Capítulo 3.

2556 Words
Luego de esa discusión con Agust, no volvimos a tocar el tema de la universidad durante el resto del fin de semana. Yo no quise hacerlo porque sabía que aunque él había decidido apoyarme no estaba tan a gusto con mi decisión y él no lo hizo porque sabía que dijera lo que dijese, yo no iba a rendirme. Descansé el fin de semana y el lunes a primera hora, incluso antes de irme a dormir luego de llegar del trabajo, envié un correo electrónico a mi antigua escuela en Detroit para solicitar una copia de mis documentos escolares. Esa misma mañana llamé a la universidad con la intención de pedir el listado de documentos que necesitaba para poder inscribirme. Resultó ser un completo desastre porque el puntaje obtenido el año pasado en la prueba para ingresar a la universidad no era suficiente para lo que yo realmente quería estudiar así que tuve que decidir: prepararme un año más, volver a dar la prueba o inscribirme en una de las carreras que quedaban. Tomé la segunda opción. La secretaria dijo que podía acercarme cualquier día para poder matricularme antes de que el semestre comenzara y yo acepté de inmediato. Agust estuvo escuchando toda la llamada desde la puerta de la cocina y cuando yo colgué y lo encaré, me regaló una sonrisa fingida, felicitándome sin muchas ganas. Pero, no importaba lo que él me dijera. Yo quería esto y no iba a parar hasta conseguirlo. Golpeé la puerta de la habitación de Agust con mis nudillos y antes de que él respondiera si podía pasar o no, la abrí encontrándolo de inmediato tendido en la cama con un libro en la mano y un cigarrillo en la otra. —¿Estás ocupado? —inquirí, afirmándome en el marco de la puerta. Él alzó una de sus cejas y me miró desde su posición. —¿Para qué? —Yo pregunté primero. ¿Estás ocupado? —Depende. Reí —¿De qué? —De si tengo que levantarme o no. —De hecho, sí… —Entonces olvídalo. No tengo ganas de nada. Hice un puchero con mi labio inferior. Me acerqué a la cama y gateé hasta llegar a su lado. Le quité el libro de las manos y lo lancé a un lado sin importarme la protesta que él vociferó. —¿Qué es lo que quieres? —preguntó en tono cansado. —Me quiero cortar el cabello y quiero cambiar el color también. ¿Puedes acompañarme? —¿Hablas en serio? —su voz sonó dudosa— ¿Quieres hacerlo o sólo lo harás porque yo te lo dije? Si tenía que ser honesta, lo iba a hacer más porque él me lo dijo pero, eso no tenía por qué saberlo él. —Quiero hacerlo Él esbozó una sonrisa y asintió. —Hagámoslo. * Miré mi reflejo en uno de los cristales de la peluquería y suspiré. Mi cabello que siempre había sido largo y castaño claro ahora era corto y totalmente n***o. Sentía el frío de la tarde rodear mi cuello haciéndome sentir escalofríos mientras miraba mi rostro frente a mí, sintiéndome extraña. Es como si no me reconociera. A través del reflejo vi a Agust que se acercó por detrás y me abrazó por la cintura, dejando un pequeño beso en mi cuello desnudo antes de fijar la vista también al frente. —¿No te gusta? Su voz ronca contra el oído me hizo estremecer entre sus brazos. Él había elegido el color para mi cabello y el corte también, argumentando que luciría bien en mí. Yo, un tanto insegura, acepté y me dejé llevar por lo que él me decía una vez más. —No es eso. Es solo que… luzco extraña. Parece que no fuera yo. Él me regaló una sonrisa a través del reflejo. —Yo creo que luces preciosa. —Ya, qué galán —lo molesté. Ladeé la cabeza para lograr verlo a los ojos. Gracias a su posición, nuestros rostros estaban demasiado cerca. Tan cerca que yo lograba ver el mar de secretos ocultos en esos ojos oscuros—. ¿Qué es lo que quieres? —¿Qué te hace pensar que quiero algo, pequeña Ally? —Mmh… te conozco lo suficiente como para saber que no dices esa clase de comentarios sin esperar recibir nada a cambio. —Estás en lo correcto —admitió y sonrió enseñándome sus encías. Le pregunté qué era lo que quería y él alejándose sin apartar su mirada de la mía, me tomó de la mano y comenzó a tirar de mí—. Sólo me quiero divertir un rato. Estreché mis ojos —Define diversión. —Sólo sígueme y verás. No me quedó otra alternativa más que hacerle caso. No, de hecho, siempre he tenido una segunda o tercera opción pero yo prefería siempre seguir a Agust. Lo conocía desde hace tanto tiempo que ya sabía que su definición de diversión no era la misma que todos tenían. Para él, la diversión y lo ilegal iban de la mano. Llevaba prácticamente toda mi vida junto a él, dejando que Agust tomara ciertas decisiones por mí, dejando que él me tratara como a