Capítulo 3: El Baile de la Piel Cambiada

1506 Words
Capítulo 3: El Baile de la Piel Cambiada El palacio de Albania no era una construcción de piedra, sino un organismo vivo que se alimentaba de la hipocresía de sus habitantes. Esa noche, el aire pesaba con el olor de tres mil velas de cera de abeja y el rastro rancio de la sangre de cordero que las criadas habían usado, siguiendo las viejas costumbres, para ungir los dinteles de las puertas. Era el Baile de la Víspera, una mascarada donde la nobleza jugaba a ser demonios y los demonios se vestían de seda. Elara se miró en el espejo, pero no vio su reflejo. Vio un c*****r decorado. Llevaba un vestido de terciopelo n***o tan profundo que absorbía la luz, y sobre su pecho colgaba un amuleto que Marta, su doncella, le había deslizado al cuello con manos temblorosas. Era una "Mano de Gloria" en miniatura, tallada en hueso de mandrágora. —No se lo quite, niña —había susurrado Marta, cuyos ojos reflejaban el miedo a las leyes del Kanun, el código de honor antiguo de las tierras altas—. Esta noche los velos entre los mundos están finos. En la corte hay quienes invocan a los Zana, los espíritus de la montaña, para ganar favores. Su hermana... ella ha estado quemando ruda y huesos de pájaro en su recámara. Elara sintió un escalofrío. En Albania, la brujería no era un cuento; era una herramienta política. La religión oficial del Reino, una rama severa del cristianismo ortodoxo, convivía con ritos paganos enterrados en las raíces de los árboles. —¿Dónde está él? —preguntó Elara al vacío de la habitación. —Justo detrás de tus miedos —respondió la voz de Caerum. Él no emergió de las sombras; él era la sombra que se desprendía de la pared. No vestía uniforme de guardia, sino un atuendo de cortesano de una época olvidada, con una máscara de cuervo que parecía hecha de obsidiana real. —Esta noche no verás solo auras —dijo Caerum, acercándose tanto que Elara pudo oler el incienso de iglesia y la tierra húmeda—. Verás los "Parásitos del Alma". Brujería de bajo nivel, invocada por tu hermana y los consejeros del Rey para nublar la mente de los hombres. Anton no es solo un traidor, Elara. Está bajo un muro de atadura, un hechizo de sangre que Isolde ha tejido usando el semen y las lágrimas de él. Elara sintió una náusea violenta. —Eso es... asqueroso. —Eso es el poder, pequeña princesa. La magia no es luz; es intercambio de fluidos, dolor y deuda. Ahora, toma esto. Caerum le entregó un pequeño frasco con un líquido que brillaba con una luminiscencia aceitosa. —Es aceite de Hécate, mezclado con cenizas de un grimorio bogomilo. Ungue tus párpados. Verás la red de túneles no con tus ojos, sino con tu instinto. Y recuerda: no dejes que Anton te toque la piel desnuda. Si lo hace, el hechizo de Isolde saltará a ti. El Gran Salón era un hervidero de máscaras de animales, dioses y monstruos. La música del clavecín sonaba distorsionada, como si las notas se arrastraran por el suelo. Elara bajó la escalera y, al instante, el efecto del aceite hizo que el mundo se transformara. El salón ya no era elegante. De los hombros de los condes y marqueses colgaban criaturas traslúcidas, semejantes a sanguijuelas grises que succionaban su vitalidad. Eran larvas astrales, atraídas por la avaricia y el deseo. Isolde presidía el salón junto al Rey. Su hermana no llevaba una máscara, sino un velo de encaje n***o que no ocultaba su rostro, sino que lo hacía parecer el de una santa bizantina. Pero a través de la visión de Elara, el velo de Isolde estaba tejido con hilos de venas humanas que pulsaban con cada latido del corazón del Rey. —Ah, la novia —dijo Isolde, su voz resonando con una autoridad sobrenatural—. Estás radiante, Elara. Casi pareces... presente. —He aprendido que la ausencia es un lujo que ya no puedo permitirme, hermana —respondió Elara, haciendo una reverencia perfecta. Anton se acercó desde la izquierda. Llevaba una máscara de lobo plateada. Sus movimientos eran rígidos, casi como los de un títere. Elara vio el "hilo de atadura": un cordón rojo y viscoso que iba desde el cuello de Anton hasta el dedo anular de Isolde. —Elara, mi amor —dijo