Azrael no dormía. O quizás sí dormía en el normal sentido de la palabra porque no estaba consciente, sin embargo, el sueño lo había arrastrado a un lugar que no era nada parecido al descanso. Era un lugar donde parte de sus experiencias pasadas volvían a suceder con una claridad que dolía más que la herida abierta en su costado y pierna, porque las heridas del cuerpo al menos tenían nombre y causa. Pero, lo ahora que vivía dentro de sus párpados cerrados era otra cosa. Era memoria. Y la memoria no se podía curar con cataplasmas ni con hierbas hervidas. En sus sueños volvió al mar. Al olor a sal y a madera mojada, al golpe de las olas contra el casco del barco donde él había pasado cuatro largas semanas planeando cada movimiento como un artesano que trabaja una pieza que considera delica

