—¡Se las llevaron! —respondió María con total tranquilidad.
—La compañía de mudanzas me mostró la identificación del señor Montalbán y su certificado de matrimonio, así que les abrí la puerta. Después de todo, ya están casados. Es natural que vivan juntos. ¡No seas tímida!
Camila se quedó sin palabras. Corrió hacia la ventana y vio que la furgoneta de mudanzas ya se había marchado.
—¡Maldita sea! —murmuró, arrepintiéndose de no haber llegado antes para detenerlos.
María, que estaba detrás de ella, interpretó su reacción como vergüenza y le dio un codazo juguetón.
—Camila, pronto serás la señora Montalbán. Como esposa de nuestro presidente, tendrás que cuidarme en la empresa, ¿eh? Ahora dime… ¿qué está pasando realmente entre tú y el presidente?
Camila se volvió lentamente para mirar a su mejor amiga, quedándose sin palabras por un momento.
Si María no hubiera sido su amiga durante tantos años, seguramente ya habría discutido con ella.
—Te lo contaré otro día —respondió al fin—. Es difícil explicar en pocas palabras lo que pasó entre Gabriel Montalbán y yo. Pero ahora tengo que ir a recuperar mis cosas antes de que…él regrese del trabajo.
Sin decir nada más, Camila salió corriendo del apartamento, dejando a María completamente confundida.
---
En el Crown Bar, varios hombres de buena figura y aspecto atractivo estaban sentados en los sofás. Sobre la mesa, un decantador con vino tinto brillaba bajo la luz tenue.
Entre todos ellos, uno destacaba claramente. Incluso rodeado de hombres apuestos, Gabriel sobresalía con naturalidad.
Estaba sentado con elegancia, las largas piernas cruzadas con despreocupación. Sostenía una copa de vino y la hacía girar lentamente entre sus dedos. Su expresión era indiferente; incluso en el ambiente cálido y animado del bar, parecía inaccesible, como si no quisiera ser molestado.
—Gabriel, ¿cómo va tu matrimonio con Camila? —preguntó un hombre con peinado moderno, sonriendo con picardía mientras bebía—. Todos sabemos lo que pasó en la cena aquel día. Pero ya ha pasado más de medio mes… ¿por qué no te has divorciado aún de la hija de Industrias Taylor? ¿No se suponía que no te gustaba…?
Gabriel dio un sorbo a su vino antes de responder con sequedad:
—Han pasado muchas cosas últimamente. No he tenido tiempo para eso.
El hombre vestido de n***o, sentado junto al del peinado llamativo, le dio una palmada en el hombro.
—Witt, deja de decir tonterías. Gabriel sabe perfectamente lo que hace. Y, considerando lo que Camila le hizo en el pasado, él tiene sus razones.
Aunque habló con seguridad, no pudo evitar mirar a Gabriel de reojo.
El hombre sentado más cerca de Gabriel, de apariencia gentil y refinada, intervino con tono serio:
—Como amigos, no deberíamos entrometernos en el matrimonio de Gabriel y Camila.
Sus palabras tenían peso. Witt levantó las manos en señal de rendición.
—Está bien, está bien. Solo digo que la hija de Industrias Taylor no parecía tan mala… Después de todo, es la hija legítima de Bob.
—Los invité a beber conmigo —dijo Gabriel de repente, con el ceño ligeramente fruncido—. Si no van a concentrarse en eso, pueden volver al trabajo.
El ambiente se tensó por un instante, pero los demás intercambiaron miradas y retomaron la bebida, intentando recuperar la atmósfera relajada.
Sin embargo, poco después, Gabriel bajó la mirada y murmuró con voz baja y fría:
—No había nada por lo que valiera la pena quedarme. Solo fue una represalia. Ya le di lo que quería… es hora de terminar con esto. Esta noche, cuando llegue a casa, me divorciaré de ella.
Sus palabras dejaron a todos en silencio.
Gabriel se levantó y salió del bar sin mirar atrás.
El hombre de gafas suspiró y negó con la cabeza.
—Siempre tan racional… pero no se da cuenta de que, tal vez, su “represalia” fue tomada en serio por ella.
La dirección de Gabriel ya había sido enviada al teléfono de Camila. Era una villa unifamiliar en las afueras de Darmstadt, conocida como el “distrito dorado”.
Cuando Camila llegó a la casa, Gabriel ya estaba allí. No había bebido demasiado, pero su expresión era más fría de lo habitual, ensombrecida por sus pensamientos.
