Magdalena se quedó mirándolo por momentos, aturdida, mientras trataba de racionalizar las circunstancias. Extendió la mano para tomar la taza de café, pero volvió a sentir una molestia punzante en su cabeza. Se llevó una mano al parche adhesivo. — De preferencia no te lo toques, — dijo su anfitrión — tienes una pequeña laceración, aunque no creo que necesites puntos. De todos modos, debería verte un médico, sólo por las dudas. — le explicó, tras lo cual dejó la taza de café frente a una mesa pequeña a un lado. Ella se volvió a incorporar lentamente. Ahora sólo bajó los pies al suelo, en dónde detectó la suavidad y calidez de una alfombra de piel. No obstante, siguió cubierta por la cobija, a la que se aferró para preservar esa maravillosa sensación confortable. — ¿Cómo me encontraste?

