Capítulo 4: El Ayuno de los Espectros

1398 Words
Capítulo 4: El Ayuno de los Espectros  El silencio que envolvía el patio no era la ausencia de sonido, sino una supresión mágica. Era como si el aire se hubiera convertido en ámbar, atrapando a los cortesanos en posturas grotescas de alegría interrumpida. Elara, desde la ventana de la biblioteca, sentía el sabor del cobre en la lengua: la señal inequívoca de que se estaba vertiendo poder antiguo sobre la tierra virgen. —No bajes como una princesa —advirtió Caerum, su figura parpadeando como una vela moribunda—. Baja como una reclamante. Si el ritual de Isolde se completa, Anton ya no será un hombre, sino un receptáculo para el Egrégor de la estirpe. —¿Qué es un Egrégor? —preguntó Elara, mientras guardaba los planos de los túneles en el doble fondo de su corsé, sintiendo el papel frío contra su piel. —Un pensamiento que cobró hambre hace mil años —respondió él—. La familia real de Albania no gobierna por derecho divino, sino por un contrato de arrendamiento con lo que habita debajo. Cada siglo, el contrato se renueva con la voluntad de un heredero y la sangre de un extraño. Anton es el extraño. Isolde es la voluntad. Elara descendió por la escalera de caracol de la biblioteca, sus botas resonando contra la piedra grabada con salmos en latín inverso. Al llegar al patio, el frío la golpeó como un latigazo. Isolde estaba en el centro de la estrella de tiza, que ahora brillaba con un fuego azulado y fatuo. Tenía la daga de obsidiana apoyada en la garganta de Anton. Él no luchaba; sus ojos estaban vueltos hacia atrás, revelando solo el blanco, mientras sus labios murmuraban letanías en un dialecto eslavo tan antiguo que las palabras parecían romperse antes de ser pronunciadas. —¡Basta, Isolde! —el grito de Elara rasgó el velo de silencio. Los invitados, aún paralizados, no se movieron, pero sus sombras sí lo hicieron. Las sombras de los duques y condes se alargaron por el suelo, retorciéndose hacia Elara como si buscaran alimento. Isolde giró la cabeza con una lentitud inhumana. Su rostro, antes hermoso, estaba cubierto por venas negras que formaban patrones geométricos bajo su piel. —Llegas tarde, hermanita —dijo Isolde, y su voz no era una, sino un coro de miles de susurros—. Siempre has llegado tarde a todo. A la corona, al amor de nuestro padre... e incluso a este hombre que ahora me pertenece más allá de la carne. —Él no te pertenece, Isolde. Estás usando un Vínculo de Necromancia que aprendiste de los viejos grimorios de la madre —Elara dio un paso hacia el círculo, recordando las instrucciones que Marta le había dado en secreto años atrás—. Estás invocando la fe de los Bogomilos para separar su alma del mundo de la luz. Pero olvidas que el pacto requiere un corazón voluntario, y el de Anton está podrido de miedo, no de devoción. —¿Y qué vas a hacer tú? —se burló Isolde, acercando el filo de la piedra a la yugular de Anton—. ¿Me vas a leer un poema? ¿Vas a esconderte en el jardín a llorar? Elara no respondió con palabras. Metió la mano en su escote y sacó la Mano de Gloria tallada en mandrágora. Según la brujería popular, este objeto podía paralizar a los enemigos, pero en manos de una descendiente de la sangre real, era una llave. —"Por la carne que no conoce el sol, por los huesos que guardan el nombre, abro lo que está cerrado" —recitó Elara. Golpeó el suelo con el amuleto. La estrella de tiza se quebró. Un rugido sordo subió desde las profundidades del palacio, un sonido que no era humano ni animal. El suelo vibró y los planos que Elara llevaba en su corsé comenzaron a emitir un calor abrasador. Ella comprendió entonces lo que había hecho: Los planos no eran solo mapas, eran el sello de la prisión del Egrégor. Al tenerlos ella, el flujo de poder de Isolde se interrumpió. El fuego azul se apagó de golpe. Anton cayó de