una pequeña muñeca a la cual se le había otorgado encarecidamente cuidar de ella. Mis primeras veces fueron robadas por Agust. La primera vez que me emborraché lo hice con él. La primera vez que fumé cigarrillos fue porque él me tendió su cigarro e hizo que lo probara. La primera vez que él robó un pequeño almacén cuando tenía trece años yo le cubrí las espaldas. Nuestra primera vez teniendo sexo fue juntos, también. Y cierta parte de mí me recordaba sin descansar que estar a su lado me destruía pero él era todo lo que yo tenía. —No podemos alejarnos mucho —le recordé cuando ya habíamos caminado por alrededor de quince minutos—. Tengo que ir a trabajar. Él, que aún me sujetaba de la mano, me observó. —No te preocupes por eso, está todo solucionado. —¿Qué hiciste ahora, Agust? El aludido se encogió de hombros con fingida inocencia. —Existe la posibilidad de que le haya enviado un mensaje a tu jefe mientras te estaban tiñendo el cabello. —¡Agust! —reclamé, lanzándole un golpe en el pecho con mi mano libre. —Oh, vamos, no puedes culparme. Hace mucho tiempo que no pasamos una noche juntos y ya comienzo a extrañarte. Detecté un doble sentido en sus palabras mas no quise prestarle atención. —¿Qué tienes en mente? —insistí otra vez, percatándome que dejábamos atrás el centro tan concurrido de la ciudad y nos adentrábamos en callejones menos poblados— Porque tanto misterio ya me está asustando. Él acarició el interior de su mejilla con la lengua. —Sólo quiero que bebamos una copa juntos, eso es todo. —¿Y para eso me has traído hasta aquí? ¿No pudiste comprar una botella en…? Él no me dejó terminar. Simplemente, tomó mis mejillas con sus manos y plantó un beso brusco y fugaz en mis labios dejándome helada. —Cállate de una vez, por amor a Dios. El estómago se me revolvió por los nervios y no precisamente por haber sido besada. Comencé a colocarme nerviosa en el mismo instante en que me di cuenta que ambos nos acercábamos a un almacén un tanto apartado. El lugar en el que se encontraba localizado era tan viejo y descuidado que los faroles parpadeaban cada tantos segundos amenazando con apagarse del todo. —Escúchame bien —me pidió, deteniéndose a un par de metros del almacén—. Entrarás ahí y le preguntarás cualquier mierda al encargado mientras yo entro y salgo. Una vez que yo esté fuera, compras un paquete de chicles y sales de ahí, ¿escuchaste? —Agust, no creo que esto sea… —¿Escuchaste sí o no? —Sí pero… —Muy bien, hagámoslo. Como si se le hubiera vuelto una costumbre, él me besó otra vez y colocó la capucha de mi sudadera sobre mi cabeza. Dio un paso hasta quedar atrás de mí y me dio un suave empujón, incitándome a caminar. Lo hice con nerviosismo. A medida que avanzaba a la pequeña tienda sentía como mi corazón iba acelerando los latidos hasta el punto de hacerme sentir asustada. Tomé el picaporte de la puerta y desde ahí le lancé una mirada al rubio quien sonreía emocionado, esperando su momento para actuar. Abrí la puerta y la campanilla sobre mi cabeza hizo ecos en el lugar. Todo estaba vacío y lo único que llegaba a mis oídos era el ruido molesto de una vieja canción de jazz. Me acerqué al mostrador y saludé al encargado con una pequeña reverencia. —Buenas noches, ¿puedo hacerle una pregunta? El hombre asintió sin mucho interés. —Estoy buscando la 2810 de la calle Bancroft, ¿está por aquí cerca? Escuché como la puerta se abría por segunda vez y por el rabillo del ojo logré ver la silueta de Agust ingresar a la tienda con las manos escondidas en su chaqueta de estilo militar, la capucha puesta también sobre su cabeza ocultando su cabello rubio. —¿Eres estudiante? Asentí con efusividad —Sí pero he salido hoy en la tarde y me he perdido. No recuerdo cómo regresar a los dormitorios. —Tienes que caminar diez cuadras hacia arriba y luego doblar a la izquierda. Dejé de prestarle atención al hombre. Mis ojos estaban puestos en la pequeña pantalla atrás de él donde se reflejaba claramente la anatomía de Agust en la sección de los alcoholes. Mi amigo tomó una botella y la escondió entre su chaqueta y luego dio un par de pasos, como si solo estuviera observando los valores. —¡Ah, ya entendí! —exclamé en voz alta llamando la atención del hombre quien hacía el intento de mirar hacia atrás, hacia la cámara— ¿Puede venderme un paquete de cigarrillos? Él me miró dudoso —¿Tienes edad suficiente? Reí con nerviosismo. —Por supuesto que sí. —¿Puedes enseñarme tu identificación? Fingí buscarla en mis bolsillos e hice una mueca. —No la he traído conmigo. —Entonces no hay cigarrillos