Abrí los ojos y sonreí al ver el oscuro cabello de Reyna regado por la cama. Me levanté con suavidad para no despertarla y ella gimió como un cachorro. Di dos largos pasos hacia la salida y cuando iba a abrir la puerta, la escuché. —Nyki... —balbuceó. —Duérmete. Voy a caminar un poco —murmuré. —¿Sigues siendo fitness? —No he dejado de serlo. —Espérame... Me hará bien caminar. Moví los hombros y ella me lanzó una almohada. Salí de la habitación y sentí un peso caerme en la espalda. Me caí de rodillas en el pasillo y me dio tiempo de aguantar el peso con las manos; vi los cabellos castaños sobre mi cabeza y cayendo por los hombros. —¡Mi rey, feliz cumpleaños! Reyna se bajó de mi espalda y me dio un abrazo por el costado. —Gracias, reinita. Pero suéltame, qué asco. Me estás tocando.

