03. Misericordia bajo sospecha

1437 Words
Como era de esperarse, el burro obedeció, sintiendo la urgencia en la voz de Dalia. El viaje de regreso a casa fue el más largo en la vida de la mujer. Cada segundo que pasaba imaginaba al hombre muriendo solo junto al río. Cada piedra en el camino la hacía temer que llegarían demasiado tarde. Cuando al fin alcanzaron la casa, Dalia casi se lanzó del burro tropezando en el camino, ni siquiera cogió su bastón y corría con sus manos extendidas dentro de la casa. —¡Abuelo! ¡Abuelo! Thoran apareció en la puerta, alarmado. —¿Qué pasa, niña? ¿Por qué gritas? ¿No ibas a lavar por qué regresaste? —Hay un hombre en el río... está herido... está herido de gravedad... tenemos que ayudarlo... Cuando el hombre mayor escuchó eso, abrió sus ojos de par en par. —Dalia, no podemos meternos en problemas ajenos… déjalo ahí. —¿Cómo puedes decir eso abuelo? ¡Está muriendo! —las lágrimas amenazaban con brotar de sus ojos cerrados—. No puedo dejarlo ahí. Por favor, abuelo. Tú me enseñaste que siempre debemos ayudar a los necesitados y en este momento, ese hombre está necesitado. Hubo un largo silencio. Luego, un suspiro pesado. Thoran sabía que Dalia no iba a tener paz si dejaban a ese hombre ahí, así que no le quedó más opción. —Está bien. Muéstrame dónde está. Y así, el viaje de regreso al río fue tortuoso. Thoran ahora era quien llevaba las riendas de Manchas con Dalia detrás de él. Cuando al fin llegaron, Dalia escuchó cómo su abuelo se detenía de forma abrupta. —Por todos los dioses de la tierra... —murmuró. —¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Ya no está? —Este hombre, Dalia... no, no es normal. —La voz de Thoran temblaba con cada palabra. Dalia, ahí todavía montada en el burro y con sus ojos cerrados, frunció el ceño. —¿A qué te refieres con que no es normal, abuelito? —¡Es enorme! —exclamó— Demasiado grande para ser un humano común. Y estas heridas... a simple vista se nota que fueron hechas con dagas. Alguien intentó matarlo. Thoran se bajó de Manchas y se arrodilló junto al cuerpo, Dalia lo siguió, no sin antes tomar su bastón escuchando cómo la respiración del hombre se volvía más pesada. —Mira el tamaño de sus manos. Sus músculos. Este hombre es un guerrero, y uno peligroso. Podría ser... —se detuvo por un instante—. Podría ser uno de esos hombres bestia. Un león, tal vez. Los leones han estado conquistando estas tierras. Este podría ser uno de ellos. Un escalofrío recorrió la espalda de Dalia. —¿Importa eso? —preguntó ella con voz firme—. Está herido. Está muriendo. Necesita ayuda. Eso es lo único que importa. Ahora. —Si es un león, Dalia, podría matarnos cuando despierte. No es seguro… —O podría estar agradecido de que le salvamos la vida ¿no crees? —Dalia se cruzó de brazos—. Tú me criaste para ayudar a los desvalidos, abuelo. Sin importar quiénes sean. ¿O es que acaso ya no aplica cuando se trata de hombres bestia? Otro suspiro. Más pesado esta vez. —Eres demasiado terca para tu propio bien. Igual que tu madre. —Pero había afecto en su voz—. Está bien. Lo llevaremos a casa. Pero si nos mata a ambos, será tu culpa. Manchas morirá de hambre si es que este león o lo que sea, no se come nuestros restos, incluyendo a nuestro burro. Ellos son más carnívoros que los lobos. —Abuelo no seas tan dramático, él no nos matará —dijo Dalia, aunque no estaba del todo segura. Thoran volvió a suspirar y cubrió al hombre con una de las sábanas de la cesta. Entre ambos, con mucho esfuerzo y varios intentos fallidos, lograron subirlo a Manchas. El burro protestó chillando un poco, pero aguantó el peso. El hombre no se movió ni una sola vez durante todo el proceso. Su respiración era tan superficial que Dalia tuvo que tocarlo varias veces solo para asegurarse de que todavía estaba vivo. El viaje de regreso a la casa fue lento y silencioso. Dalia mantuvo una mano sobre el hombre todo el tiempo, sintiendo cómo su piel fría gradualmente se volvía más y más