ÉRICA
Mudarse sola siempre me pareció un acto de independencia. Pero ahora que estaba aquí, en mi nuevo apartamento, rodeada de cajas que apenas había comenzado a desempacar, la sensación era menos emocionante de lo que había imaginado. Todo estaba en silencio. No el tipo de silencio que te calma, sino uno que parecía absorber cada ruido.
El edificio era antiguo, pero tenía su encanto: paredes de ladrillo, techos altos, y un ascensor tan viejo que temía quedar atrapada en él cada vez que lo usaba. Aunque apenas llevaba unas horas, ya había comenzado a sentir esa extraña inquietud que acompaña a los lugares nuevos.
Había olvidado una caja importante en el coche, así que, suspirando, decidí bajar a buscarla. Mientras esperaba el ascensor, sentí una ligera corriente de aire que me hizo estremecer. Tal vez estaba cansada, pero juraría que escuché un susurro. Sacudí la cabeza. Solo estaba paranoica.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, mis ojos se encontraron con alguien inesperado. Un hombre estaba dentro. Alto, con cabello oscuro que le caía desordenado sobre la frente, y unos ojos grises que parecían observar más de lo que deberían. Su presencia llenaba el pequeño espacio de una manera que no podía ignorar.
—¿Vas a subir? —preguntó, su voz grave y calmada, casi como un reto.
—Eh... sí.
Me adentré en el ascensor con mi caja, tratando de mantener la compostura. Él se apoyó contra la pared, cruzando los brazos mientras me observaba con curiosidad.
—¿Nueva en el edificio? —preguntó después de unos segundos de silencio incómodo.
—Sí. Hoy me mudé.
—Derek —dijo, extendiendo una mano hacia mí.
Moví torpemente la caja para liberarme y estreché su mano.
—Érica.
El tacto fue breve, pero dejó una sensación extraña en mi piel, como si su mano estuviera demasiado fría, o demasiado cálida, para ser normal. Algo recorrió mi brazo, como un cosquilleo, pero lo ignoré. Probablemente era el cansancio.
—Bienvenida al edificio, Érica —dijo, con una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
El resto del trayecto transcurrió en silencio. Yo estaba demasiado ocupada evitando mirarlo directamente, pero no podía evitar notar su presencia. Parecía inmóvil, pero su energía llenaba cada rincón del ascensor.
Cuando las puertas se abrieron en mi piso, él me dejó pasar primero.
—Espero que encuentres lo que buscas —añadió. Su tono no era amable, ni frío, pero había algo en esas palabras que me puso la piel de gallina.
—Gracias...
Me apresuré hacia mi apartamento, cerrando la puerta detrás de mí como si eso pudiera bloquear el impacto de nuestro encuentro. ¿Qué había sido eso? ¿Por qué un simple desconocido me había dejado tan inquieta?
El resto de la noche fue un intento fallido de distraerme. Me dije que era solo mi imaginación, que estaba proyectando mis inseguridades en alguien que simplemente era extraño. Pero no podía negar que algo en él me había dejado con una sensación difícil de explicar.
Esa primera noche, mientras intentaba dormir, no soñé con él ni con nada en particular, pero el silencio del apartamento parecía diferente. Más pesado. Más vivo.
Y, aunque odiaba admitirlo, no podía dejar de pensar en esos ojos grises que, de alguna manera, parecían saber algo de mí que yo misma desconocía.