Capítulo 7: El Teorema de los Olvidados
Elara sintió que sus pulmones se cerraban. El Aliento de Escarcha se estaba volviendo contra ella. Caerum fue lanzado hacia atrás por una onda de choque de energía blanca.
—¡Elara, el libro! —gritó Caerum desde el suelo—. ¡Usa la geometría!
Elara abrió el Libro de las Raíces en una página al azar. Sus dedos sangraron sobre el papel. La página mostraba un sello de dispersión cuántica (aunque ella no conocía ese término, entendía la forma). Dibujó el símbolo en el aire con su propia sangre.
El mundo se volvió blanco.
Cuando la vista se le aclaró, los Inquisidores habían desaparecido, tragados por un desplazamiento espacial hacia los túneles inferiores de la montaña. Solo quedaba Anton, herido y temblando en el suelo.
Elara se acercó a él. Podía matarlo ahora mismo. Pero el pacto con las Zana le impedía perdonar, no le obligaba a ser rápida.
—Dile a mi hermana que la montaña tiene una nueva reina —susurró Elara al oído de Anton—. Y dile que el frío no es lo único que viene por ella. Viene la verdad.
Dejó a Anton allí, vivo pero marcado por el hielo eterno en sus extremidades, para que regresara con el mensaje. Ella se giró hacia Caerum, que la observaba con una mezcla de orgullo y temor.
—Has cruzado el primer umbral —dijo Caerum—. Pero recuerda, Elara: el hielo que usas para matar a otros es el mismo que terminará por rodear tu propio corazón.
—Entonces me aseguraré de terminar esto antes de congelarme por completo —respondió ella, cerrando el libro.
Elara y Caelum decidieron adentrarse más en las Montañas Malditas, buscando la Ciudad Escondida de los Bogomilos, mientras en el horizonte, una flota de barcos del Imperio del Este se avista en las costas de Albania.
La Ciudad de los Bogomilos no estaba construida sobre la montaña, sino dentro de una herida de la misma. Se llamaba Eteru, y para entrar, Elara tuvo que caminar sobre un puente de cristal que solo se materializaba si el caminante recitaba sus pecados más profundos. Cada palabra confesada se convertía en un peldaño.
—Confieso que deseé la muerte de mi hermana antes de saber que era una traidora —murmuró Elara, y un bloque de luz sólida apareció bajo sus pies. —Confieso que el dolor de Anton me dio placer —continuó, y otro paso se formó.
Caerum la seguía en silencio, su sombra proyectándose como una mancha de tinta sobre el abismo. Él no necesitaba confesar; él era el pecado original de esa tierra.
Al cruzar, no encontraron una ciudad de oro, sino un laberinto de monasterios excavados en la roca, donde el aire vibraba con el canto de mil monjes que no adoraban a Dios, sino al Vacío Sagrado. Aquí, la religión bogomila se revelaba en su forma más pura y peligrosa: la creencia de que el mundo material es una cárcel creada por un demonio menor, y que la única libertad es la desmaterialización.
—Bienvenidos a la Ciudad de los Puros —dijo una voz que parecía el roce de dos piedras.
Frente a ellos apareció el Archimandrita Silas. No tenía piel; su cuerpo estaba envuelto en vendas de lino empapadas en aceites alquímicos, y de su espalda brotaban cuatro extremidades adicionales hechas de latón y pensamiento, una mezcla de brujería y mecánica prohibida.
—Caerum, el Vigilante. Y la pequeña heredera de la sangre podrida —dijo Silas, sus extremidades mecánicas moviéndose con una precisión inquietante—. ¿Vienes a pedir nuestro ejército, o vienes a entregarte al fuego purificador?
—Vengo por el Códice del Sol n***o —dijo Elara, adelantándose. Su cabello blanco brillaba bajo la luz de los cristales de fósforo de la cueva—. Sé que mi padre intentó comprarlo y ustedes se lo negaron. Yo no vengo a comprarlo. Vengo a reclamarlo como la última de las Anclas.
Silas soltó una carcajada seca.
