidad, era una realidad. Miles de luces fatuas, de un color verde podrido, avanzaban por el bosque. No eran antorchas; eran las almas de los soldados muertos que Vuk había reclamado de la tierra. Y al frente, montando un caballo hecho de huesos y sombras, estaba una figura gigantesca con una armadura oxidada que goteaba oscuridad.
—El Sanguinario —susurró Caerum, desenvainando una espada de sombra que parecía absorber la luz de las estrellas—. Ha crecido más rápido de lo que esperaba. Isolde debe estar alimentándolo con más que solo sangre de Anton.
—Está alimentándolo con los ciudadanos de la frontera —dijo Elara, cuya nueva visión le permitía ver los hilos de vida que eran succionados desde los pueblos cercanos hacia la figura de Vuk—. Es un circuito. Ella entrega las vidas, él entrega el poder, y el Imperio observa para ver quién queda en pie para cobrar la deuda.
—¿Puedes usar el Códice desde aquí? —preguntó Caerum con urgencia.
Elara miró el cubo. El objeto le mostraba un ángulo muerto en la formación del ejército de sombras. Pero también le mostraba algo más: una conexión inalámbrica de energía entre Vuk e Isolde. Si cortaba ese hilo, Vuk colapsaría, pero Isolde sufriría un choque de retorno que la mataría instantáneamente.
—No —dijo Elara—. Si ataco ahora, el Sol n***o se despertará antes de tiempo y no podré controlarlo. Necesito estar más cerca. Necesito entrar en el campamento de mi hermana.
—Es un s******o —dijo Caelum.
—Es el único camino. Tú te quedarás aquí, en las alturas. Ataca sus flancos con tu magia de sombras. Distráelos mientras yo me infiltro como lo que siempre fui: la princesa invisible.
Caerum la miró con sospecha. ¿Estaba empezando a notar que ella ya no era su alumna dócil?
—Ten cuidado, Elara. El Sol n***o no solo destruye enemigos; consume a sus portadores si detecta un rastro de duda.
Elara comenzó el descenso sola, dejando a Caerum atrás. Mientras se deslizaba entre las sombras de los árboles, activó un teorema menor: Mimetismo del Entorno. Su cuerpo se volvió traslúcido, reflejando la nieve y las ramas.
Al acercarse al borde del campamento real, una escena dantesca se reveló ante ella. Isolde no estaba en una tienda de campaña de seda, sino en un trono de hierro en medio del campo de batalla. A su lado, Anton permanecía encadenado, su cuerpo transformado en una grotesca amalgama de carne y metal, con cables de cobre perforando su columna vertebral para conectar su sistema nervioso a la Maquina de Resonancia del Imperio.
Isolde hablaba con Lord Kaito, el embajador.
—Mi hermana tiene el Códice —decía Isolde, su voz amplificada por la magia—. Lo siento vibrar en la montaña. Cuando ella baje para intentar "salvar" a su pueblo, mi abuelo la destrozará y el cubo será vuestro, Embajador. A cambio, el Imperio me reconocerá como la Emperatriz de la Nueva Unión.
—El costo es alto, Reina Isolde —respondió Kaito con una sonrisa fría—. Pero el progreso siempre requiere un poco de sangre real.
Elara, oculta a pocos metros, sintió una vibración en el Códice. El cubo estaba reaccionando a la presencia de la máquina del Imperio. Una nueva ecuación apareció en su mente: La Sintonía del Caos. Podía usar la máquina de ellos para amplificar el poder del Sol n***o y borrar a todo el ejército de un golpe.
Pero el cálculo era devastador. Para activar esa sintonía, Elara debía entregar su último recuerdo humano: el día que descubrió que era una princesa y sintió, por un momento, que el mundo era un lugar de maravilla.
Si entregaba ese recuerdo, ya no quedaría nada de la Elara original. Sería una cáscara llena de poder geométrico. Una diosa del vacío sin pasado.
Miró a Anton, sufriendo en su jaula de cobre. Miró a Isolde, vendiendo el país por un trono de ceniza. Y miró hacia la montaña, donde Caerum esperaba para reclamar su premio.
Elara coloca su mano sobre la Máquina de Resonancia, el metal frío vibrando bajo sus dedos. Su cabello blanco flota en el aire cargado de estática. El Sol n***o comienza a brillar con una intensidad que eclipsa las luces fatuas del ejército de Vuk.
—Adiós, Elara —susurró para sí misma, entregando su último fragmento de infancia al vacío.
Una explosión de luz negra envolvió el campamento, y el grito que surgió de la garganta de Elara ya no era humano, sino el sonido de una realidad rompiéndose.