Capítulo 2: Una fiesta condenada

3377 Words
Salón de fiestas del Hotel Internacional Richardson, cinco años atrás. Magdalena Cortez se veía deslumbrante. Y eso no era sólo una apreciación presuntuosa, porque la prueba de eso eran las miradas de los invitados a la fiesta. Sobre todo las de los hombres que la observaban embelesados. Lucía un vestido rojo y sencillo, con algunos detalles en encaje, que destacaban su cabello y sus ojos verdes. Tenía unos zapatos estilizados de color bordó y llevaba su cabello peinado en forma elegante y al mismo tiempo, sexy. Eso último fue mérito de su mejor amiga, Sabrina Martínez, que estaba junto a ella en la entrada del salón de fiesta. Su camarada era una muchacha delgaducha por naturaleza. De niña había renegado de sus piernas huesudas y de su pecho poco voluminoso. Pero ahora que tenía veinte años había aprendido a valorar sus virtudes y a usarlas a su favor. Para la ocasión eligió un vestido platinado que destacaba su cuerpo. Llevaba un peinado de lado elegante y se había maquillado de forma glamorosa, algo que también había hecho por su amiga. Ambas estaban preocupadas, las personas que esperaban se estaban tardando más de la cuenta. Casi al unísono revisaron sus teléfonos móviles para ver si habían recibido algún mensaje nuevo, pero se quedaron desilusionadas. — ¿A qué hora te dijo mi hermano que vendría?- Preguntó. — A las veinte, — repuso Magdalena intranquila— ya tiene media hora retrasado. ¿Le habrá pasado algo? ¡Él nunca llega tarde! — No, mujer. No lo creo. Estoy segura de que viene en camino. Te apuesto lo que quieras a que su smartphone se quedó sin baterías. Es ordenado con todo, pero siempre olvida cargar su aparato para momentos clave. Magdalena sonrió con ansiedad. En parte era debido a la emoción de la fiesta. Sin embargo se podía notar un profundo anhelo en sus ojos, una necesidad imperiosa de tener a alguien a su lado en ese momento. Sabrina trató de interpretar su expresión. — Ángel y tú son la parejita más empalagosa que conozco, — comentó, lo que hizo que su interpelada sonriera tímidamente — pero creo que ahora hay algo más entre ustedes. — replicó con un tonito intrigante. De repente abrió sus ojos negros tan ampliamente como pudo, ante una revelación…— ¡ya sé! ¡Finalmente lo hicieron! ¿Verdad? ¡Consumaron su amor de forma carnal! ¿Cómo estuvo? — le preguntó con una sonrisita pícara. — ¡No! ¿Cómo crees? — ¡Vamos!— exclamó Sabrina— Dime que lo hicieron, porque a veces los veo cuando se besan y se toquetean, y me da la impresión de que terminarán haciéndolo frente a todos. Lo más saludable es que finalmente se encierren en un cuarto y se saquen las ganas de una vez por todas. — ¡Que no, no lo hicimos!— aseguró Magdalena—… aunque yo me moría de ganas. —confesó. — Entonces, ¿qué fue lo que pasó? Por toda respuesta la muchacha extendió su mano y le mostró un bonito anillo en su dedo anular. — ¿Qué? — Dijo Sabrina sin entender mucho— ¿Para qué me muestras tu nuevo anillo? — Es que no es un anillo cualquiera, — repuso —me lo dio él. Era una joya bonita, pero no muy llamativa. Posiblemente se parecía a cualquier otra bisutería. Pero cuando vio la mirada ilusionada de su portadora, de inmediato lo adivinó… — ¡Aguarda!— exclamó— ¿Acaso te lo dio por algún motivo en especial? Magdalena sonrió de forma tan radiante que podía deslumbrar al mismo sol. Simultáneamente comenzó a afirmar con la cabeza en forma vehemente. — ¡No me digas que lo hizo! ¿Acaso,… acaso te lo pidió?