Juan Miguel le limpiaba con delicadeza los raspones en las manos de Lu, él podía sentir el temblor aún en ella, y notaba como aun las lágrimas brotaban de sus ojos. —Estás a salvo, yo no te voy a desamparar —murmuró Miguel, la miró con ternura. Luciana se reflejó en esos ojos de azul transparente, su corazón tembló al igual que ella. —No quiero que por mi culpa tengas problemas, no me perdonaría que esos hombres te hicieran daño —susurró. —Acá estamos tranquilos, fue buena idea la de Andrés de venirnos a refugiar en esta finca hotel, así no nos van a encontrar, pero debemos asesorarnos con un abogado —advirtió. La piel de Luciana se erizó. —Ellos no son tan fáciles de vencer. —Estás hablando con un Duque, y para nosotros no hay nada imposible —aseguró. Luciana esbozó una pe

