Capítulo 4

1581 Words
Debbie estaba preparando el desayuno para su esposo y sus dos hijas cuando él bajó las escaleras con su maletín. —¡Qué bien huele!—, dijo mientras se sentaba a la mesa de la cocina. —¿Qué planes tienes para hoy? A Debbie se le hizo un nudo en el estómago. Se le aceleró el pulso mientras intentaba encontrar una respuesta. —Oh, no sé. Estaba pensando en ir a ver a una amiga hoy. Quizás hacer algunas compras. —¡MENTIROSA, PUTA INFIEL! —le gritaba la conciencia. Empezó a temblar mientras le servía el desayuno a su marido. Jack, el hombre al que ahora llamaba "Amo", llenaba su vida de una forma que jamás imaginó. Cada momento de su vigilia lo consumía pensando en cómo la trataba. No importaba lo que le hiciera, sabía que siempre querría más. Se estaba perdiendo a sí misma, su cordura, su identidad por este hombre que la conocía como nadie. Tenía que alejarse de su Amo antes de perderse por completo. Tenía que hacerlo. Pero no podía. La forma en que la controlaba, la dominaba, la humillaba, la usaba. La forma en que la hacía sentir. Su cuerpo vibraba como si una descarga eléctrica lo recorriera cada vez que estaba con su Amo. Nunca se había sentido más viva que cuando estaba con su Amo y lo complacía como él le exigía. No podía admitirlo, pero era adicta a este hombre. Pero para Debbie, era más que solo s****l. Había en él una fuerza de personalidad y voluntad que la embriagaba. El Amo sabía lo que quería, se lo decía y luego lo tomaba. Ella había anhelado eso de su esposo desde el día en que se casaron. Simplemente, él nunca parecía poder darle lo que necesitaba. Al principio lo había insinuado. Cuando eso no funcionó, se volvió más descarada al decirle lo que necesitaba. Él era solo un hombre débil. Después de tantos años intentándolo, un día se rindió. Sus ansias y deseos sexuales yacían latentes en su interior. Ahora, a los 39 años, esas ansias y deseos habían sido reavivados por un hombre que sabía cómo avivarlos hasta convertirlos en un fuego furioso dentro de ella. La conocía como mujer. La entendía como una criatura s****l. —Bueno, no me esperes para cenar esta noche—, la acompañó su marido. —Trabajaré hasta más tarde esta noche, y no sé a qué hora será—. Fred empezó a desayunar mientras sus dos hijas entraban en la cocina. —¡Tengo que irme, mamá!—, dijo Stacy, su hija mayor. —Jeremy me recogerá en unos minutos—. Stacy estaba en el último año de preparatoria. Acababa de cumplir 18 años y era la viva imagen de su mamá. Sus pechos no eran tan grandes como los de su hija, pero se acercaban a una D sólida. Uno de sus atributos con el que Jeremy disfrutaba jugando siempre que tenía oportunidad. —Bueno, siéntate y desayuna. ¿Llevas a tu hermana a la escuela? —¡No quiero ir con ellos!—, gritó Shelby, su hija de 16 años. —Lo único que hacen es besarse y agarrarse —¡Shel, cállate! ¡No lo haremos! —¡Sí, claro! Tomaré el autobús, mamá. No quiero estorbarles. Debbie se encogió mientras escuchaba a sus hijas preguntándose qué pensarían de ella si supieran en qué se había convertido. —¡Me tengo que ir!— murmuró Fred con la boca llena de pan tostado mientras se levantaba. Agarró su maletín y besó a Debbie en la mejilla. Condujo hasta la estación de tren para su viaje diario a la ciudad. Se detuvo frente a la estación. Una rubia abrió la puerta del copiloto y se sentó. Miró a Fred y sonrió. —¡Conduce, zorra!—, le dijo. —Eres mi zorra por hoy. —¡Sí, señora! —respondió Fred tímidamente, bajando la cabeza en señal de saludo. Debbie besó a sus chicas al salir. Vio a Stacy subirse al coche de Jeremy y luego besarlo. No estaba segura, pero creyó ver su mano extenderse y agarrarle un pecho. Cerró la puerta, se dio la vuelta y regresó a la cocina. Abrió el mueble bar, cogió una botella de vino y se sirvió una copa alta. «Creo que voy a necesitar mucho de esto», se dijo a sí misma. Subió las escaleras para prepararse para el día. El amo le había dado instrucciones específicas sobre qué ponerse. Rió nerviosamente mientras preparaba su ropa. No entendía por qué era tan específico con qué ponerse. Sabía que estaría desnuda en cuestión de minutos al entrar en su casa. ¿O no? En cualquier caso, quería lucir lo mejor posible para él. Se peinó y maquilló como