— esgrimió Sabrina entusiasmada— ¿acaso él dijo que quería…? — ¡Sí! — Exclamó repentinamente su interlocutora, sin poder ocultar su felicidad– ¡Vamos a casarnos! La alegría de Sabrina fue tan grande que casi parecía que era ella la que contraería nupcias. Su dicha era enorme. Dos seres que amaba con todo su corazón, su hermano y su mejor amiga estarían juntos. Y eso era motivo de una gran felicidad… Ambas comenzaron a saltar desbordadas por la algarabía, ignorando completamente las miradas de numerosos curiosos a su alrededor. — ¡Sabía que se traía algo! — afirmó Sabrina— Desde que tiene un puesto fijo en la siderúrgica empezó a buscar sitios para mudarse. Y no busca lugares pequeños, sino departamentos grandes y cómodos. ¡Eso es porque desea rentar un buen lugar para ambos! — Si, lo sé. Me lo dijo. — agregó Magdalena muy emocionada. — Sólo que es un plan a futuro. No sucederá de inmediato… Pero ahora estamos comprometidos y ¡soy tan feliz! — ¡Lo sé, amiga! ¡Sé cuánto se aman y no podría estar más dichosa por ustedes! — ¿Sabes? Hay veces que dejo que todas las circunstancias de mi vida me atormenten. Cada día lamento el hecho de que tuve que dejar la preparatoria para trabajar limpiando casas, para llevar un plato de comida a la mesa. También me deprimen los problemas que provocan mis hermanitos, las quejas de mi madre o mi pobre abuela, cuya mente está sumida en las tinieblas… —explicó con melancolía— Pero en este momento, sabiendo que Ángel y yo estaremos juntos siento una enorme gratitud con la vida. — Si, ya sé. — la interrumpió Sabrina. — Y con tu amiga, que te presentó a su hermano, espero. — ¡Claro! — aceptó su interlocutora— Todo es gracias a ti, a tu mamá que me dio trabajo de limpieza en tu casa y a tu papá, que es increíblemente gentil. Y también se debe a mi amado Ángel, tan maravilloso, que me ha aceptado en su vida y que desde la primera vez en que me besó me ha hecho enormemente feliz… Ustedes son también mi familia y me han ayudado a sobrevivir en circunstancias horribles… ¡Los amo tanto! Sabrina la abrazó muy cálidamente, llena de emoción. — Y nosotros a ti, Magdalena. — Repuso— Te mereces lo mejor, y ahora que sé que serás también mi cuñada, ¡Dios! Me siento casi tan feliz como tú… Volvieron a abrazarse una vez más, capturando ese momento perfecto en sus mentes y en sus corazones. — Escucha, — dijo Sabrina repentinamente— la noche está un poco fría como para quedarnos aquí en la puerta. Estoy segura de que Ángel y mi papá ya vienen en camino, ¿Qué tal si entramos? — Si, tienes razón. Ingresaron en el salón y un organizador les indicó que tomaran asiento en la mesa que tenían reservada. Les habían destinado cuatro asientos, por lo que se sintieron bastante solas cuando ocuparon sus lugares sin Ángel y sin Ricardo, su padre. La madre, Lucrecia, estaba experimentando algunos problemas de salud, por lo que se había quedado en casa. Las personas a su alrededor deambulaban por el salón, saludando a otras y charlando en grupos repartidos en todo el lugar. Pero ellas no conocían a nadie. Eran sólo dos jóvenes muchachas que acompañaban a dos invitados a esa fiesta, así que no hicieron más que permanecer sentadas conversando animadamente entre ellas. Entonces un nuevo suceso cambió la vibra de todo el ambiente. Como caído del cielo, por la puerta principal ingresó un hombre alto y elegante, que se convirtió inmediatamente en el centro de atención de todos los presentes. Aplaudieron de inmediato para festejar su presencia, algo para lo que él hizo una leve reverencia en agradecimiento. De inmediato se acercó a un micrófono instalado cerca del equipo de audio, con el que se musicalizaba la velada. A continuación le hizo una seña al disc-jockey para que silenciara momentáneamente la melodía que amenizaba la celebración. — ¡Sean todos muy bienvenidos! — comenzó a decir. — Me alegra ver a la plana mayor de nuestra amada siderúrgica presente en esta fiesta de aniversario de su fundación. Quiero agradecerles a