Isla Hall. Esto tiene que ser un chiste. No solo tengo que soportar que me chantajee con algo que a estas alturas él debe saber que me va a afectar, sino que ahora debo aplaudirle sus malditas bromas de mal gusto. ¿Dónde está el Mauro que me enamoró hace pocos meses atrás? ¿Existió al menos? Lo miro, busco en su rostro sus ganas de molestarme, su mentira y la carcajada de burla. Pero no, no hay risa ahí, solo hielo en sus ojos, en su expresión, en el fruncido de sus labios. «No está bromeando». —¿Tienes problemas de adicción? ¿Estás fumando alguna hierba que te hace perder la razón? —pregunto y él aprieta su mandíbula, que parece acero—. Tienes que estar haciéndolo si te atreves a hacerme semejante…petición. Estoy impactada, no sé cómo logro hablar siquiera. —Lo que no estás en