para ti. —Oh, por favor. ¡Tengo veintiuno! —mentí otra vez. Él extendió la mano, diciéndome de aquella manera que exigía ver mi identificación y yo resoplé viendo como Agust se acercaba a la puerta por segunda vez por el rabillo del ojo— ¿Entonces puede darme un paquete de chicles? De menta, por favor. De esos que están ahí. Mi amigo aprovechó de salir justo cuando el hombre se dio la vuelta para coger un paquete pequeño de goma de mascar. Apuntó el láser en la barra y me dio el valor a pagar con un tono mecánico. Le tendí un billete sobre el mostrador y le arrebaté lo que había comprado. —¡Puede quedarse con el cambio! ¡Que tenga buenas noches! ¡Muchas gracias por todo! No esperé a que él me respondiera. Yo simplemente salí raudamente de allí y apenas me alejé dos pasos de la puerta de vidrio, Agust tomó mi muñeca y me obligó a correr calle arriba sin detenerme ni un segundo. Sentía el corazón bombardear con fuerza contra mis oídos, la adrenalina de ser detenidos por estar robando alcohol de una tienda de conveniencia corría por mis venas. Doblamos en una esquina y seguimos corriendo un poco más hasta que nuestras piernas no dieron más y terminamos deteniéndonos en un oscuro callejón. Afirmé las manos contra mis rodillas tratando de coger un poco de aire. El poco oxígeno que entraba por mi boca quemaba mis pulmones de una manera dolorosa. Apoyé mi espalda contra la pared atrás de mí y ambos quedamos en silencio, solo el sonido de nuestras respiraciones agitadas llegaba a mis oídos. Agust abrió la botella y le dio un trago tan largo que ni siquiera parecía que estuviera bebiendo alcohol. Se limpió los restos de los labios con el dorso de la mano y me tendió la botella. —Bebe un poco. Tomé la botella con mis manos y traté de copiar su acción pero apenas sentí el sabor amargo del alcohol contra mi boca, mi garganta escoció como el infierno. —¿Qué mierda es esto? —pregunté mientras tosía. —Whisky. Bebe un poco más. Él mismo fue quien guio la botella hasta mis labios y yo bebí un poco más esta vez, sintiendo como el alcohol se deslizaba por mi garganta quemando todo a su paso. Le tendí la botella y él no dudó ni un segundo en cogerla y beber un largo trago, dejando fácilmente el contenido hasta la mitad. —Pensé por un momento que él se iba a dar cuenta de todo. —reconocí. Ladeé la cabeza para mirar a Agust y me di cuenta que sus ojos ya estaban puestos en mí. Esbocé una sonrisa y él me la devolvió, tan maliciosa y llena de dobles intenciones. —Lo has hecho muy bien, pequeña Ally. —me felicitó. Me tendió la botella para beber otra vez y así lo hice, bajo su atenta mirada— De hecho, tengo una recompensa para ti. —¿En serio? Agust emitió un sonido de afirmación mientras acortaba la distancia que nos separaba. —¿Y qué es? Él no dijo nada. Agust posó su mano en mi mejilla y su boca buscó mis labios con exigencia. Su lengua recorrió mi cavidad bucal como si él quisiera guardar mi sabor en su memoria. Me besó con exigencia, con brusquedad, con una pasión contenida que lo hizo gruñir de manera ahogada. Sus labios moviéndose contra los míos me dejaron aún más mareada de lo que ya me sentía por culpa del alcohol. Creí que él se apartaría de mí cuando se separó apenas unos centímetros pero solo tomó un poco de aire antes de besarme por segunda vez, encerrando mi cuerpo entre la muralla y su anatomía. Mi mente levemente alcoholizada me lanzó un par de años atrás, cuando él y yo estábamos en la misma situación. Agust se había colado en mi habitación en casa de mis padres más borracho de lo que él mismo quería admitir y me había lanzado la pregunta tan de repente que yo terminé riendo, creyendo que se trataba de una broma. «¿Te gustaría reforzar la amistad?» En ese momento yo no había entendido a qué se refería hasta que lo vi quitarse la chaqueta junto a la camiseta y acercarse a mí cual depredador a su presa. No pude negarme en ese momento y es que con Agust jamás podía dar un no como respuesta porque siempre terminaba haciendo lo que él quería en contra de mi propia voluntad. Enredé mis brazos alrededor de su cuello y él apretó mi cuerpo con el suyo, disminuyendo la casi inexistente distancia que nos separaba. Se apartó luego de unos segundos, su aliento alcoholizado chocaba contra mis labios entreabiertos. —¿Quieres reforzar la amistad? Tal cual sucedió la primera vez que él me preguntó aquello, solté una risa y sin decirle nada, lo volví a besar, teniendo en cuenta que aquella sería respuesta suficiente para él.
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