Victoriana
Después de dejar a Alaric en el colegio, de inmediato caminé hacia mi trabajo. Está relativamente cerca, pero iba muy tarde. Aunque no quisiera pensar en las mensualidades pendientes del colegio de mi hermano, estaba pronto a llegar fin de mes y las facturas se acumulaban. El sueldo miserable que recibía no me alcanzaría para cubrir las cuotas ni las facturas pendientes que están en casa. Dios, no sabía ni cómo rayos lo iba a hacer. Mi única oportunidad eran las comisiones de las ventas, y rogaba a Dios que cumpliera esa meta. Cuando llegué a la joyería y abrí la puerta, mis compañeras voltearon a verme y supe que algo estaba ocurriendo. Me acerqué a Rosi, que es mi amiga desde que empecé a trabajar aquí, y le pregunté:
—¿Qué está sucediendo? ¿Por qué están todas en silencio, acaso...?
Ni siquiera he terminado la pregunta cuando escucho que mi jefa me llama:
—Victoriana, ¿puedes venir, por favor, a mi oficina?
Yo volteo a ver con los ojos muy abiertos a mi amiga. De verdad, me llamó por mi nombre completo. ¡Wow! Ya no soy Triana; creo que algo no está bien, pero yo solo le sonrío y me doy la vuelta. Camino hacia la oficina de la señora Marcela en completo silencio. Apenas llego ahí y toco un momento antes de que abra la puerta. Cuando ingreso, ella está sentada detrás de su escritorio. Me hace una seña para que me siente frente a ella, y así lo hago. Tengo que decir que algo extraño está sucediendo, pues el ambiente se siente tenso.
—Dígame, señora, ¿me necesita para algo?
Ella suspira y niega.
—Escucha, Triana, eres una mujer inteligente, una excelente trabajadora. De hecho, tengo que reconocer que eres la que tiene mejores ventas, pero también tus ausencias en los últimos meses y tus llegadas tarde hacen que tome una decisión que, si te soy sincera, no quisiera tomar. Pero sabes que el negocio no va tan bien como quisiéramos; ya no hay las mismas ventas y no tenemos las mismas comisiones. Así que necesito prescindir de tus servicios. Lo lamento de verdad. Sé que en otra parte encontrarás el trabajo que necesitas y que cumpla con tus horarios para ayudar a tu familia. Lo lamento, pero no puedo hacer nada más.
Cuando ella dice esto, yo empiezo a llegar como loca. No, no puede ser. No ahora que necesito más que nunca este trabajo. Una lágrima baja por mi mejilla y yo, de inmediato, la limpio. Tomo una respiración para tragar el nudo de mi garganta y la miro a los ojos.
—Señora Marcela, lamento todos los inconvenientes. De verdad, lo siento. Por favor, no me despida; sabe que mi familia también depende mucho de este trabajo. Escuche, si me da otra oportunidad, prometo no volver a faltar al trabajo ni llegar tarde, pero por favor, no me corra, no en estos momentos que necesito tanto el dinero.
Ella me sonríe y desliza un sobre encima del escritorio. Parece que no hay vuelta atrás, así que yo lo tomo y tengo que reconocer que es bastante dinero; podría ponerme al corriente, pero ¿y después qué voy a hacer? Si no encuentro un trabajo, cierro los ojos y asiento. Me pongo de pie y salgo de la oficina. Cuando me acerco a mi amiga, ella me mira con tristeza. Creo que todo el mundo lo sabía, menos yo. La abrazo y le sonrío.
—No te preocupes, Rosi, todo estará bien. Gracias por ayudarme con tantas cosas.
—Lo lamento, Tri. Hace un rato nos informó la señora Marcela lo que pensaba hacer; incluso preguntó si tú ya habías llegado. No había manera de cubrirte. De verdad, lo lamento.
