NEW YORK
¡No puede ser verdad! Es mentira esa no es mi esposa, es usted un médico de quinta, está firmando su sentencia, lo voy a asesinar con mis propias manos, es un charlatán, ella no puede haber muerte ella no — El dolor que se había incrustado en el corazón de Domenico no lo dejaba razonar en paz, su mente está nublada por la rabia tenía del cuello al médico que estaba desesperado tratando de pedir ayuda con el poco aire que entraba a sus pulmones hasta que los guardias de seguridad entraron.
—Señor cálmese, el médico solo hace su trabajo — Las lágrimas en la mirada de Doménic empezaron a llegar por cascadas era su esposa, su amada MarTita, su otra mitad, la que lo calmaba, la que lo frenaba de no dar riendas sueltas a sus más bajos instintos, ella era su ángel, para su perturbada mente no era posible que esa mujer sin vida en esa fría camilla de la morgue fuera su MarTita la madre de su único hijo, sus ojos ya no tenían luz estaban apagados, cuando de pronto entro Doña Margarita con su hijo Alessandro en brazos. Cuando pudo ver a su hijo su rostro era de asombro, pero rápidamente lo cambio a uno de dolor se llevó la mano a la boca y se acercó a su hija cuando Alessandro hablo.
—¿Esa es mami? — A lo que Doña Margarita contesto
—Mamá murió Alessandro — Tratando de mostrar en sus palabras el dolor que una madre debería sentir.
—Se ha ido al cielo entonces — Sin comprender realmente que significaba eso, él lo veía como un viaje, pero aun en medio de la muerte Doña Margarita no dejaba de destilar el veneno que había en su alma.
—Debería ir al infierno que es su lugar por haber sido una mala hija, todo lo que le pasa se lo merece por faltarme el respeto como lo hizo, se lo dije ahora voy a bailar en su tumba — Se lo dijo de tal forma pegando al niño a su pecho y despacio al oído que no pudo ser escuchado por nadie más, pero esas palabras se hundirían en un lugar muy en el fondo del niño, esas palabras lo habían marcado cuando ni siquiera entendía la magnitud de ellas ni el impacto que causarían más adelante.
Doménic estaba en su propio mundo hundido en el dolor, no veía más allá de sus lágrimas, no veía más allá de esa rabia que iba creciendo dentro del como lava hirviendo, tenía en su mente un culpable, su mente empezaba a jugar con él empezaba a ver a Sandro Salvatore riéndose de su desgracia, empezó a dar golpes al aire tratando de alcanzarlo, pero lo único que lograba era lanzar las cosas al suelo causando un alboroto tal que Doña Margarita y su nieto debieron salir de la habitación mientras entre cuatro guaridas trataban de calmar la ira del demonio de New York tuvieron que sedarlo de tal forma que se necesitó un medicamento casi tan potente como la Etorfina que se usa para sedar rinocerontes.
—Abuela no quiero que mi papi se duerma, no quiero que se vaya al cielo como mi mami — Mientras veía por el gran ventanal que daba a la sala donde su padre estaba siendo sometido para caer en la inconsciencia producto del sedante.
—Sería lo ideal, que se vuelva loco o se terminan matando así me quedo con todo, sería mucho pedir un poquito de suerte. — Pensaba Doña Margarita poco más y le faltaba sonreír de solo imaginarse acreedora de toda la fortuna Di Simmone.
«Vamos para dejarte con la niñera mientras me voy a comprar un fabuloso vestido n***o para la ocasión y cierto también tengo que hacerme las uñas.
El pobre Alessandro no entendía nada, solo quería correr hacia su padre mientras su abuelo lo jalaba de la mano y su padre era trasladado en una camilla.
«Basta Alessandro compórtate, que ya no está tu querida mamita para malcriarte a partir de ahora vas a aprender de disciplina conmigo.
VARIAS HORAS DESPUÉS.
¡Quiero saber cómo fue que ella murió! Como alguien fue capaz de hacer lo que hizo con mi hija, quiero una maldita explicación y la cabeza de todos los ineptos que tengo como guardaespaldas, Habla Martín — Mientras tomaba de una botella que había mandado a traer.
—Señor, pero no debería beber así, el doctor dijo — Y todo el cuerpo del pobre Martín tembló cuando el trigo de Doménico Barbieriretumbo en toda la habitación.
