Capítulo 16

1111 Words
—¿Y bien? ¿No estás dispuesta a firmar? ¿No quieres divorciarte de mí? —preguntó Gabriel, sintiendo que aún había una esperanza para su matrimonio al verla atónita, sin aceptar el acuerdo. Sus palabras hicieron que Camila volviera en sí. Negó rápidamente con la cabeza y respondió, confundida: —No… yo… solo me sentí… extraña… Luego tomó el acuerdo y el bolígrafo con la mano derecha. Ese gesto entristeció de nuevo a Gabriel. Sin embargo, Camila estaba tan absorta que no notó el cambio en su expresión. Al verla leer el documento con atención, Gabriel intentó recuperar el control de la situación. De repente dijo: —Señorita Camila, siempre he preferido manejar las cosas de forma integral para evitar sorpresas. Esa noche… estuvimos tan “felices” que olvidamos usar protección. No quiero escuchar ningún escándalo sobre un embarazo fuera del matrimonio conmigo. Camila seguía leyendo con calma cuando respondió: —No se preocupe, señor Montalbán. Lo que teme es imposible. Después de aquello tomé varias píldoras anticonceptivas. Por muy fuertes que fueran sus… células, no podían provocar un embarazo. Se lo garantizo. Lo dijo con total seguridad. Después de todo lo que había ocurrido aquella noche, aún tuvo la lucidez de comprar anticonceptivos. Había sido precavida. Tomó más de una pastilla porque Gabriel había sido demasiado enérgico aquella noche… y pensó que quizá una sola no sería suficiente. Camila se mostraba firme, sin notar que Gabriel, al otro lado, estaba furioso. —Espera… ¿qué significa esto? —preguntó ella, levantando la vista y señalando el último artículo del acuerdo. —¿No sabes leer? —respondió Gabriel con voz helada. Camila percibió su desagrado, pero lo que más la enfureció fueron los términos del contrato. Arrojó el documento sobre la mesa y empezó a leerlos en voz alta, uno por uno: Cláusula adicional uno: El divorcio sería confidencial. Ambas partes debían mantenerlo en secreto y, en público, afirmar que seguían siendo pareja. En consecuencia, la Parte B conservaría todos los derechos e intereses otorgados por la Parte A. Cláusula adicional dos: La Parte B debía vivir con la Parte A para mantener la supuesta relación matrimonial. Cada uno tendría su propia habitación y no interferirían en la vida del otro ni tendrían contacto físico. Sin embargo, frente a terceros, la Parte B debía demostrar afecto hacia la Parte A. Cláusula adicional tres: La Parte B estaba obligada a asistir a actividades públicas organizadas por la Parte A, incluidas reuniones de negocios, con el fin de preservar la imagen pública de la Parte A. Cláusula adicional cuatro: La Parte B no tenía derecho a interferir en ninguna relación o interés externo de la Parte A. Asimismo, la Parte B no debía desarrollar sentimientos hacia la Parte A. Cláusula adicional cinco: La Parte A tenía el derecho de interpretación final del acuerdo, y la fecha de finalización quedaría a su discreción. —¡Por supuesto que sé leer! —exclamó Camila con indignación—. Solo quiero saber cuál es la necesidad de estas cláusulas adicionales, señor Montalbán. Estaba furiosa. ¡Ese acuerdo de divorcio era completamente injusto! Ella era la Parte B, mientras que Gabriel era la Parte A. ¡Qué despiadado podía ser! Sin embargo, por muy poderoso que fuera, mientras no existiera un conflicto legal que la obligara, no podía forzarla. ¿Por qué le imponía condiciones tan absurdas y esperaba que firmara un acuerdo tan desigual? Camila estaba tan irritada que apenas logró contener el impulso de darle un puñetazo. Sin embargo, al ser consciente de la diferencia física entre ambos, decidió no arriesgarse. No era buena idea desafiar una tormenta en un barco de papel. Aunque no llegó a enfrentarse físicamente a Gabriel, tenía que hablar con él. —Señor Montalbán, ¿cree que puede controlarlo todo, incluso a mí? —preguntó con enojo—. Mire las cláusulas adicionales que ha redactado. Si estuviera en mi lugar, ¿las firmaría? Podemos divorciarnos sin necesidad de imponer todas estas condiciones. —No me rechace tan rápido. Léalo con atención —respondió Gabriel con calma, frente a su furia—. Lo que usted hizo fue… satisfactorio. Disfrutar de los derechos e intereses de mi esposa era lo que necesitaba, ¿no es así? Camila se quedó pensativa al escuchar sus palabras. —Manténgase al margen de mis asuntos. Tiene tres minutos para pensar en el acuerdo de divorcio. No tengo mucha paciencia. Si no está dispuesta a firmar, puedo conseguirle un certificado de divorcio con la misma facilidad con la que obtuve el de matrimonio. Pero entonces no obtendrá ningún beneficio de mí. Gabriel se mostró tan indiferente que no añadió nada más. Incluso levantó la muñeca izquierda para mirar su reloj, como si hubiera iniciado una cuenta regresiva. —¡Usted…! ¿Cómo puede ser tan arrogante? —replicó Camila con rapidez—. De todos modos, este acuerdo requiere la cooperación de ambos. Si quiere que lo firme, es porque me necesita de alguna manera. Somos socios y tengo derecho a saberlo. Gabriel habló después de unos segundos: —Le quedan dos minutos. Camila volvió a irritarse. Parecía que él estaba completamente seguro de que terminaría firmando. Sabía que aceptar el acuerdo era, probablemente, lo más conveniente, pero la sola idea de vivir bajo el mismo techo que Gabriel le producía un miedo difícil de ignorar. Recordó lo ocurrido recientemente. Si no hubiera conseguido el certificado de matrimonio antes de aquella cena, sin la protección de Gabriel, habría tenido que soportar la humillación extrema de Mauricio y Pamela. Muy bien… Aunque el matrimonio con Gabriel no era lo que había soñado, al menos podía usarlo como escudo para enfrentar a esos dos. Si dejaba de ser la señora Montalbán, ¿no sería Pamela la más satisfecha? Pamela siempre le decía que no era nada sin Gabriel. Por lo tanto, mantener en secreto el divorcio podía serle útil. Pero el acuerdo… Camila dudó un momento y preguntó: —Entonces, ¿por qué me ayudó? ¿Por qué debemos fingir que somos una pareja en público? ¿Qué me está ocultando? No le gustaba estar en la oscuridad. Si Gabriel la controlaba por completo, sería como un pez sobre la tabla de cortar, esperando a que él decidiera su destino. Esa sensación la incomodaba profundamente. Además, él no le explicaba nada. —¡Queda un minuto! —anunció con frialdad, como una máquina que marcara el tiempo sin compasión. —Al menos dígame algunos detalles —insistió Camila—. Así me sentiría más segura… e incluso podría estarle agradecida, aunque me esté utilizando. —¡Treinta segundos! … —¡Diez segundos!
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