Yo le sonrío, pero mi sonrisa apenas es una fina línea. Me doy la vuelta y salgo de ese lugar. Creo que jamás debí quejar me del miserable sueldo que tenía, pero tampoco puedo quedarme sentada esperando a que alguien más arregle mis problemas. Tengo que buscar otro trabajo. Así que llego a la parada del bus y me acerco al puesto de las revistas. El hombre me sonríe. Tomo el diario para empezar a buscar algún trabajo, pero de pronto él agacha la cabeza. Yo fruncí el ceño, completamente confundido. Así que volteo hacia la acera de enfrente y ahí, estacionadas, están justamente las camionetas que vimos hace un rato. Yo me volteo y le dejo al hombre su dinero. Tomo asiento en la parada y empiezo a ojear el diario. Subrayo varios trabajos sin prestar más atención a aquellas camionetas. Me pierdo en mis pensamientos y, Cuando me doy cuenta, ya no están. ¿Qué diablos está pasando? ¿Será verdad lo que dijo Alaric acerca del dichoso rey? No es una estupidez y una coincidencia. Además, tengo que preocuparme por cosas más importantes que ese hombre, que ni siquiera sé quién es.
ALEXANDROS
Cuando abro los ojos, mi cabeza está a punto de explotar. Debería dejar de beber así; últimamente no recuerdo lo que sucede y no me gusta absolutamente nada de eso. Volteo hacia un lado y veo a una chica completamente desnuda en mi cama. Saben que odio que, cuando despierte, aún sigan aquí, así que me levanto, coloco mi bata y la llamo.
—Hey, despierta, vamos, despierta, que te tienes que ir.
La mujer se empieza a quejar, pero cuando abre los ojos, yo la miro con una ceja alzada, bastante molesto. Ella trata de levantarse lo más rápido posible, pero cae como un maldito costal de papas. Pellizco el puente de mi nariz mientras ella se disculpa y busca su ropa.
—Lo lamento, señor. Lo lamento de verdad. Perdóname, bebimos demasiado, me quedé dormida. Yo lo siento, por favor, no haga nada en contra de mi familia, se lo ruego.
Yo volteo los ojos con fastidio y solo hago una seña para que se marche. Camino hacia las enormes puertas que dan a la terraza, las abro y el aire frío golpea mi rostro. Yo empiezo a negar y sonrío cuando la veo, aún casi desnuda, salir de la mansión. ¡Qué estupidez! Como si de verdad fuera a hacer algo en contra de su familia. Ni siquiera sé quién es. La puerta de mi habitación se abre y yo suspiro; sé perfectamente de quién se trató y, antes de que pueda decir algo, le recrimino lo que acaba de pasar.
—Sabes perfectamente que no me gusta ver con quién dormí. ¿Por qué la dejaste que se quedara?
Él se acerca a mí y me entrega mi habitual desayuno: tres huevos crudos, se encoge de hombros, como si no le importara, y me sonríe como si hubiera hecho una travesura.
—Lo lamento, mi señor, pero insististe demasiado en que ella sería la mujer ideal para ti. Traté de detenerte y no quisiste escucharme. Tú sabes lo terco que puedes llegar a ser. Cuando estas ebrio, ya estoy viejo, Alexandros, para estar cuidando a un hombre de 30 años que se comporta como un crío.
Él se da la vuelta y yo lo miro con los ojos entrecerrados. ¿De verdad me está diciendo esto? Empieza a arreglar mi cama, va hacia mi vestidor y saca mi habitual traje de tres piezas. Sí, el ser el rey de la mafia no quiere decir que no vista bien. Cuando tiene todo listo, se detiene y me mira con burla.
—¿Será que el señor también quiere que lo lleve a la ducha y talle su espalda para que él no mueva ni un solo dedo?
—Leonel.
El levanta las manos en rendición y me sonríe.
—Perdón, señor, creo que olvidé que usted es el rey y tiene muy mal sentido del humor. Si no me necesita para nada más, iré a hacer sus huevos divorciados.