—¡Me importa un carajo que diga el doctor! Quiero saber cómo fue que me quitaron a mi amada esposa, ¿No te entra en la cabeza acaso? El maldito de Sandro me la arrebato de eso estoy seguro, quiero saber cómo.
Martín no podía contarle o no se atrevía a decirle que su esposa había esquivado a los guardias de seguridad y había escapado de la mansión sin ser vista y que no se dieron cuenta hasta que encontraron su cuerpo en un barranco, lleno de marcas de tortura horas después de su desaparición, sabía que la señora Martina ,esa mujer que era la única capaz de calmar a la fiera que tenía como jefe había sufrido quien sabe cuánto antes de morir, ¿Cómo le podía contar eso su jefe?
Cuando Doménic entendió que ya no nada podía hacer se fue a su casa, pero al entrar ahí los recuerdos lo atacaron de golpe, el olor de su esposa estaba en cada rincón, casa rincón de esa casa había sido testigo de las noches de entrega, cada rincón de ese lugar le recordaba a ella, lanzo al suelo todo a su paso no oía voces o entendía de razones, no importaba quien le hablara destrozo todo el lugar y se bebió todas las botellas de licor que había ahí, se fue a su habitación y saco toda la ropa de su esposa y empezó a llorar como un niño pequeño que tenía el corazón desgarrado porque le había arrebato lo que más amaba su MarTita su dulce e inocente Matina.
Alessandro que había estado en su habitación abrazado a una foto de su madre mientras su padre se volvía un demonio, el pequeño lloraba desconsolado se armó de valor se secó las lágrimas y se acercó a la habitación de su padre al verlo llorar, con todo el temor que su pequeño cuerpecito de casi tres años le permitía se acercó a él y con su diminuto dedo pulgar seco las lágrimas de su padre sin soltar el retrato de su padre que estaba pegado a su pecho. Cuando Doménic sintió el calor que emanaba de los dedos de su hijo lo quedo viendo con los ojos inundado de lágrimas se dio cuenta de que ambos estaban sufriendo, se dio cuenta de que no solo él había pedido una esposa su hijo había perdido una madre.
—Hijo ella — No pudo articular más palabras y abrazo a su hijo como si él fuera su única ancla a este mundo, como si al verlo se diera cuenta de que tenía, aunque no quisiera seguir viviendo
AL DÍA SIGUIENTE
—Vamos señor, es hora. — Pedro el mayordomo de la familia trataba de hace varios minutos de levantarlo siendo cualquier esfuerzo en vano.
—¡No puedo, entiendan no puedo decirle Adiós ¡Nadie entiende una mierda como me siento! — ¡Cuando oyó su negativa, Doña Margarita vestida de n***o incluía un pequeño sombreo con un tul delante y guantes negros se acercó a él!
—Vamos Doménic tú puedes, ¡Por Dios levántate y arréglate que hoy entierras su cuerpo, pero no su recuerdo, estoy segura de que algún día harás pagar a los Salvatore por la muerte de mi hija, de mi hermosa hija! — Eso lo hizo entrar en razón o por lo menos lo suficiente para poder enterrar su cuerpo, la venganza sería su aliciente, haría pagar a cada Salvatore el sufrimiento de su hijo que estaba a lado de su abuela vestido de traje igual al que tenía que ponerse él. Cada m*****o de familia maldita pagara mi dolor y el de los míos, pagaran con su vida y la caída de su reino ahí estaré ahí de pie viendo como todo se derrumba. Pensaba Doménic mientras se ponía en pie a duras penas sosteniéndose de los bordes de la cama.
—Eso no lo dude Doña Margarita, el maldito apellido Salvatore desaparecerá de esta tierra más temprano que tarde, y con gusto aplastaré el cuello de ese bastardo con mis propias manos hasta oír sus huesos retorcerse y ver como la luz de sus ojos se apaga por completo hasta mandarlo al infierno donde pertenece.
—Así se habla hijo, nadie debe quedar impune luego que hicieron lo que hicieron con la esposa del gran Doménic Barbieri Del Monte la familia se respeta y eso lo aprenderán con sangre, nunca lo olvides ningún Salvatore en pie.