caliente. La fiebre estaba comenzando. Treinta minutos más tarde llegaron a la casita, y como pudieron entre el anciano y la muchacha ciega lo arrastraron adentro, fue ahí donde Thoran tomó una decisión. —Lo pondremos en tu cama. Es la única lo bastante grande. Aunque sospecho que sus pies quedaran afuera, tendremos que ponerlo de lado. —¿Mi cama? —Sí, en tu cama. A menos que quieras que duerma en el suelo. Dalia no discutió. Entre los dos lograron acomodarlo sobre el colchón de paja, recostándolo de lado para que sus pies no quedaran colgando. Con el paciente instalado, ella se puso a trabajar. Sus manos se movían con seguridad entre los frascos de hierbas que colgaban del techo y los vendajes del baúl. Su abuelo, un maestro en el arte de la medicina, le había transmitido cada secreto del oficio. —Los dioses te sonríen —le susurró Dalia al hombre inconsciente con una sonrisa—. Caíste en las mejores manos; te voy a curar. Thoran suspiró al ver el entusiasmo de su nieta. Ella parecía encantada con el desafío, pero el semblante del anciano se ensombreció al acercarse a examinar a ese hombre herido. —Las heridas están envenenadas —sentenció Thoran—. El tejido de la piel está oscuro, típico de venenos de serpiente de roca. Ya ha pasado mucho tiempo es letal si no actuamos ya. —Puedo sacar ese veneno —dijo Dalia con una confianza que no sentía del todo, pero estaba optimista. La mujer pasó las siguientes horas preparando cataplasmas de raíz de sanalotodo mezclada con pétalos de flor lunar machacados. La pasta hervía y burbujeaba cuando la aplicaba sobre las heridas, extrayendo el veneno oscuro que manchaba la piel del hombre. Él se estremeció varias veces, gimiendo en su inconsciencia, pero nunca despertó. —Tiene fiebre —anunció Dalia después de tocar su frente—. Y está muy Alta. —Esperemos que sobreviva la noche —respondió Thoran de manera sombría pero también realista—. Está pálido, se nota que ha perdido mucha sangre. Pero, para su sorpresa, el hombre sobrevivió la noche. Y la siguiente. Y la siguiente después de esa. En un abrir y cerrar de ojos, cuatro días pasaron en un borrón de cambios de vendajes, cataplasmas frescas y vigilias nocturnas. La fiebre del extraño subió y bajó como mareas. Deliraba, hablando en una lengua que Dalia no entendía. Gritaba nombres—Rhaegor, Radina, Kaelor. A veces lloraba. A veces rugía tan fuerte que Dalia temía que se transformara en león en su propia cama. Con esos rugidos, si es que había dudas antes, ya su abuelo y ella confirmaban que era un hombre bestia. Por suerte, la transformación nunca ocurrió; durante esos cuatro días, él no llegó a despertar del todo. Sin embargo, debido a su ceguera, Dalia ignoraba que Azrael abría los ojos de vez en cuando. Atrapado en el delirio de la fiebre, él no lograba distinguir dónde terminaba el sueño y dónde empezaba la realidad. Mientras tanto, Thoran vigilaba desde el umbral cuando podía; su desconfianza no había disminuido ni un solo segundo en todo ese tiempo. —Ese hombre traerá problemas, niña —repetía cada noche—. Lo sé en mis huesos. —O tal vez traiga algo bueno —respondía Dalia, cambiando otro vendaje ensangrentado porque las heridas se negaban a cerrar. Pero entonces, madrugada del quinto día, algo cambió. Dalia estaba aplicando una cataplasma fresca en su costado cuando sintió que el cuerpo bajo sus manos se tensaba. Ya no era el temblor inconsciente de la fiebre. Era diferente. Controlado. Consciente. —¿Señor? —susurró, tragando saliva. El movimiento fue tan rápido que no tuvo tiempo de reaccionar. Un brazo de hierro la rodeó, apretándola contra un pecho que ahora estaba caliente y sólido. Algo afilado—garras—presionó contra su garganta. Ella se obligó a no gritar para no alertar a su abuelo que justo se había ido a cocinar. —¿Quién eres, mujer humana? —la voz era ronca, rota por días sin usarse, pero letal—. ¿Dónde estoy? ¿Quién te envió a terminarme de matar?
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