Hanna brincó en mi dirección sonriendo como nunca antes en su vida mientras sacudía el póster que traía en su mano. Con la alegría que irradiaba, era imposible que alguna vez me arrepintiese de haber accedido a acompañarla. Bien, sí, quizá ella me había obligado ―extorsionado, en todo caso― para que yo estuviese con ella en el centro comercial, pero había valido la pena a fin de cuentas. ―¡Mira, Ale! ―gritó señalando el nombre de Olive en el lado posterior de su póster. Para la niña de los ojos más hermosos y de la sonrisa perfecta. Con cariño, Olive. ¿Y se digna a firmar con un corazón encima de la «i» de su nombre? Batí la cabeza, intentando olvidar mi repentino enojo hacia la Diva, y le sonreí a mi hermana. ―Tu sueño hecho realidad, ¿eh? ―dudé. Hanna asintió con felicidad y me ab

