Capítulo 6: El Aliento de las Zana
El ascenso hacia las cumbres de los montes Prokletije —las "Montañas Malditas"— no fue una caminata, sino una agonía. A medida que Elara y Caerum subían, la realidad parecía adelgazarse. Los árboles ya no crecían hacia arriba, sino que se retorcían en espirales imposibles, buscando vetas de energía que solo el ojo ungido de Elara podía ver.
—No te detengas —ordenó Caerum. Su voz ahora sonaba como el crujido del hielo rompiéndose—. Si te duermes aquí, tus sueños alimentarán a las Vjeshit, las devoradoras de aliento. En estas alturas, la fe del palacio no tiene poder. Aquí solo rige el Kanun de la montaña: ojo por ojo, sangre por espíritu.
Elara sentía que sus pulmones estaban llenos de agujas de cristal. La marca del círculo roto en su hombro palpitaba con una luz violeta bajo su ropa, una brújula de dolor que la guiaba hacia lo alto.
—Tengo hambre, Caerum —susurró ella, desplomándose contra una roca grabada con líquenes que parecían ojos abiertos—. Tengo frío. Mi madre ha muerto, mi hogar es ceniza y tú solo me pides que camine.
Caerum se detuvo y se giró. Por primera vez, su máscara de indiferencia se quebró, revelando una chispa de una furia antigua.
—Tu madre no murió para que te quejaras del frío, Elara. Ella se convirtió en un faro para que tú pudieras ser el barco. Si quieres comida, pídesela a la montaña. Si quieres calor, enciende tu propia sangre.
Él señaló hacia un desfiladero donde la niebla se arremolinaba como un ser vivo. De la bruma surgieron tres figuras. Eran altas, de una belleza aterradora y desproporcionada, con piel del color de la luna y vestidos hechos de niebla y espinas. No tenían pies; flotaban sobre la nieve sin dejar rastro.
Eran las Zana, las ninfas guerreras del folclore albanés, pero no eran las criaturas románticas de los cuentos de hadas. Eran depredadoras espirituales.
—Traes una semilla del Omphalos —dijo la Zana del centro, cuya voz era el sonido de una avalancha lejana. Sus ojos eran ranuras verticales, como los de una cabra—. Pero la semilla está envuelta en seda de palacio. Huele a traición y a incienso de la fe débil.
—Vengo a reclamar el pacto —dijo Elara, poniéndose en pie con un esfuerzo sobrehumano, usando el libro de las raíces como escudo—. Mi sangre pagó la entrada al túnel. Mi madre pagó la salida.
La Zana se acercó, rodeando a Elara. El aire a su alrededor bajó diez grados de golpe.
—El pacto de sangre caducó cuando los reyes de Albania dejaron de ofrecer sus primogénitos a las cuevas. Ahora servís al Dios que cuelga de una cruz o al Vacío que devora las almas. ¿Por qué deberíamos ayudarte a ti, pequeña sombra?
—Porque el Vacío viene hacia aquí —intervino Caerum, dando un paso adelante. Las Zana retrocedieron un milímetro, reconociendo en él algo mucho más viejo que ellas—. Los Inquisidores del Imperio no se detendrán en los muros del palacio. Traen la sal que esteriliza la tierra y el hierro que mata a los espíritus. Si Albania cae bajo el Vacío, vuestras montañas serán solo piedras muertas.
La líder de las Zana guardó silencio. Miró a Elara y luego al horizonte, donde el resplandor del palacio incendiado aún manchaba el cielo.
—Te daremos el Aliento de Escarcha —dijo finalmente la criatura—. Pero la montaña exige un precio inmediato. Para despertar el poder en tu interior, debes sacrificar lo último que te une a tu humanidad civilizada.
La Zana extendió una mano de garras largas y señaló el pecho de Elara.
—Danos tu capacidad de perdonar. A partir de este momento, si aceptas nuestro don, jamás podrás sentir compasión por un enemigo. No habrá redención en tus manos, solo justicia de hielo. Si intentas perdonar, tu propio poder te congelará el corazón.
