Capítulo 8

997 Words
Camila acababa de salir de Permasky Entertainment cuando un anciano de unos sesenta años la detuvo. —Señorita Taylor, si está dispuesta a casarse conmigo, la ayudaré a ingresar a Permasky Entertainment. Además, puedo comprarle bolsos, joyas, automóviles y casas de marca. También podría tener un futuro prometedor dentro de la empresa. Todo eso debe de ser muy atractivo para usted, ¿verdad? Camila respondió con frialdad, diciendo solo dos palabras: —¡Váyase al infierno! Cuando llegó a la empresa para la entrevista, se había encontrado con ese anciano en la planta baja. Él corrió inmediatamente hacia ella y le dijo que se parecía a su difunta esposa y que quería casarse con ella. La situación la dejó completamente sin palabras. El rostro del anciano cambió drásticamente y gruñó: —¡Camila, no vayas demasiado lejos! ¿Por qué no te agrado? Tengo buena figura, mucho dinero y experiencia. Deberías sentirte afortunada de casarte conmigo. Entonces, ¿por qué me rechazas? —¡Golpéenla! —ordenó de repente. Cuando terminó de hablar, los guardias de seguridad detrás de él corrieron hacia Camila. Al ver esto, Camila no sintió miedo. ¿Quieren pelear? Pensó con irritación. En la sala de entrevistas, el entrevistador había arrojado su currículum y la había humillado, así que todavía estaba furiosa. Si esas personas querían pelear, ella no iba a negarse. Podría usarlos como sacos de boxeo. Uno por uno, derribó a los guardias que se abalanzaron sobre ella. Ese día llevaba tacones altos, y después de patear a uno de ellos, uno de sus zapatos salió volando y cayó al suelo. De repente… Un Rolls-Royce se detuvo con un elegante derrape justo al lado de su zapato, sin llegar a aplastarlo. Camila levantó la vista. Frente a ella había un lujoso Rolls-Royce Phantom. Lo más impresionante fue que detrás del vehículo había cinco Porsche Cayenne. Tras el chirrido simultáneo de los frenos, las puertas se abrieron al mismo tiempo. De los cinco Porsche descendieron veinte guardaespaldas altos y fornidos, vestidos de n***o y con gafas de sol. No solo Camila quedó sorprendida; también los guardias de seguridad que ella había derribado y que intentaban ponerse de pie para volver a luchar se quedaron atónitos. Permanecieron inmóviles, sin atreverse a moverse. El anciano también estaba desconcertado. Nadie le había avisado que tanta gente acudiría a la empresa ese día. ¿Quiénes eran esas personas? Uno de los guardaespaldas vestidos de n***o abrió la puerta del pasajero del Rolls-Royce. Camila vio primero un par de zapatos de cuero n***o brillante y unas largas piernas cubiertas por pantalones elegantes descender del auto. Sus piernas eran esbeltas. Luego, el hombre salió por completo. En el instante en que bajó del vehículo, la temperatura a su alrededor pareció descender diez grados. Al verlo, Camila se quedó sin aliento. El hombre que irradiaba un aura poderosa era Gabriel Montalbán, quien la había protegido en público la noche anterior… y luego había desaparecido. Gabriel Montalbán parecía un rey patrullando su territorio. Cuando su mirada recorrió el lugar, los guardias de seguridad retrocedieron instintivamente varios pasos. Incluso los que aún estaban en el suelo se apresuraron a alejarse. Gabriel habló con frialdad: —¿Qué creen que están haciendo? ¿Piensan que estoy muerto? ¿Cómo se atreven a intimidar a mi esposa? Sus palabras hicieron que los guardias que habían peleado con Camila palidecieran al instante. Lo más irónico era que ni siquiera habían logrado golpearla; habían sido derrotados por ella. El anciano también se sobresaltó. Gabriel Montalbán… Ese nombre le resultaba familiar. Estaba seguro de haberlo escuchado en alguna parte. Gabriel recogió el tacón que había quedado junto al auto. Luego caminó hacia Camila, se inclinó frente a ella y, ante la multitud, le colocó el zapato con cuidado. Después apoyó sus firmes manos sobre los hombros de Camila y la miró atentamente. Tras asegurarse de que no estaba herida, preguntó con suavidad: —Cariño, ¿estás herida? Aún aturdida por la sorpresa, Camila negó con la cabeza de forma instintiva. Había pensado que, después de la noche anterior, nunca volvería a ver a Gabriel Montalbán en su vida. Inesperadamente, ahora reaparecía justo cuando ella estaba peleando. Aquello era impactante. Lo que más la desconcertaba era que la llamara “cariño”. No estaban en la mansión Montalbán, así que ¿por qué seguía actuando así? ¿Qué estaba ocurriendo exactamente? No lo entendía. Tras confirmar que Camila estaba bien, Gabriel dirigió al anciano una mirada afilada como la de un águila. —Si hubiera llegado medio minuto más tarde, mi esposa habría sido golpeada por usted. No sé por qué la trata de esta manera, pero a cualquiera que se atreva a intimidar a mi esposa no lo dejaré ir tan fácilmente. Luego añadió con voz firme: —¿Permasky Entertainment? Quiero ver a su presidente. —Además, tú, viejo… ¿estos guardias de seguridad son tuyos? El anciano no quería admitirlo, pero terminó asintiendo. —¿Intimidar a mi esposa? ¡¿Cómo te atreves?! Se escuchó un fuerte estruendo. Gabriel le dio una bofetada al anciano que lo hizo salir despedido varios metros. Cayó al suelo con violencia, escupiendo sangre; varios dientes salieron volando de su boca. El giro inesperado dejó a todos los presentes en shock. Especialmente a Camila. No esperaba que Gabriel fuera tan… poderoso. Y, de alguna manera, tan atractivo. El anciano, mareado y sangrando, era incapaz de ponerse de pie, pero aun así gritó furioso a los guardias de seguridad: —¿Qué están esperando? ¡Maten a ese bastardo! En cuanto terminó de hablar, los veinte guardaespaldas que habían llegado con Gabriel rodearon de inmediato a Gabriel y a Camila, formando un muro protector a su alrededor. Los guardias de seguridad del anciano no se atrevieron a dar un solo paso. —¿Entonces no piensa avisar a su presidente? —se burló Gabriel. Luego sacó su teléfono y dijo con frialdad: —Pamela, salga en tres minutos.
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