Él se da la vuelta y, cuando cierra la puerta, yo suelto una carcajada. A veces creo que se pasa, pero después recuerdo que fue el único hombre que me ayudó cuando vivía en las calles, así que todas sus tonterías se me olvidan. Voy hacia la ducha y, de inmediato, me meto. Son las 6 de la mañana y yo debería estar desayunando. Tengo un horario muy estricto que cumplir; mis trabajadores saben perfectamente que nada ni nadie lo puede cambiar.
Cuando bajo las escaleras, efectivamente, Leonel ya tiene todo listo, pero como dije, ya es muy tarde, así que solo tomo el vaso de jugo y salgo de la mansión. Tengo que ir al casino; parece que uno de los trabajadores se quiso pasar de listo y estuvo robando en el blackjack, y a mí nadie me roba y vive para contarlo.
Cuando estoy frente al hombre de brazos cruzados, él me mira desafiante; parece que no me tiene miedo. Doy un paso hacia él y le sonrío.
—¿Desde cuándo?
Él me mira confundido y con una ceja alzada; definitivamente no tiene miedo.
—No sé de qué me está hablando, señor. Le han informado mal; yo no he hecho nada.
Yo extiendo mi mano para que él guardia me entregue la tablet y me enseñe los videos. Empiezo a verlos y, cuando he terminado, se los muestro. Él abre los ojos, muy sorprendido, y suspira.
—Lo siento, señor. Mi hija está enferma; tenía que pagar su tratamiento. Por favor, sé que usted no tiene corazón ni piedad, pero de verdad necesitaba el dinero.
Yo volteo a ver a mi guardia de seguridad. Él sonríe y niega, y eso solo quiere decir una cosa: que el hombre sigue mintiendo. Así que, sin que se lo espere, saco mi arma y apunto a su cabeza. Un solo disparo y lo veré en el infierno. Me doy la vuelta y le doy el arma a mi jefe de seguridad. Ellos saben perfectamente qué es lo que tienen que hacer. Salgo de ahí, pues por lo regular yo no me encargo de este tipo de situaciones, pero Tadeo no se encuentra en la ciudad. Cuando caminamos hacia la camioneta, antes de subir a esta, volteo a ver a Ramos y le pregunto:
—¿En qué se gastaba el dinero?
—En prostitutas y licor. No se preocupe, jefe, una escoria más, una escoria menos.
Yo asiento y subo a la camioneta. Voy concentrado en mi teléfono, pues Tadeo me ha mandado un informe de los negocios que hay en el extranjero y parece que hay problemas. Pero cuando el chofer frena de golpe, yo lo miro con el ceño fruncido.
—Ten más cuidado, puedes causar un accidente.
Volteo por la ventanilla y, como es costumbre, toda la gente agacha la cabeza al verme. Pero hay una chica, una chica muy hermosa, aunque puedo ver por su ropa que está bastante maltratada, que es de clase muy baja. Pero para llevarla a la cama, eso no me interesa.
—Ramos, investiga quién es ella. Quiero toda su información dentro de una hora.
Él me mira confundido; por lo regular, las mujeres que entran en mi cama son seleccionadas exhaustivamente, pero ella tiene algo que hace que quiera poseerla. ¿Será esa mirada tan desafiante? Porque parece que no me teme.
—Pero, señor, usted no...
—Solo haz lo que te estoy pidiendo. No te estoy preguntando absolutamente nada más, ¿entiendes?
—Sí, señor.
Devolví mi mirada al teléfono; de verdad tenía muchas cosas en que ocuparme. Cuando llegué a la mansión, de inmediato fui a mi despacho. Tenía que tratar de ayudarle a Tadeo a solucionar las cosas, pero como lo pedí, una hora después ya tenía toda la información de esa chica. Sonreí al darme cuenta de que debía demasiado dinero; creo que, después de todo, la podré tener en mi cama. Así que, con solo una llamada, solucioné el asunto.
—Ramos, síguela y no la pierdas de vista. Quiero saber absolutamente todo de ella, ¿entiendes?
Y justo ese día no sabía en lo que me estaba metiendo, y vaya que era un problema muy grande.