todos que estén aquí, en este momento tan importante. — Prosiguió, tras lo cual todos volvieron a aplaudir. — No soy un hombre de muchas palabras, así que les alegrará saber que no los aburriré con un discurso soporífero. — Agregó, con lo que los presentes estallaron momentáneamente en risas. – Sólo les diré que estoy muy feliz de que sean parte de nuestro éxito. ¡Felicitaciones a todos! Así que mi única orden es… ¡disfruten de esta noche! Toda la comida y el alcohol son para ustedes. ¡Salud! Otra vez el ambiente se llenó del golpeteo de palmas, junto con algunos silbidos y gritos de aclamación. A continuación el individuo sonrió, elevó una mano como haciendo un saludo general y tomó asiento en la mesa principal, en la cabecera. Fue en una silla especialmente destinada para él, más alta y notoria, prácticamente como el trono de un rey. — ¿Quién es ese? — preguntó Magdalena intrigada. — Es Valentín Moreno, el jefe de la comisión de la siderúrgica. En otras palabras, su dueño. — ¡Ah, sí! Ángel me habló de él alguna vez. Dijo que es un tipo importante, posiblemente el más rico de la ciudad. — ¡Es el más rico de la ciudad! ¡Tiene mucho dinero! La siderúrgica es sólo uno de sus negocios. Es realmente muy poderoso. Y además, es sexy, tiene millones de mujeres detrás de él. — le explicó Sabrina. — Es atractivo, — aceptó Magdalena— aunque no es mi tipo. — Para mí, no está nada mal. Lo vi una vez, cuando esperé a papá a que saliera del trabajo. Entonces me pareció atrayente. Pero ahora que lo veo aquí, tan elegante…— comentó su amiga—…no me molestaría si me guiñara un ojo o algo así. La verdad es que se ve candente…— agregó, tras lo cual emitió un ronroneo, como el de una gatita mimosa, seguido de un maullido travieso. Si había algo que Magdalena disfrutaba de la compañía de su amiga, era el hecho de que la hacía reír mucho. Esa vez no fue la excepción. — ¡Eres terrible!– le dijo mientras reía como una ardilla. — ¿Terrible? ¿Por qué? — Le preguntó— Entiendo que estés comprometida con mi hermano y que ya no mires a nadie más. Pero, yo estoy abierta al amor, amiga. Espero a alguien que algún día quiera degustar mi hermosa figura. — Y yo brindo por que pronto lo consigas, Sabrina. ¡Te mereces lo mejor! — dijo, tras lo cual ambas chocaron sus copas con vino, como el augurio de un futuro prometedor. Transcurrió otro rato en el que charlaron muy animadas, de asuntos poco trascendentes, cuando una presencia inesperada se aproximó a su mesa. Ellas no lo habían notado, pero el mismo soberano de la fiesta, las había observado atentamente. Al igual que ellas, también estaba solo. A su lado se habían sentado un par de dirigentes de la empresa, pero no tenía ninguna compañía personal. Por lo tanto, lejos de dialogar rutinariamente con algunos invitados, llegado un momento comenzó a aburrirse. Entonces notó a las muchachas jóvenes, bonitas y vivaces. La que le llamó la atención fue una ataviada con un elegante vestido rojo, que le resultó muy atractiva. Se acercó a su mesa y se presentó: — Señoritas, es un gusto conocerlas. Mi nombre es Valentín Moreno, ¿con quién tengo el gusto? Sabrina fue la primera en extenderle su mano, la cual besó caballerosamente. — Mucho gusto, señor Moreno. Mi nombre es Sabrina Martínez, mi papá es Ricardo Martínez el jefe del departamento técnico. Ángel Martínez es mi hermano… — ¡Ah! Por supuesto, — aseveró el individuo— ¡son mis ingenieros líderes!— exclamó— ¡qué gusto es conocer a su familia! — Bueno, a una parte de ella. Mi madre no pudo venir. Pero suponemos que ellos se nos sumarán en cualquier momento. — ¡Por supuesto! — afirmó el empresario animadamente. Después posó su mirada en la despampanante compañera. — No me has presentado a tu amiga. — dijo. — Ella es…— comenzó a decir Sabrina. — Magdalena Cortez, señor. Soy la prometida de Ángel. — ¡Es un placer!