Capítulo 20

1333 Words
Camila, que aún suspiraba, no se atrevía a bajar la guardia. Después de todo, Mauricio no era Pamela. Ella había aprendido algunas técnicas de defensa personal, pero la diferencia de fuerza entre un hombre y una mujer era demasiado grande; definitivamente no tendría ventaja frente a él. Estaba a punto de darse la vuelta y huir, pero Mauricio la agarró del brazo y la lanzó al suelo con fuerza. Luego se colocó sobre ella y le apretó el cuello con una mano. La espalda de Camila chocó contra la roca bajo ella, arrancándole un sudor frío de dolor. Lo que más la inquietaba era la expresión de Mauricio. Aunque no ejercía demasiada fuerza, la furia en sus ojos parecía capaz de consumirla en cualquier momento. —Camila, ¿cómo pudiste lastimar a una mujer tan indefensa como Pamela? Si me odias, ven contra mí. ¿Por qué la lastimas a ella? Además, ahora estás casada con Gabriel Montalbán. Es tu cuñada. ¿Cómo puedes hacer algo tan cruel? ¿Por qué intentaste empujarla por el precipicio? Camila permanecía inmovilizada en el suelo. Al levantar la vista, pudo ver con claridad el rostro de Mauricio inclinado sobre ella. No había ni rastro de afecto en sus ojos. Para él, ella era una pecadora que merecía ser señalada y condenada. Camila sintió que algo dentro de ella se rompía. Ya no quería discutir. Lo miró fijamente y dijo con lentitud: —Sí. Fui yo quien empujó a Pamela. En mi mente, tú y ella merecen morir. Mientras yo esté viva, haré que paguen un precio doloroso por todo lo que me han hecho. Y sí, me casé con Gabriel Montalbán para vengarme de ti. No solo impediré que te cases, sino que convertiré tu vida en un infierno. —¡Paf! La bofetada resonó con fuerza. Camila sintió un mareo inmediato, como si el mundo girara a su alrededor. Un zumbido llenó sus oídos. El sabor metálico de la sangre inundó su boca, y la figura de Mauricio comenzó a desdibujarse ante sus ojos. De pronto, todas sus emociones reprimidas estallaron. Con un impulso casi desesperado, levantó la parte superior de su cuerpo y golpeó la frente de Mauricio con la suya. El impacto lo hizo retroceder un paso, pero se recuperó de inmediato. Al mirarla de nuevo, sus ojos estaban llenos de una ferocidad casi homicida. Aunque Camila seguía en el suelo, incapaz de moverse, sonrió con frialdad. —Mauricio, siempre serás un hombre pobre de espíritu. Aunque te hayas quedado con Industrias Taylor, sigues siendo un perro rabioso que solo sabe morder. Tu inferioridad está dentro de ti, y eso no cambiará jamás. Llevarás esa vergüenza a donde vayas. Porque todo lo que tienes ahora lo conseguiste con medios despreciables. En los últimos cinco años, no has sido más que un gigoló que cambió su dignidad por riqueza. —¡Camila, cállate! ¡Te voy a matar! Mauricio estaba consumido por la ira. En ese momento, solo tenía un pensamiento: matar a Camila. De esa forma, nadie sabría lo que había hecho ni cómo había conseguido todo; nadie podría culparlo. Se abalanzó hacia ella y la levantó del suelo… Camila volvió en sí cuando sintió que Mauricio la alzaba al borde del acantilado. El miedo la invadió. ¿Por qué había dicho esas cosas para provocarlo? Si perdía el control, sería capaz de cualquier cosa. No podía morir. Si moría, ¿quién la vengaría? Aún no había hecho justicia por su madre ni había recuperado lo que Mauricio le había arrebatado. No podía morir así. —¡Mauricio, suéltame! ¿Qué estás haciendo? —preguntó Camila con voz temblorosa. Pero Mauricio, cegado por la furia, no escuchaba razones. Se burló. —¿Qué crees? Te trataré como tú trataste a Pamela. Pero quizá no tengas tanta suerte como ella… porque yo sí te arrojaré por la montaña. Mientras hablaba, la sostuvo en alto. —¡Mauricio, estás loco! ¡Suéltame! Camila forcejeó con todas sus fuerzas, pero Mauricio avanzó con paso firme hacia el