rodillas, tosiendo un humo n***o y denso que olía a azufre y a rosas muertas. Isolde retrocedió, su máscara de perfección agrietándose por el horror. —¿Cómo...? —jadeó Isolde—. Nadie puede tocar los planos del Rey sin ser consumido por el espíritu protector. —El espíritu protector me dejó pasar porque le di algo mejor que sangre —dijo Elara, acercándose a su hermana—. Le di tu secreto. El Dybbuk sabe que planeas traicionar a nuestro padre con la Orden de la Rosa Blanca. En ese momento, el efecto de la parálisis sobre los invitados se rompió. Un estallido de gritos y confusión llenó el aire. Los guardias reales, confundidos, desenvainaron sus espadas. El Rey Aleksander, que había estado observando desde el balcón superior con una expresión de triunfo que se convirtió en furia, bajó las escaleras con paso pesado. —¡Elara! ¡Isolde! —rugió el Rey—. ¿Qué es esta blasfemia? Anton, recuperando la consciencia pero con la mirada perdida, se arrastró hacia los pies del Rey. —Majestad... ella... Isolde me obligó... el ritual... Isolde, recuperando su compostura con una velocidad aterradora, señaló a Elara. —¡Padre, Elara ha robado los Sellos del Reino! ¡Ha entrado en la biblioteca prohibida y ha invocado artes oscuras para interrumpir la bendición de mi matrimonio! El Rey miró a Elara. Sus ojos, inyectados en sangre por años de insomnio y paranoia, se posaron en la Mano de Gloria que ella aún sostenía. En la religión del Reino, poseer un objeto así era castigado con la hoguera. —Hija mía —dijo el Rey con una voz peligrosamente baja—, si tienes esos planos contigo, has cometido alta traición contra la corona y contra la Fe. Elara sintió el peso del mundo sobre ella. Caerum apareció a su lado, invisible para todos excepto para ella. —Es el momento, Elara —susurró él—. La segunda puerta. Úsala. —¿Qué segunda puerta? —preguntó ella mentalmente. —La de la verdad que quema. Muéstrales lo que viste en la biblioteca. Elara desplegó los planos frente a los cortesanos y el Rey. Pero gracias a la magia de Caerum, el papel no mostraba pasadizos. Mostraba la imagen de la Reina Madre, encerrada en el convento, rodeada de cadenas de plata que no eran físicas, sino espirituales. Y junto a ella, la firma del Rey en un contrato con una potencia extranjera: El Imperio del Este. —No interrumpí una bendición, padre —dijo Elara, su voz proyectándose con una fuerza que hizo que las lámparas de cristal vibraran—. Interrumpí una venta. Estás vendiendo Albania pedazo a pedazo al Imperio, y estabas usando el alma de Anton como moneda de cambio para despertar al Guardián de las Minas de Oro. Un murmullo de horror recorrió a la nobleza. Si eso era cierto, el Rey era un herético y un traidor a su propia casta. El Rey Aleksander palideció. —¡Guardias! ¡Prendedla! ¡Es una impostora poseída por los espíritus de la montaña! Antes de que los soldados pudieran tocarla, una flecha con una cinta blanca —el símbolo de la Orden de la Rosa Blanca— cruzó el patio y se clavó en el trono de madera que estaba tras el Rey. El caos se desató. Los rebeldes, aprovechando que los sellos de protección del palacio habían sido debilitados por Elara, estaban atacando las puertas principales. Caerum tomó la mano de Elara. —Debemos irnos. El palacio va a caer esta noche, pero Albania no morirá con él. Hay un pasadizo bajo el altar de la capilla. Allí es donde la brujería real nació, y allí es donde encontrarás tu verdadera corona. —¿Y Anton? —preguntó Elara, mirando al hombre que la había traicionado, ahora llorando en el suelo. —Anton es una sombra del pasado —dijo Caerum con frialdad—. Tu futuro está bajo tierra. Elara corrió, no hacia la seguridad, sino hacia el corazón del misterio, mientras a sus espaldas el palacio de su infancia comenzaba a arder con un fuego que no se apagaría en siglos.
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