— repuso el hombre amablemente, mientras besaba el dorso de su mano. Este gesto fue un poco prolongado, dado que se tomó el tiempo de percibir la encantadora esencia que emanaba de esa muchacha. — Escuchen, — dijo— las he observado durante un largo rato. Veo que están solas, y yo tampoco estoy demasiado acompañado. Si les parece bien, quisiera invitarlas a que se sienten junto a mí en la mesa, aunque sea un rato. Cuando Ricardo y Ángel lleguen haré que los ubiquen con nosotros. ¿Qué opinan? Sabrina, quien le había echado el ojo al millonario, se sintió totalmente entusiasmada con la idea. — ¡Claro!— exclamó— Por mí está bien. ¿Qué dices, Magda? La aludida no supo que pensar de la propuesta. Pero supuso que si estaba con su amiga, que no tenía nada de malo. — Si, ¿por qué no?— aceptó afablemente. — Pero sólo será posible, si me dejan de llamar señor Moreno. Mi nombre es Valentín. — Está bien, Valentín. Será un placer sentarnos contigo. — respondió Sabrina. Pronto las ubicaron junto al individuo acaudalado, quien resultó ser un buen conversador. Comenzó a preguntarles cosas sobre ellas y a relatarles algunas anécdotas graciosas. Así la cena transcurrió de forma muy agradable, entre el momento del platillo de entrada y el plato principal. Las muchachas rieron ante algunas ocurrencias de Valentín. Sabrina en especial festejaba sus bromas. Magdalena sonreía relajada, pero no era tan expresiva como su amiga. Llegado un momento se escuchó el sonido del campanilleo de un móvil. Era el de Sabrina, quien de inmediato lo atendió. Repentinamente su expresión se transfiguró, evidenciando una profunda preocupación. — Un momento, mamá. — Dijo— No te oigo. Espera un segundo, iré al patio dónde hay menos ruido. — Se puso de pie y le comentó a su amiga — Se escucha preocupada. Iré a ver qué quiere, ya regreso. — Está bien. — respondió Magdalena. Fue entonces que se quedó a solas con Valentín, quien le dirigió una mirada lasciva, que la puso muy incómoda. — Eres una mujer muy hermosa, Magdalena. En este momento envidio profundamente a Ángel. Tiene mucha suerte de tenerte. ¡Demasiada, tal vez! Ella sonrió nerviosa. Lo que decía era un cumplido, pero al mismo tiempo le sonó amenazante. — Gracias, supongo. — dijo. Afortunadamente, la conversación no prosiguió. Aunque al mismo tiempo fue una desgracia, porque Sabrina apareció con una expresión aterrorizada. — ¡Dios mío!— exclamó desolada— Algo les pasó a papá y a Ángel. Entonces, la angustia hizo también presa de Magdalena. — ¿Qué pasó? ¿Ellos están bien? — No lo sé, mamá me acaba de llamar del hospital. Estaba muy alterada, casi no podía hablar. ¡Tengo que ir con ella ahora! — ¡Voy contigo!— afirmó su amiga igualmente acongojada. — ¡Llamaré a un taxi!— dijo Sabrina mientras buscaba el número del servicio que usaba regularmente, en la libreta de contactos de su móvil. — ¡De ninguna forma!— exclamó Valentín — Mi chofer te llevará de inmediato. — ¿De verdad puedes hacer eso por mí? — ¡Por supuesto!— repuso el individuo— ¡Ni lo dudes! El millonario hizo un gesto y de inmediato su asistente llegó hasta él. Le dijo algo al oído y después se dirigió a la señorita Martínez. — Ya está arreglado. Solo ve con mi secretario, te llevará hasta mi limusina. — ¡Yo voy contigo!— dijo Magdalena. — ¿Estás segura?