Después de decir eso, la voz de Azrael había cambiado. Solo un poco, pero suficiente. Ese tono amargo que aparecía a veces cuando algo lo rozaba por el lado equivocado, el que él controlaba bien, pero que no podía esconder del todo cuando llegaba sin aviso. Dalia frunció los labios. «Toqué un tema sensible, es momento de cambiar de tema», pensó. —Bien —dijo Dalia, con una ligereza deliberada—. Entonces de ahora en adelante, solo Azrael. Nada de lord. —Y yo te diré Dalia. —Eso ya lo haces desde hace días… —señaló ella, mientras se tocaba su cabello sin pensarlo. —Sí —admitió él—. Pero ahora es oficial. Ella volvió a sonreír. No pudo evitarlo, igual que no había podido evitar el sonrojo de antes, y en ese momento comprendió, con la misma claridad con que reconocía los pasos de su abu

