—Voy en camino, amor —avisó Éber al otro lado de la línea, quien tenía el celular en manos libres mientras conducía—. Haré una parada en el supermercado, llegaré a más tardar dentro de veinte minutos. —Okey, te esperaré —Mia relamió sus labios con algo de nerviosismo antes de colgar la llamada, luego soltó una bocanada de aire de la que no se había percatado de que estaba conteniendo. Alisando la falda de su vestido —más por costumbre que por arrugas—, se levantó del sofá para dirigirse a la cocina a aniquilar el chillido de la tetera que expulsaba humo de lado a lado, avisando así, que su té de tomillo estaba listo. Al servirse una taza y echarle dos cucharadas de edulcorante, caminó rápidamente hasta el baño. Miró su reflejo en el espejo y sintió lástima por las medias lunas violácea

