Cuando Alexander terminó de firmar los papeles en los cuales estaba expuesto el contrato, fue que reaccioné y mi esperanza se destruyó. Había rogado internamente que él declinara la oferta ―o mejor dicho, chantaje― de mi padre, sin embargo, había acabado sucediendo. Allí estaba Alexander Hutchence y su firma en azul haciéndome sentir aprisionada. Había querido hacer cambiar de idea a mi padre, había querido pedirle disculpas a Alexander por haberlo metido en mi estúpida vida, había querido alejarme de todo ello y solo ser yo; obviamente todos esas ideas habían muerto antes de siquiera empezar. ―Perfecto ―exclamó con deleite mi papá, cogiendo el contrato y guardándolo en su portafolio. Alexander me miró y me sentí desvanecer ante su mirada repentinamente perdida. ¿Y ahora qué?, pensé n

