Llegamos al apartamento que he adquirido para no dormir en la mansión Baxter ni estar bajo la vigilancia constante de mi abuelo. Necesitaba un espacio propio, lejos de su mirada inquisitiva, de sus planes encubiertos y de ese aire de control que parece impregnar cada rincón de la mansión. Hugo me siguió sin protestar. Le ofrecí quedarse esta noche, ponernos al tanto, hablar, distraernos…y sí, también porque con él tengo terapia gratuita. Para eso son los amigos, ¿no? Aunque debo reconocer que sus consejos suelen ser pésimos, por no decir peligrosamente torpes. Abro el refrigerador, dejo que el aire frío me golpee un segundo mientras busco lo que tengo disponible. Saco dos cervezas de lata y le entrego una. Luego tomo la mía y me recuesto con tranquilidad contra la encimera, cruzando las p

