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1127 Words
Para mí, todo comenzó hace unos años, en un pasado lejano donde los inviernos no eran tan largos y la oscuridad no llegaba hasta las 6 de la tarde. En esos pensamientos, no puedo evitar recordar. Era un chico alegre, con el cabello un poco más largo de lo usual, sus ojos brillaban y sus labios siempre llevaban una enorme sonrisa. Éramos de la misma clase, estábamos en el último año de preparatoria. Yo acababa de cumplir 18 años y, durante toda la secundaria, mis ojos siempre se posaron en aquel chico misterioso. Estaba caminando, con la vista fija en el quiosco. Me apresuraba, no quería llegar tarde, porque si no, la campana sonaba y me quedaba sin comer. Mi amiga Melisa estaba unos metros adelante, apresurando el paso, mientras yo me quedaba atrás, perdida en mis pensamientos sobre Alejandro. Alejandro, mi amor platónico, aquel que siempre había invadido mis sueños pero nunca mis abrazos. Mientras descendía ágilmente por las escaleras, siento que piso mal. Poco a poco, veo cómo me acerco a las baldosas rotas y desgastadas del suelo. Pero antes de caer, algo me detiene. Una mano suave y cálida se posa en mi cintura. Avergonzada, alzo la vista y lo encuentro. Sus ojos me sorprenden. Son brillantes y, de cerca, se ven aún más encantadores. Tiene una sonrisa tierna y sus mejillas están sonrojadas. Nunca antes en mi vida lo había visto tan de cerca. Algunas pecas salpican su rostro, su nariz es pequeña. "No puedo evitar decirlo, tienes una bonita nariz", digo sin pensar, sorprendiéndome por haber soltado esa tontería. Él me mira con una ceja levantada y responde, "Gracias", no muy convencido. Mis ojos se abren con sorpresa, me pregunto en silencio ¿por qué dije algo tan tonto? “Lo lamento, no quise decir que no es… linda, porque en realidad lo eres, pero eso no importa, ¿verdad?" pregunto completamente asustada, sintiendo aún sus manos en mi cintura. “Lo lamento", comenta apenado, y da un paso atrás. “No te preocupes", intento restarle importancia con un gesto de mano, "Es que… justo venía y no quería que te caigas al suelo con… eso", señala un chicle de dudosa procedencia. Me giro un poco para contemplar lo que señala. “Gracias por salvarme de quedar pegada en ese chicle", confieso. “De nada. Me alegra ser tu Salvador", comenta con una sonrisa y sigue caminando hasta tocar la campana. No me importa mucho, a pesar de que estoy muriendo de hambre en el salón, haber tenido un encuentro así con Alejandro me llena de entusiasmo. Doy pequeños saltitos mientras me doy la vuelta y llego a mi salón, sintiendo que finalmente las cosas me empiezan a salir bien. Estoy tan feliz que suspiro por él. Él pasa, no me ve, pero yo sí lo veo y me siento bien. Va con un aire despreocupado, sosteniendo una bolsa en una mano y en la otra está comiendo chocolate. Se ve tan guapo que no puedo evitar ponerme de pie y acercarme a la puerta del salón. Lo observo y, por un instante, deja de caminar y se gira. Me muerdo los labios, no quería que me descubriera espiándolo, pero ya es tarde. Se acercaba a mí, poco a poco, con una sonrisa helada, y sacó algo de la bolsa misteriosa que llevaba. “Lo compré para ti", comenta. Yo lo miro con una ceja levantada. “¿Por qué?", pregunto dudosa mientras estiro la mano y sostengo un paquete de galletas. “Además, cuando te tomé de la cintura...", se quedó pausado, y yo no sabía qué más iba a decir. “Te sonaron las tripas", dijo. > “¿Qué?", pregunto, sin poder evitar que sus palabras me tomen por sorpresa. “Entonces… yo… quise comprarte esto", comenta avergonzado, mirando el suelo. Yo lo tomo de la mano, tonta por mi reacción. Ese simple contacto, el pequeño roce de nuestros dedos, me hace temblar. Mi corazón late fuertemente, y no puedo hacer otra cosa más que verlo. Se ve tan guapo, con sus ojos brillantes. Esta vez está serio y lo suelto. “Gracias", comento y me doy la vuelta. “¿Quieres, quieres...?", empieza a decir y yo me detengo. Con eso me doy la vuelta sin comprender sus palabras, me acerco punto y él me observa. “¿Qué cosa quieres?", pregunto divertida. “¿Quieres… pasar… el otro recreo conmigo?", pregunta tartamudeando, y no puedo evitar sonreír. “¡Claro!", comento avergonzada, pero muy feliz. Siento que quiero saltar más alto y gritar. Melisa ingresa en ese momento, comiendo unas galletas, y me da una. “Aquí tengo", comento y ella levanta una ceja. “¿Pero cómo, si nunca llegaste al kiosco?", comenta confusa mientras se sienta a mi lado y me mira con una mirada desafiante. “Me las regaló Alejandro", comento, mirando mis cuadernos y sacando una hoja nueva para escribir. Estoy buscando mi lapicera azul, pero no la encuentro. Empiezo a mover las carpetas para ver si está en medio, pero no. “¿De verdad?", pregunta, sin poder creerlo. Sus ojos están muy abiertos y yo la observo. “Sí", comento, poniendo los ojos en blanco. Tan difícil es creer que él, el chico más guapo de la escuela, me haya hablado. Bueno, puede ser bastante increíble. “No es por discriminarte, pero..." “Comprendo, es el chico más lindo de la escuela y yo soy..." “Tú eres muy linda, pero ¿cómo ocurrió esto?", pregunta curiosa mientras estira sus brazos hacia atrás y le cruje la espalda. “Amiga, en algún momento te vas a quebrar", señalo, yendo de un lado a otro y finalmente encontrando mi lapicera azul en el suelo. “Vamos, cuéntame qué pasó." Le cuento con bastante detalle cómo ocurrió nuestro encuentro, cómo me salvó de caer sobre una goma de mascar y cómo luego, para mi sorpresa, me compró un paquete de galletas porque escuchó mi estómago sonando. Melisa suspira y comenta: “Wow, eso es bastante increíble." “¿Tú lo crees? Yo, la verdad, no puedo creer todo esto." “¿Por qué no? Eres una mujer guapa que tiene la oportunidad de estar con alguien, y lo sabes." “No sé, pero ¿qué le voy a decir en el próximo recreo? Es decir, quizás no tenga un tema de conversación y nos quedemos en silencio, y sea incómodo. Después no vamos a poder volver a vernos", comento preocupada. Melisa suspira y me da unas palmaditas en el hombro para reconfortarme. “Solo tienes que ser tú misma, eres graciosa, seguro que se van a llevar bien. Y si no, pues quizás no era para ti", señala Melisa. *****
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