a él le gustaba. Su cabello castaño rojizo era largo, tal como a él le gustaba. Tenía órdenes estrictas de no cortárselo nunca sin su permiso. Un permiso que sabía que nunca llegaría. Se maquilló un poco más de lo habitual. Se pintó los labios con un lápiz labial rojo rubí. Se miró al espejo. «Te has convertido en una auténtica zorra». Entonces gimió al pensar en lo que le esperaba. Era lo desconocido lo que la excitaba y aterrorizaba a la vez. Pero lo que más la aterrorizaba era la transformación que veía ocurriendo en su interior. ¿"Quería" lo que el Maestro le estaba haciendo? ¿O lo "necesitaba"? Una cosa la controlaba. La otra no. ¿O sí? ¿Tenía algún control sobre algo que... ¿No podía simplemente decir "basta" e irse? Sabía que podía. Pero también sabía que no. Cuanto más lo pensaba, más claro lo veía. Estaba cayendo en un agujero n***o donde deseos y necesidades se convertían en uno. Donde su control sobre todo le estaba siendo arrebatado poco a poco. Entonces la golpeó como un rayo. No quería tener el control. Quería, no NECESITABA, que un hombre la controlara por completo, la guiara, la dominara e incluso la degradara. Esa verdad, sumada a su apetito s****l, que había formado parte de su psique desde la adolescencia, ahora definía quién era. Se miró de nuevo al espejo. —¡Eres una zorra!— dijo. —¡Y te encanta, puta asquerosa! Se puso su sostén n***o, sin bragas. Luego, su liguero y sus medias negras de seda. Después, se puso el vestido favorito de su amo, un vestido de cóctel verde oscuro que le llegaba justo por encima de las rodillas y se ajustaba a su cuerpo como un guante. Se sentó y se calzó sus sandalias negras de plataforma con tacones de 12 cm y tiras en los tobillos. Se levantó, caminó hacia el armario y se miró en el espejo de cuerpo entero de la puerta. Se sentía sexy y deseable al vestirse para su amo. "¡Rayos, qué bien te ves, chica!", murmuró mientras se alisaba el vestido. Debbie entró en la entrada de la casa de su amo y condujo lentamente a lo largo, rodeada de árboles a ambos lados. El amo había renovado una antigua casa de campo para convertirla en una hermosa casa moderna con un sistema de seguridad de vanguardia. Poco después de que Debbie llegara a su vida, instaló un sistema de videovigilancia en varias habitaciones clave que sabía que usaría con frecuencia. Su sistema le avisaba cuando su coche entraba en la entrada. La casa se encontraba en un terreno apartado de diez acres, rodeado de bosque. Debbie salió del coche, se bajó el vestido y luego, con tacones, recorrió la entrada de grava hasta llegar a la pasarela de hormigón. Subió los escalones y se paró frente a la puerta de nuevo, como hacía unos días. El corazón le latía tan fuerte que sentía que se le iba a salir del pecho. Le temblaba la mano al llamar a la puerta. El amo abrió la puerta y se quedó en el umbral mirándola. En lugar de invitarla a pasar, se quedó allí desnudándola con la mirada mientras sonreía. —¿Qué haces aquí, puta sucia? Debbie bajó la mirada y se sonrojó. Siempre le había parecido humillante y emocionante a la vez que la degradaba. Cuestionaba su propia estabilidad emocional al ver cómo la trataba. Lo que la mayoría de las mujeres jamás habrían tolerado, ella lo aceptó con entusiasmo. Cuanto más la degradaba, más se mojaba. —Estoy aquí para complacerte, Amo. —¿Sabe tu marido con qué facilidad te abres de piernas para recibir una polla, puta infiel?" —¡No, Amo!—, gimió. Sus palabras la desgarraron profundamente. —¿Tus hijas saben lo hambrienta de pollas que eres? —¡No, amo!—Debbie temblaba al sentir el dolor de sus palabras. Nunca la había presionado tanto. —¿Qué crees que dirían si te vieran de rodillas con una polla en la boca?—Sabía que la degradación a la que ella respondía era prácticamente ilimitada. —No lo sé. —Su cabeza estaba inclinada por la vergüenza y su voz temblaba. —¡Puta inaceptable! ¡Sabes exactamente lo que dirían! ¡Ahora dime!— dijo con tono cortante. Debbie gimió. Quería arrastrarse y esconderse. Más de sí misma que de nadie. Su cuerpo delataba su verdadera necesidad. —¡Dirían que su mami era una guarra!— sollozó. —¡Pasen aquí!— ordenó el Maestro mientras se hacía a un lado.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD