Capítulo 5: La Liturgia de las Raíces
El pasadizo bajo la capilla real no olía a incienso, sino a algo mucho más antiguo: tierra húmeda, moho de cripta y el rastro acre de la magia de sellado. Mientras arriba el palacio de Albania crujía bajo el asedio de los rebeldes y el fuego, Elara descendía por una escalera de caracol tallada directamente en la roca viva del monte.
Caerum caminaba delante de ella. Su presencia ya no era la de un cortesano; en la oscuridad absoluta de los túneles, su cuerpo emitía una fluorescencia azul pálido, revelando cicatrices en sus hombros que parecían haber sido arrancadas, más que cortadas.
—¿Qué es este lugar? —susurró Elara, su voz rebotando en las paredes cubiertas de inscripciones en glagolítico, la escritura sagrada de los antiguos magos balcánicos.
—Es el Omphalos —respondió Caerum sin detenerse—. El ombligo de Albania. Aquí es donde tus antepasados, los primeros reyes, enterraron a sus dioses para poder coronarse hombres. Pero los dioses no mueren, Elara; se convierten en brujería.
De repente, el túnel se abrió en una cámara vasta. No era una cueva natural. El techo estaba sostenido por columnas de hueso de ballena y el suelo era un mosaico de cráneos humanos, todos mirando hacia el centro. Allí, una mujer de cabellos blancos como la escarcha y vestida con harapos de seda estaba sentada frente a un caldero de bronce que no contenía fuego, sino un líquido n***o que reflejaba estrellas que no pertenecían a este cielo.
Elara se detuvo en seco. El corazón le dio un vuelco.
—...¿Madre?
La mujer levantó la vista. No tenía ojos, solo dos cuencas llenas de una neblina plateada. Era la Reina Elena, la que el mundo creía loca y recluida en un convento.
—Has tardado mucho, pequeña sombra —dijo la Reina con una voz que parecía venir de las profundidades de un pozo—. El velo de tu boda se ha manchado y el de tu alma se ha rasgado. Bienvenido sea el dolor que te trae aquí.
—Ella no está loca —murmuró Elara, mirando a Caerum con reproche—. La tenías aquí abajo.
—No la tenía yo —corrigió Caerum—. El pacto de tu padre la encadenó aquí. Ella es el "Ancla". Alguien debe sangrar diariamente sobre las raíces del Egrégor para que el monstruo bajo la ciudad no despierte de hambre. Tu padre eligió a su esposa. Ahora, con el ritual fallido de Isolde, el hambre ha crecido.
La Reina Elena extendió una mano temblorosa hacia Elara.
—Acércate, hija mía. Debes aprender la primera lección de la brujería real: la sangre no es para amar, es para pagar.
Elara se acercó, hipnotizada. Su madre tomó la mano de Elara y, con una uña afilada como un cristal, le hizo un corte pequeño en la palma. La sangre no cayó al suelo; voló hacia el caldero n***o. Al tocar el líquido, una visión estalló en la mente de Elara.
Vio a Albania no como un país, sino como un sello gigante grabado en la tierra. Vio que los rebeldes de la Rosa Blanca no eran libertadores, sino devotos de una religión gnóstica radical que quería "purificar" el mundo quemando todo lo que tuviera magia, incluyendo a las personas como ella. Y vio a Anton, ahora en la superficie, siendo marcado con un hierro ardiente por Isolde para convertirlo en un Ghoul, un guerrero sin voluntad que la perseguiría hasta los confines de la tierra.
—Isolde no quiere la corona —jadeó Elara, recuperando el aliento—. Quiere el poder del sacrificio total.
—Ella es la marioneta de algo más grande —dijo la Reina Elena, su voz volviéndose urgente—. El Imperio del Este ha enviado a sus "Inquisidores del Vacío". Ellos usan una fe que borra el alma. Caerum no es un ángel, Elara. Es un Bogomilo de la primera era, un espíritu que se negó a servir tanto a la luz como a la oscuridad. Él te protegerá, pero su precio será tu humanidad.