Anton, extendiendo una mano enguantada—. ¿Me concedes este baile? —Por supuesto. Mientras bailaban un vals lento, Elara activó su percepción. El suelo del palacio se volvió traslúcido. Bajo las baldosas de mármol, vio la verdadera Albania: una red de túneles que se retorcían como intestinos, grabados con símbolos de protección salomónica para mantener algo encerrado en las profundidades. —Estás tensa —susurró Anton al oído—. Siento tu pulso galopar bajo tu corsé. ¿Es por la boda? —Es por el futuro, Anton. Es tan brillante que me ciega —mintió ella, mientras su mente mapeaba el pasadizo que llevaba a la biblioteca secreta del Rey. —Pronto serás mi esposa —continuó él, y por un segundo, su voz recuperó un matiz humano, una pizca de remordimiento—. Podremos dejar este palacio. Podremos ir a las fincas del sur, lejos de... esto. Elara lo miró. Por un momento, el hilo rojo que lo unía a Isolde se tensó, como si ella estuviera escuchando. —Tus fincas están en cenizas, Anton. Los rebeldes de la Rosa Blanca se encargaron de eso. No nos queda nada más que este castillo y lo que podamos arrebatarle. Él se tensó. —¿Cómo sabes lo de las fincas?— El Rey ordenó silencio. —Los pájaros me lo cuentan —dijo ella, soltándose de su agarre justo antes de que el vals terminara. Aprovechando el cambio de pareja, Elara se escabulló hacia el ala este. La visión del aceite comenzaba a quemarle los ojos. Caerum la esperaba junto a una estatua decapitada de un mártir. —La entrada está tras el tapiz del "Juicio de Salomón" —indicó Caerum—. Pero ten cuidado. El Rey no protege sus planos con guardias de carne. Los protege con un Dybbuk, un espíritu de rencor que se alimenta de los secretos. Elara llegó al tapiz. Al moverlo, una puerta de madera de tejo, grabada con estrellas de cinco puntas y versículos en arameo antiguo, se reveló ante ella. El pomo de la puerta estaba frío como el c*****r de un ahogado. Cuando puso la mano sobre el pomo, la oscuridad de la habitación de adentro cobró forma. Una figura alta, sin rostro y cubierta de harapos negros, emergió del techo. No tenía boca, pero Elara escuchó su voz dentro de su cráneo: "¿Qué precio trae la hija menor por los secretos del padre? ¿Traes sangre? ¿Traes años de vida? ¿O traes tu cordura?" Elara retrocedió, pero sintió la presencia de Caerum a sus espaldas, como un muro de hielo. —Dile que traes el nombre del traidor —susurró Caerum. Elara se armó de valor. —Traigo el nombre de quien vende el reino a la Rosa Blanca. Traigo el nombre de Isolde de Albania. El espíritu se detuvo. Sus manos, que eran como garras de humo, se retrajeron. El secreto de la traición era más dulce para un Dybbuk que la propia sangre. La puerta se abrió con un gemido agónico. Dentro, la biblioteca olía a pergamino viejo y a algo más... algo que Elara reconoció de las historias prohibidas de Marta: sangre de dragón, la resina usada en la alta magia En el centro de la mesa, no estaban solo los planos de los túneles. Había un mapa de toda la región de los Balcanes, marcado con puntos de poder oculto. Y en el centro del mapa, un frasco de cristal contenía algo que latía: un trozo de carne negra. —No es un plano —dijo Elara, horrorizada, mientras Caerum aparecía a su lado—. Es un ritual de geomancia. Mi padre no está protegiendo el reino... está intentando resucitar algo bajo la ciudad. —El pacto de los mil años está por expirar —dijo Caerum con una gravedad absoluta—. Tu hermana quiere la corona para detenerlo, o quizás para liderarlo. Pero tú, Elara... tú eres la única que no tiene una marca en su alma todavía. De repente, los gritos de la fiesta se apagaron. Un silencio sepulcral invadió el palacio. Elara corrió hacia la ventana de la biblioteca y miró hacia el patio. Los invitados estaban paralizados, como estatuas de sal. Y en medio del patio, Isolde caminaba hacia el centro de una estrella dibujada con tiza blanca, llevando de la mano a un Anton que caminaba como un muerto viviente. Ella sostenía una daga de obsidiana. —El sacrificio ha comenzado —susurró Caerum—. Pero no es a ti a quien necesitan matar. Necesitan tu linaje
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