El cuerpo de Debbie seguía con espasmos mientras el Amo mantenía la boca cerrada sobre su clítoris, provocándolo y succionándolo. El tiempo pareció detenerse para ella mientras él continuaba su asalto, convulsionando incontrolablemente. El placer se volvió tan intenso que empezó a convertirse en una sensación dolorosa. —¡AY, POR FAVOR, PARA!—, empezó a suplicar.
El amo se rió para sí mismo mientras continuaba su ataque. Apenas unos minutos antes, ella le rogaba que no parara. En lugar de detenerse, decidió intensificar sus manipulaciones sobre su cuerpo. Deslizó dos dedos dentro de su coño efusivo mientras su lengua acariciaba su clítoris.
Debbie gritó al sentir una nueva oleada de placer eufórico. —¡OOOOOOHHHHHH!—, gimió mientras su cuerpo era llevado al límite de su resistencia. Debbie no sabía cuánto tiempo había jugado el Amo con ella y bebido su dulce néctar. ¿Era orgasmos múltiples? ¿O uno largo? No importaba. Lo único que importaba era que le había inculcado una adicción. Había oído que bastaba con una sola toma de crack para que la consumidora quedara enganchada. El Amo era su crack. Sabía que ahora estaba esclavizada por este hombre y por lo que él quisiera de ella.
El amo finalmente se levantó y miró a su temblorosa zorra. No pudo evitar sonreír. Las lágrimas corrían por sus mejillas. Su cuerpo brillaba de sudor. Su coño y culo estaban empapados de sus fluidos. Yacía ante él, expuesta y vulnerable, ansiosa por más. —¿Ya has tenido suficiente?—, dijo suavemente, inclinándose sobre ella.
Ella lo miró con una expresión casi dolorosa. —¡No!—, jadeó. —¡Por favor, más! ¡Necesito más!—, suplicó.
El amo se rió. —¡Claro que sí, mi putita sucia!— Se desnudó, empujó a su zorra más arriba en la cama y se arrastró hasta su trasero expuesto. Apoyó su polla en su raja, luego la rodeó con las manos y agarró sus enormes tetas. Las apretó como dos masas enormes, amasándolas hasta que ella jadeó de dolor.
Mientras le manoseaba las tetas, deslizaba su polla arriba y abajo por su raja, asegurándose de tocar su clítoris hinchado con cada embestida. Empezó a hablarle suavemente. «Por nuestras conversaciones, tenía la impresión de que eras una zorrita cachonda. Pero debo confesar que has superado con creces mis expectativas más descabelladas. Supongo que ese marido tuyo no sabe cómo cuidar a una puta con un apetito como el tuyo».
Sus palabras hirieron a Debbie. Pero sabía que tenía razón. Durante años le había rogado a su marido que tomara el control, que la usara, que la dominara. Siempre la miraba como si le hablara en un idioma desconocido que no entendía. Su coño empezó a contraerse mientras su pene se deslizaba de arriba abajo.
—Quieres esta polla, ¿verdad, pequeña zorra sucia?—, la provocó el amo.
Debbie negó con la cabeza con sumisión. Su voluntad, lo poco que le quedaba antes de llegar a su casa, se había esfumado. Ahora pertenecía a este hombre que la había destrozado por completo. —¡Sí! ¡Oh, sí!— exclamó.
—¡Dime qué eres, zorra!— exigió el amo.
¡Soy una puta sucia y asquerosa! ¡Soy una guarrilla sucia! ¡Oh, amo, solo soy una guarrilla de leche que necesita ser follada y usada como una puta barata!
—¡Soy una puta sucia y asquerosa! ¡Soy una guarrilla sucia! ¡Oh, amo, solo soy una guarrilla de leche que necesita ser follada y usada como una puta barata!
—¡Buena chica! ¡Ahora dime a quién perteneces!— El amo acarició su polla varias veces más a lo largo de su raja, empujando la punta dentro de su túnel s****l. Sintió su cuerpo tensarse cuando la punta de su polla asomó entre sus labios.