Elara miró a Caerum. Él permanecía en las sombras, su rostro impasible.
—¿Es cierto? —preguntó Elara—. ¿Me convertirás en algo como tú?
—Te convertiré en lo que Albania necesita —respondió él—. Una reina que no necesita un trono para gobernar, sino el miedo de sus enemigos. Pero ahora, escucha.
Un sonido rítmico comenzó a vibrar en las paredes. Clanc. Clanc. Clanc.
—Vienen por nosotros —dijo la Reina Elena, poniéndose en pie con una agilidad aterradora—. Los Inquisidores han encontrado la entrada de la capilla. Traen el "Fuego Griego" y la sal sagrada. Elara, toma el libro de las raíces que está bajo el altar de cráneos. Huye por los túneles hacia las montañas del Norte. Allí encontrarás a los Zana, los espíritus de la naturaleza que aún guardan lealtad a nuestra sangre.
—¡No te dejaré aquí! —gritó Elara.
—Ya estoy muerta, hija. Solo soy el eco de un sacrificio —la Reina empujó a Elara hacia una pequeña g****a en la pared—. ¡Vete! Si te atrapan, el linaje se extingue y el Egrégor devorará todo desde aquí hasta el mar.
Caerum tomó a Elara del brazo con una fuerza sobrenatural y la arrastró hacia la oscuridad justo cuando la puerta de la cámara estallaba.
Un grupo de hombres vestidos con armaduras blancas y máscaras de hierro sin ranuras para los ojos entró en la sala. No usaban antorchas; sus espadas emitían una luz blanca, estéril y fría que quemaba las sombras. Eran los Inquisidores del Vacío. Su líder, un hombre con una cruz de ceniza marcada en la frente, levantó una mano.
—Aquí huele a pecado y a rito antiguo —dijo el Inquisidor—. Quemadlo todo. No dejen ni el polvo de los huesos.
Elara vio, antes de que Caerum la obligara a girar en un recodo, cómo su madre se convertía en una llamarada de plata para ganarles tiempo. El grito de la Reina no fue de dolor, sino de liberación.
Horas después, Elara y Caerum emergieron en una ladera boscosa, lejos de las murallas del palacio. Desde allí, Albania parecía una pira funeraria. El gran palacio ardía en el horizonte, una corona de fuego bajo el cielo nocturno.
Elara cayó de rodillas sobre la nieve. No lloró por Anton, ni por su hermana, ni por el trono perdido. Lloró por la niña que había sido esa misma mañana, la que creía que su mayor problema era un velo de novia manchado.
—¿Y ahora qué? —preguntó, mirando sus manos manchadas de sangre y ceniza.
Caerum se arrodilló frente a ella. Por primera vez, tocó su rostro con delicadeza.
—Ahora comienza la guerra de las sombras, Elara. Tienes el mapa, tienes el libro de las raíces y tienes mi lealtad. Vamos a buscar a los rebeldes que no han sido corrompidos por la Inquisición. Vamos a formar un ejército de los que el mundo ha olvidado.
—Prometiste que me enseñarías a vengarme —dijo ella, con los ojos brillando con una determinación fría y paranormal.
—Y lo haré. Pero primero, debemos bautizarte en la fe de los que no tienen Dios.
Caerum sacó una daga de madera de tejo y le hizo una marca en el hombro de Elara: el símbolo del círculo roto. En ese instante, Elara sintió que el frío de la montaña ya no le molestaba. Podía escuchar el latido de los árboles, el susurro de los minerales bajo la tierra y el grito lejano de su hermana, que ya estaba movilizando a los guardias para darle caza.
La "princesa escondida" había muerto en las cenizas. Lo que quedaba era la Hija del Omphalos, y su historia apenas empezaba para ella.