Un sirviente de la villa guio a Camila hasta la sala principal. Al ver a Gabriel sentado en el sofá, degustando vino tinto con total calma, preguntó con cautela:
—Gabriel, ¿dónde está mi equipaje?
Él se volvió hacia ella. Sus ojos parecían distintos a los de siempre, quizá por el efecto del vino. Por un breve instante, Camila creyó ver un destello de ternura en su mirada… ¿habría sido su imaginación?
Al segundo siguiente, sus hermosos ojos volvieron a oscurecerse. Camila percibió en ellos una tristeza profunda e inexplicable, pero no entendía la razón.
—Está en tu habitación —respondió con indiferencia, antes de girarse y continuar bebiendo.
La villa era enorme. ¿Cómo se suponía que Camila sabría cuál era su habitación? Era evidente que el hombre frente a ella no tenía intención de explicárselo ni de pedirle a un sirviente que la ayudara.
Naturalmente, Camila se enfadó. Después de todo, había llegado a su casa y la había encontrado completamente vacía; no estaba precisamente de buen humor.
Caminó directamente hacia Gabriel, decidida a hablar seriamente con él. Parecía haber olvidado que, hacía poco, había mantenido la cabeza en alto por su nueva identidad como la señora Montalbán.
—Gabriel, ¿qué demonios estás intentando hacer?
Con la barbilla ligeramente levantada, cruzó los brazos frente al pecho. Aunque intentaba parecer arrogante, cualquiera podía notar que solo estaba fingiendo seguridad frente a la imponente presencia de Gabriel.
—¿Qué? ¿A qué te refieres? —Gabriel levantó la cabeza.
Sus finos y atractivos labios, teñidos por el vino tinto, parecían cerezas maduras. Eran tan tentadores que, por un instante, Camila tuvo el impulso absurdo de besarlo.
Lo miró fijamente… y enseguida se molestó con ella misma por tener pensamientos tan inapropiados en un momento como ese.
Recuperó la compostura y preguntó con seriedad:
—¿Por qué tenía que mudarme aquí?
—Estamos casados. Es lo más razonable —respondió Gabriel con calma.
Camila frunció el ceño.
¿Estamos casados?
¿Cómo podían estarlo si aquel certificado ni siquiera parecía auténtico? No recordaba haber visto un sello oficial del Ministerio de Asuntos Civiles. Cualquiera podría notar que era falso.
—¿Tu esposa? Gabriel, ese certificado de matrimonio era falso. ¡Hasta un tonto podría distinguirlo de uno real! —replicó, indignada.
Gabriel soltó una risa baja. Al parecer, ella nunca se había tomado en serio su matrimonio.
—Si no me crees, puedes comprobarlo —dijo con total tranquilidad.
Su actitud segura hizo que Camila dudara por primera vez.
¿Y si decía la verdad? Aunque aquel certificado tenía detalles extraños, Gabriel no parecía el tipo de hombre que bromeara con algo así.
Decidida a aclararlo, se apartó y comenzó a hacer llamadas. Contactó a antiguos conocidos de Industrias Taylor e incluso llamó al Ministerio de Asuntos Civiles para verificar su estado civil.
El resultado la dejó helada.
Estaba casada.
Con Gabriel.
Camila colgó el teléfono, completamente atónita.
¿Cómo era posible? Aunque para Gabriel no sería difícil usar su influencia para registrar un matrimonio, ¿por qué lo haría sin su consentimiento? ¿Y por qué con ella?
Intentó rebuscar en su memoria, pero no encontró ningún recuerdo relacionado con él.
Si se tratara de un hombre común, tal vez lo habría olvidado. Pero alguien como Gabriel —atractivo, imponente, imposible de ignorar— no sería fácil de borrar de la memoria si algo hubiera ocurrido entre ellos.
Y, sin embargo, no recordaba nada.
Eso solo podía significar una cosa: nunca lo había conocido antes.
Entonces, ¿por qué un completo desconocido usaría su poder para casarse con ella?
Confundida, caminó de regreso hacia él y lo miró fijamente.
Al notar su expresión, Gabriel esbozó una leve sonrisa.
—Tenía razón, ¿no? ¿Ahora me crees?
Camila se sentó frente a él en el sofá, aún perpleja.
—Gabriel… acabo de revisar cuidadosamente mis recuerdos —dijo con tono pensativo—, y sigo sin saber quién eres.