Debbie salió del coche y caminó por la entrada hacia la casa de su amo. Sabía que la estaba esperando. Se quedó frente a su puerta temblando, con el estómago revuelto por una mezcla de miedo y emoción. El corazón le latía tan rápido que empezó a sentirse mareada. Su amiga le había preguntado varias veces durante la mañana si estaba segura de que esto era lo que quería. Su respuesta siempre era la misma: "¡Lo deseo tanto que puedo saborearlo!". Quizás estaba loca por encontrarse con él así en su casa.
Se conocieron en persona almorzando en un bar deportivo local. Cuando él le tomó la mano para estrecharla al encontrarse, sintió como si una descarga eléctrica le recorriera el cuerpo. Sus manos eran grandes y fuertes. Mientras se sentaban y conversaban, conociéndose, la desvistió con la mirada, fija en sus pechos. —¡Qué pechos tan bonitos tienes!—, la felicitó.
—¡Bueno, muchas gracias señor! —dijo ella casi sonrojándose.
—¡Planeo disfrutarlos! ¡Espero que no te salgan moretones con facilidad!—, dijo con una risita siniestra. Sabía de su propensión a los moretones por las muchas conversaciones que habían tenido antes de conocerse. Habían hablado durante meses, tanto por internet como por teléfono. Desde el principio, decidió que no la obligaría a nada. Si su relación iba más allá de una simple charla, sería decisión suya. —Tengo el látigo perfecto para esas tetas—. Sus ojos se iluminaron al pensar en lo que le haría.
—No me vas a hacer mucho daño, ¿verdad? —preguntó Debbie con una sonrisa. La pregunta tenía un tono entre burlón y genuina preocupación.
El amo extendió la mano por encima de la mesa y le tomó la suya. —No demasiado—, dijo sonriendo. Luego, una expresión seria se dibujó en su rostro al apretarle la mano. —¡Cuando entres por mi puerta, serás mía! ¿Entiendes?— Debbie negó con la cabeza. —Dejas a tu marido y a tus hijas afuera. En cuanto esa puerta se cierre, serás mi propiedad, mi zorra y mi puta. Haré contigo lo que me dé la gana, y te someterás a mí y a todo lo que te haga. Si eso te molesta, no te presentes en mi puerta—. Le soltó la mano, se levantó, tiró dinero sobre la mesa para pagar las bebidas y se fue. Debbie sabía su dirección. La sabía desde hacía meses. El corazón le latía tan fuerte que sentía que se le iba a desgarrar el pecho.
Al acercarse a la puerta, el corazón le latía con fuerza como antes en el bar. Se quedó de pie frente a la puerta, haciendo los últimos ajustes al vestido que le habían indicado. Él le había dicho específicamente que usara un vestido viejo, sin botones; el color ni la tela no importaban. Allí, empezó a preguntarse si le haría un striptease a su nuevo amo. Le temblaba la mano al levantarla para llamar a la puerta. Tras un suave golpe, la puerta se abrió con su amo justo detrás. "¡Pasa!", dijo en voz baja.
Debbie entró en el vestíbulo y miró a su alrededor. El Amo cerró la puerta tras ella. La abrazó por detrás y la atrajo hacia sí. Sus manos comenzaron a deslizarse sobre su cuerpo vestido. Empezó por sus pechos y bajó por su vientre hasta su coño. Podía sentirla temblar mientras la tocaba y la acariciaba. —¡Ahora eres mía, zorra! ¡Toda mía! ¡Estás a punto de ser tratada como la puta que eres! ¿Segura que quieres esto, sucia zorra?—. Sabía por sus muchas conversaciones a lo largo de los meses que cuanto más la degradaba, más lo ansiaba ella. —¡Tu marido no puede ayudarte! ¡Tus chicas no pueden ayudarte! ¡Ahora me perteneces, zorra! ¿Segura que esto es lo que quieres?.
Toda la mente de Debbie le gritaba que corriera. Pero sus piernas seguían pegadas al suelo. "¡Sí!", jadeó en un susurro. Pensó en sus hijas, su marido, su vida en casa. Era segura. Era buena. Era... Intentó bloquear las imágenes que inundaban su mente. Era adicta. Este hombre al que ahora llamaba Amo había despertado un animal dentro de ella que no reconocía. Era una criatura sensual que la acechaba en los recovecos más oscuros de su mente. Un animal del que ya no podía defenderse. Un animal que estaba a punto de devorarla y ocupar su lugar. Sabía que el animal estaba a punto de apoderarse de ella, y su Amo lo controlaba.