Elara miró a Caerum. Él no asintió ni negó. Esta era su elección. Pensó en Anton. Pensó en cómo, incluso después de ver su traición, una pequeña parte de ella había sentido lástima por él mientras lloraba en el patio. Comprendió que esa lástima era su mayor debilidad. Era lo que Isolde usaría para manipularla.
—Acepto —dijo Elara. Su voz no tembló—. No necesito el perdón. Necesito armas.
La Zana se acercó y sopló directamente en la boca de Elara.
No fue aire. Fue una corriente de energía gélida que le quemó la garganta y se extendió por sus venas como mercurio líquido. Elara cayó al suelo, convulsionando. Sus cabellos, antes castaños, comenzaron a aclararse en las puntas hasta volverse blancos como la nieve perpetua de las cimas. Sus ojos cambiaron: el iris se volvió de un azul tan claro que parecía transparente.
"Siente la red" —le susurraron las voces de la montaña en su mente.
De repente, Elara ya no vio solo el bosque. Vio las vibraciones de cada ser vivo en kilómetros a la redonda. Vio a los conejos bajo la nieve, vio el fluir de la savia congelada de los pinos... y vio algo más.
A diez kilómetros de distancia, un grupo de diez hombres se movía por la ladera inferior. Llevaban armaduras blancas. A la cabeza, un hombre con una máscara de lobo plateada que Elara reconoció con un odio visceral: Anton. Pero no era el Anton que ella conocía. Sus movimientos eran espasmódicos, sus venas brillaban con un fuego oscuro bajo la piel. Isolde lo había convertido en un Vjeshtull, un rastreador necrótico.
—Vienen por nosotros —dijo Elara, poniéndose en pie. Ya no sentía frío. Ya no sentía hambre. Sentía una claridad letal—. Anton nos guía.
—Usa tu nuevo aliento —dijo la Zana, desvaneciéndose en la niebla—. Siembra el invierno en sus pulmones.
El primer enfrentamiento ocurrió al borde de un precipicio llamado "El Salto de la Viuda". Los Inquisidores del Vacío aparecieron entre los árboles, sus espadas de luz blanca cortando la oscuridad. Anton, con los ojos inyectados en negrura, se detuvo frente a Elara.
—Elara... —su voz era un gorgoteo de sangre—. Vuelve... Isolde... ella dice que puedes ser salvada... solo entrégale el libro...
Elara lo miró. Antes, habría llorado. Ahora, solo veía un error que debía ser corregido. El pacto con las Zana había sellado su empatía.
—Tú ya no estás ahí, Anton —dijo ella con una calma aterradora—. Eres solo un eco de su crueldad.
Elara inspiró profundamente, expandiendo sus pulmones hasta que su pecho brilló con luz violeta. Cuando exhaló, no salió aire, sino una ráfaga de cristales de escarcha que se solidificaron en el aire, convirtiéndose en lanzas de hielo puro.
La ráfaga golpeó a los tres primeros Inquisidores. No murieron por el impacto; murieron porque el frío instantáneo cristalizó el agua en sus células, haciéndolos estallar desde dentro. Se convirtieron en estatuas de carne roja y hielo blanco que se desmoronaron al contacto con el suelo.
Anton retrocedió, su voluntad necrótica luchando contra el instinto de supervivencia. —¡Mátenla! —rugió el líder de los Inquisidores, un hombre llamado Padre Malachi, que portaba un estandarte con un ojo tachado—. ¡Es una bruja de la montaña! ¡Usad el aceite sagrado!
Lanzaron granadas de fuego griego, pero Elara movió las manos en un círculo, creando un muro de viento gélido que desvió las llamas hacia el bosque. Caerum aprovechó la distracción para aparecer entre los soldados, moviéndose como un rayo de sombra, degollando a dos hombres antes de que pudieran gritar.
Sin embargo, el Padre Malachi no era un soldado común. Sacó un rosario hecho de dientes humanos y comenzó a recitar una oración en el idioma del Vacío. El aire alrededor de Elara comenzó a vibrar, anulando su conexión con la montaña.
—Tu magia es materia, y la materia es pecado —gritó Malachi—. ¡Regresa a la nada de donde viniste!