borde del precipicio. La desesperación la envolvió. Mauricio había perdido la cordura; matarla parecía ser su único objetivo. Justo cuando Camila creyó que no podría escapar de la muerte, una voz fría y autoritaria resonó detrás de ellos: —¡Suéltala! El cuerpo de Mauricio se estremeció y sus manos se aflojaron. —¡Ah! Camila sintió que caía por la fuerza de la gravedad. Pero, en lugar de precipitarse al vacío, cayó en un abrazo cálido. Al abrir los ojos, vio el rostro apuesto de Gabriel Montalbán. Se quedó atónita. De pronto recordó lo que un profesor de la universidad solía decir: que el llamado “amor a primera vista” y las palpitaciones aceleradas no eran más que una reacción química del cuerpo. Cuando alguien ve a una mujer hermosa o a un hombre atractivo, las hormonas se disparan y el corazón late con más fuerza. Muchas personas confunden esa reacción con amor, cuando en realidad no es más que una respuesta fisiológica. En otras palabras, un simple flechazo. Pero los pensamientos de Camila no duraron mucho. Sabía muy bien que el hombre frente a ella no era su esposo ni el hombre al que amaba. Era el rey del mundo empresarial de Chicago… y también el hermano de Pamela. Acababa de ser incriminada por Pamela y convertida en la pecadora que la empujó por el precipicio. Podía imaginar lo que había ocurrido momentos antes. Gabriel Montalbán apareció de repente y se apresuró a atraparla en el instante crítico; eso significaba que llevaba allí un buen rato. Aunque Camila no sabía si él había visto a Pamela caer, seguramente había escuchado las palabras que ella dijo en su arrebato de ira. Así que, en la mente de Gabriel Montalbán, probablemente era la villana que había intentado empujar a su hermana al vacío… ¿La culparía como lo hizo Mauricio? Como si confirmara sus sospechas, Pamela sollozó en voz baja: —Gabriel… ¿por qué estás aquí? Yo… Antes de que pudiera terminar, Gabriel Montalbán miró a Camila y preguntó: —¿Qué le pasó a tu cara? Camila se quedó atónita un momento y respondió, confundida: —Mauricio me abofeteó. Al oír eso, Gabriel Montalbán dirigió la mirada hacia Mauricio. Sus ojos eran fríos como el hielo. Mauricio no pudo evitar estremecerse y se apresuró a explicarse: —Señor Montalbán, lo ha malinterpretado. Lo hice para advertirla. Usted no vio cómo empujó a Pamela por el precipicio. Si no hubiera llegado a tiempo, Pamela ya estaría… —¿A quién ibas a advertir? —la voz de Gabriel Montalbán se volvió aún más gélida—. ¿Estás cualificado para advertir a mi esposa? ¿Te consideras m*****o de nuestra familia? Todos los presentes quedaron atónitos al escuchar esas palabras. Camila no esperaba que Gabriel Montalbán no solo no la culpara ni le exigiera explicaciones, sino que además la defendiera sin dudar. La expresión de Pamela cambió drásticamente. Se apresuró a decir: —Gabriel, Camila intentó empujarme por el precipicio, por eso Mauricio se enfadó. Además, me torcí el pie y tengo moretones por todo el cuerpo, ¡mientras que Camila solo recibió una bofetada! —¿Quién te crees que eres? —respondió Gabriel Montalbán con frialdad—. Incluso tu vida no es más importante que las heridas de mi esposa. Si esas palabras autoritarias no hubieran salido de la boca de Gabriel Montalbán, cualquiera habría pensado que se trataba de un lunático. Pero era él; nadie se atrevió a refutarlo. El rostro de Pamela se tornó pálido. No esperaba que, en la mente de su hermano, ella valiera menos que una simple herida de Camila. Mauricio también se quedó paralizado, sin atreverse a decir nada más. Gabriel Montalbán los ignoró. Tomó a Camila en brazos y, mientras se alejaba, ordenó a la persona que lo acompañaba: —Refuercen la seguridad en Darmstadt. Este no es un lugar donde cualquiera pueda hacer lo que quiera.
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