— preguntó Valentín. — Cuando hay una emergencia las únicas personas a las que les prestan atención los médicos son los familiares directos. — ¡No me importa! ¡Quiero ir! Entonces, el gesto de Sabrina se ensombreció mucho más. Había algo que no había revelado, era uno de los pocos hechos que su madre pudo comunicarle. Encontraron a su padre con signos vitales muy débiles. Pero aún no hallaban a su hermano. Esta información ya era bastante angustiante para ella, por lo que tuvo el impulso de proteger de esta zozobra a su amiga, quien estaba locamente enamorada de Ángel. — Escucha, — dijo— Valentín tiene razón. Ahora no podrás hacer nada. Prometo que ni bien tenga una noticia te llamaré. — Pero, ¡yo quiero ir, Sabrina! ¡No puedes pedirme que me quede aquí, sin saber nada! — Ahora, ve a tu casa. Hazme caso. Te llamaré y podrás ir entonces al hospital. — ¿Me lo prometes? — ¡Claro! — aseguró su amiga. — Estaré esperando tu llamada. — Haré que llegue a su casa a salvo. — afirmó Valentín. — ¡Muchas gracias! — dijo la muchacha, tras lo cual tomó su cartera y se fue con el secretario, que la estaba esperando. Magdalena se quedó sentada en la mesa junto al dueño de la siderúrgica. Lo vio sonreírle amablemente. Pero sobre ella pesaba una profunda preocupación que le impedía corresponderle de la misma forma. — ¡Relájate! — dijo él sonriendo con gentileza– Seguramente las cosas no son tan malas como parecen. El hospital de emergencias es avanzado, los atenderán bien. ¡No pierdas las esperanzas! — ¡Eso espero! — murmuró con una expresión muy acongojada. Lo que siguió fue el postre, pero la muchacha no probó ni un bocado. Fue varias veces hasta el jardín para revisar su móvil. Pero desgraciadamente no había ningún mensaje. Cuando volvió a la mesa había decidido irse de allí. Se lo dijo de inmediato a su inesperado acompañante. — Tranquilízate. Como ya lo dije, haré que te lleven. Mientras tanto, bebe un poco más de vino… Te ayudará a calmar tu nerviosismo. — No lo sé, — objetó ella— mi estómago está hecho un nudo. No creo poder ingerir nada ahora. — Al menos inténtalo, ya lo verás. — insistió él extendiéndole la copa. Entonces, supuso que tal vez tendría razón, que eso le ayudaría a relajarse y a sobrellevar mejor la situación. Por lo tanto, la aceptó y sorbió un trago. — Ahora, toma asiento. En un rato te llevaré a dónde quiera que desees ir. Magdalena regresó a su silla y respiró profundamente. El vino no alejó sus preocupaciones, pero curiosamente logró que su tensión se redujera y le provocara una sensación inusual de ligereza. De repente se sumergió en un panorama muy extraño, que se transformó en una pesadilla vívida. Súbitamente, su mente se hundió en una profunda oscuridad y perdió el control de su cuerpo por completo. Pronto hacía y decía cosas que no eran su voluntad. Recordaba el rostro de Valentín mirándola fijamente mientras acariciaba su mejilla. — Me gustas mucho. — dijo. Entonces, de su boca surgió lo mismo. — Me gustas mucho — repitió. ¿Por qué? ¡Ella no quería decir eso! — Quiero hacerte el amor locamente durante toda la noche— repuso él. — Quiero hacerte el amor locamente durante toda la noche— repitió otra vez ella. Valentín se levantó de su asiento y la tomó de una mano, logrando que ella se pusiera de pie dócilmente. La sujetó de la cintura y juntos se dirigieron hacia un ascensor. Una vez encerrados, mientras subía hasta el vigésimo piso él se abalanzó sobre ella y comenzó a besarla y a toquetearla a su gusto. Aislada en lo más recóndito de su mente, deseaba gritar, resistirse y luchar. Pero era inútil. Por alguna razón que no comprendía su cuerpo no le obedecía en lo absoluto. Sólo le tocó ser testigo consciente de todas y cada una de las cosas que hizo con ella esa noche en la suite del hotel. Vivió la pesadilla de que su primera experiencia íntima, además de que no fue con su amado Ángel, estuviese lejos de ser voluntaria. Esa noche fue presa de un individuo implacable, que había decidido poseerla, sin importarle los medios para lograr su objetivo.
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