EL PASTOR DE ALMAS Y SU FELIGRESA XVII A pesar de lo lentamente que caminaba el ministro, había éste pasado casi de largo, antes de que a Hester le hubiera sido posible hacerse oír y atraer su atención. Al fin lo consiguió. —¡Arthur Dimmesdale! —dijo al principio con voz apenas perceptible, pero que fue creciendo en fuerza, aunque un tanto ronca—. ¡Arthur Dimmesdale! —¿Quién me llama? —respondió el ministro. Irguiéndose rápidamente, permaneció en esa posición, como un hombre sorprendido en una actitud en que no quisiera haber sido visto. Dirigiendo las miradas con ansiedad hacia el lugar de donde procedía la voz, percibió vagamente bajo los árboles una forma vestida con traje tan oscuro, y que se destacaba tan poco en medio de la penumbra que reinaba entre el espeso follaje, que casi