—El Códice contiene la geometría para desmontar el mundo. Para leerlo, primero debes demostrar que no te aferras a nada de la carne.
Después de haberlo dicho, Silas llevó a Elara a una sala de espejos de obsidiana.
—Mira —ordenó el Archimandrita—. No veas lo que eres, ve lo que serás si ganas esta guerra.
Elara miró su reflejo. No vio a una reina. Vio una criatura de hielo puro, sin boca, cuyos ojos eran dos agujeros que succionaban la vida de todo lo que la rodeaba. A sus pies, Albania era un páramo congelado. Su victoria no traería la paz, sino el silencio absoluto.
—Este es el precio de usar la magia de las Zana y el Códice —susurró Silas—. Para salvar el reino del Imperio del Este, deberás convertirte en algo peor que los Inquisidores. Ellos borran el alma; tú borras la existencia. ¿Es ese el legado que quieres, princesa invisible?
Elara sintió un nudo de duda, la primera g****a en su armadura de hielo. Miró a Caerum, buscando guía, pero él solo la observaba con esa mirada de siglos de antigüedad.
—La pregunta no es qué serás —dijo Caerum finalmente—, sino si estás dispuesta a ser el monstruo necesario para que otros puedan seguir siendo humanos.
Elara cerró los puños. Recordó a su madre convirtiéndose en luz. Recordó la marca de hierro en Anton.
—Si el destino de mi linaje es ser el carcelero de este mundo, entonces seré la mejor de las carceleras —declaró Elara—. Entrégame el Códice.
Silas asintió y, de las sombras del monasterio, los monjes trajeron un objeto que no parecía un libro. Era un cubo de obsidiana que levitaba, cuyas caras cambiaban de forma constantemente, mostrando ecuaciones que desafiaban la lógica.
—El Códice no se lee con los ojos —dijo Silas—. Se lee con la voluntad. Pero cuidado, Elara: Isolde ya ha enviado a su "Campeón". Ella no confía solo en el Imperio. Ha desenterrado algo que tu familia enterró hace mil años.
—¿Qué cosa? —preguntó ella.
—A tu abuelo, el Rey Vuk el Sanguinario. Lo ha resucitado usando la sangre de Anton. Ahora es un Revenant, un muerto viviente que comanda las legiones de sombras del pasado.
Elara sintió un frío que no era mágico. La escala del conflicto acababa de cambiar. Ya no era una guerra civil; era una guerra generacional entre los vivos y los muertos, entre el progreso tecnológico de la Inquisición y la brujería ancestral de su sangre.
Mientras tanto, en la superficie.
Vemos a Isolde caminando por las ruinas del palacio. Está acompañada por el Embajador de la Inquisición, un hombre de rasgos asiáticos llamado Lord Kaito, que representa al Imperio del Este. Kaito observa los restos del ritual con desprecio.
—Su magia es sucia, Reina —dice Kaito, ajustándose sus lentes de cristal alquímico—. Mi emperador busca orden. Si no puede controlar a su hermana y su "ángel", tendremos que purificar todo el valle con el Aliento del Dragón.
Isolde sonríe, pero sus ojos están inyectados en n***o. —No se preocupe, Embajador. Mi abuelo ya está en camino. Él no busca orden, busca alimento. Y mi hermana es el postre más dulce que Albania ha producido en siglos.
Elara por otra parte, está tocando el cubo de obsidiana. Al hacerlo, el conocimiento del Sol n***o entra en ella como un rayo, revelándole una verdad aterradora: Caerum no es un guía neutral. El cubo le muestra que Caerum fue quien traicionó a los Bogomilos originalmente, y que su interés en Elara es usarla como una llave para recuperar su forma física y reclamar el mundo que una vez perdió.
Elara, con la mente ardiendo por el conocimiento prohibido, mira a Caerum con una nueva desconfianza. Ahora tiene el poder, pero está atrapada entre un abuelo resucitado, una hermana psicópata, un imperio tecnológico y un guía que podría ser el verdadero villano de la historia.