—¡OOOOHHHH! ¡Amo, te pertenezco! Soy tu puta, tu zorra, tu juguete s****l. —Volvió a gemir mientras su polla se deslizaba lentamente dentro de ella, llenándola—. ¡OH, CÓJEME, AMO! ¡CÓJEME! ¡CÓJEME! —gimió una y otra vez.
El amo empezó a penetrarle el coño lenta y constantemente. Sabía que iba a durar un buen rato. Acababa de vaciarse en su garganta. Iba a disfrutar de una follada larga y dura de su zorra. Sabía que podía soportarlo. Se preguntaba si ella también. —¡Mírame!—, dijo con autoridad.
Debbie abrió los ojos de golpe. Había una mirada salvaje en ellos. Una mirada que nadie había visto antes, porque nadie la había llevado a tal extremo.
—¡Aprieta tu coño para mí!
Debbie contrajo el músculo pélvico lo mejor que pudo. Las paredes de su coño apretaban su pene mientras este entraba y salía de ella. El amo sonrió satisfecho, disfrutando de sus esfuerzos por complacerlo.
—¡Mmmmmmm! ¡Qué buena zorra! Pero quiero que trabajes esos músculos. Ese es mi coño ahora. Quiero que responda como yo quiero. ¿Entiendes?
Debbie asintió. —¡Sí, señor!—, gimió mientras él seguía penetrando su coño.
—¡Buena chica!
El tiempo se detuvo para los dos amantes mientras el Amo follaba a su zorra a un ritmo constante. Debbie llegó al clímax varias veces más. Ninguna tan intensa como la primera. Pero cada una la satisfacía a su manera, y afianzaba aún más su necesidad de todo lo que su Amo podía hacerle. Durante la sesión, el Amo buscó sus pantalones, que estaban sobre la cama, y sacó la llave de las esposas. Al abrirla, le permitió frotarse las muñecas mientras le sujetaba las piernas por los tobillos.
Finalmente le soltó los tobillos y dejó que sus piernas cayeran a su lado, abiertas. Se tumbó encima de ella. Se incorporó sobre el codo izquierdo mientras le acariciaba los pechos con la mano derecha. La miró a los ojos, su cabeza a escasos centímetros de la de ella. Había una ternura en ellos que ella no había visto antes. —¡Maldita sea, eres una criatura hermosa!— Debbie casi se corre de nuevo al oír sus palabras. —¡Ahora me perteneces! ¿Entiendes?
—¡Sí! ¡Lo entiendo!
—¿Estás seguro? ¡No estoy seguro de que lo sepas!
Debbie sonrió. —Lo entiendo perfectamente. Ahora soy tu puta, amo. ¿Cómo quieres que te sirva?
El Maestro le devolvió la sonrisa. —Vuelve el lunes por la mañana, temprano. Planea quedarte todo el día. Ya veremos qué tan puta eres.
El amo bajó la cabeza y le chupó una teta con la boca mientras la penetraba con renovada intensidad. Justo antes de sentir que estaba a punto de correrse, se apartó y se sentó a horcajadas sobre su pecho. —A ver si sabes usar esas tetas—. Debbie tomó sus tetas y las envolvió alrededor de su polla hinchada. El amo comenzó a follarla sin parar. —¡Mierda, qué bien se siente! ¡No tardaré mucho!—Con cada embestida de su polla, Debbie lamía la punta.
El amo se inclinó hacia delante y se agarró al cabecero. —¡Mierda! ¡Aquí viene!— Su polla explotó, escupiendo su semen por toda su cara, barbilla y cuello. El amo gruñía con cada embestida. Debbie chillaba como una colegiala aturdida mientras él le cubría la cara y el cuello con su crema. El amo finalmente se desplomó en la cama junto a su zorra. —¡Eres increíble! ¡De verdad que lo eres!
Debbie recogió su semen con sus dedos, luego los chupó hasta secarlos, saboreando cada gota de su semilla.
El Maestro lo miró y se rió. —Harás eso mucho el lunes.
—¡Mmm! ¡Qué bien! ¡No puedo tener suficiente semen!