Debbie mantuvo los ojos cerrados, temerosa de verse a sí misma en lo que se había convertido. Sintió sus manos recorriendo su cuerpo y su aliento en su cuello. Después de varios minutos de explorar su cuerpo, sus manos la dejaron. Lo oyó sacar algo de uno de sus bolsillos. Entonces sintió que le ponían algo sobre la cabeza. Era una venda. Jadeó. Entonces oyó un ruido metálico cuando el Amo buscó algo más. Le puso las manos detrás de la espalda y las esposó. Durante todo ese tiempo no dijo nada. Ella estaba de pie en el vestíbulo de su casa, ahora con los ojos vendados y esposados. Estaba completamente a su merced. Su coño chorreaba tan profusamente que temía dejar un charco en el suelo. Sintió sus jugos correr por su pierna.
El amo la agarró del pelo y la condujo al centro de lo que pronto descubriría que era la sala de estar. La rodeó, como un lobo a punto de abalanzarse sobre su presa. —¡Maldita sea! ¡Eres una criatura sensual!— Sus manos le acariciaron el rostro y el cuello. Se detuvo frente a ella. Las yemas de sus dedos se deslizaron sobre su piel mientras trazaban el contorno de su vestido por la parte delantera, sobre los omóplatos. Debbie sintió un escalofrío mientras su amo la preparaba para su placer.
—¡Ahora veamos qué tiene mi zorra!—, dijo mientras sus dedos agarraban ambos lados de su vestido y lo rasgaban. Los botones volaron por la habitación. Debbie jadeó cuando su vestido se partió literalmente por la mitad. No se lo esperaba. Su miedo se disparó al no saber qué pasaría después. Sabía que podía confiar en su amo. Pero esto era algo que estaba poniendo a prueba su confianza. No podía ver qué venía después, y no podía hacer nada para detenerlo.
El amo gimió mientras la contemplaba. —¡Mmm! ¡De ahora en adelante, zorra, te llamarás Puta! ¿Entiendes?
—¡Ooohhh, sí Maestro!— gimió la zorra.
—¡Buena zorra! ¡Ahora vamos a desnudarte!—La zorra oyó un clic y entonces se dio cuenta de que era la navaja de bolsillo del amo, que se cerraba en posición abierta. Entonces sintió la parte trasera de la hoja deslizándose sobre la piel de sus omóplatos. El amo deslizó la hoja por el valle entre sus pechos y bajo la fina tela que sujetaba las copas de su sujetador. Con un ligero tirón, cortó las copas, dejando que sus pechos se desparramaran. Luego usó la navaja para cortar el resto de su vestido y sujetador. Cuando terminó, ella estaba de pie frente a él, desnuda, con los ojos vendados y las manos esposadas a la espalda.
El amo retrocedió y admiró el cuerpo de su zorra. La zorra no pudo ver la sonrisa en su rostro. Levantó las manos y le acarició las tetas. —Sabía que tenías unas tetas preciosas por las fotos que me enviaste. Pero ahora que puedo jugar con ellas. ¡Estas tetas tuyas son magníficas, zorra! Me van a dar mucho placer. ¡Y estoy deseando follármelas!
—Pero antes de eso, empecemos con tu entrenamiento.— El Maestro tomó el látigo que Zorra aún no había visto. Sin decir palabra, retrocedió, levantó el brazo y lo azotó contra su teta izquierda. Zorra saltó por el impacto y chilló levemente. Luego volvió a levantar la mano y lo azotó contra su otra teta. —¡Ahora dime, zorra! ¡Dime por qué estás aquí, sucia zorra!—Mientras hablaba, el látigo descendió sobre sus tetas, derecha/izquierda, derecha/izquierda.
—¡Oohh, Amo! ¡Estoy aquí para complacerte! ¡Estoy aquí para ser tu sucia puta! ¡Estoy aquí para someterme a todos tus deseos!
El amo bajó el látigo por su estómago, bajando por su cuerpo hasta su coño. —¡¿Qué eres, zorra?!—, casi gritó mientras subía el látigo y le azotaba el coño expuesto. —¡Abre las piernas, zorra, y dime qué eres!—, le ordenó.