Golpe bajo

2175 Words
✧LUCAS✧ —¡¿Otra vez usted aquí?! El desprecio en la voz de Amelia, y ese ligero aroma a cedro que se filtró por la puerta entre abierta de mi oficina, eran toda la información que requería para saber quién se encontraba de regreso veinticuatro horas después de nuestro primer —insólito— encuentro. —Vine a ver a Lucas Chambers —dijo el alfa con voz tensa. Solté un suspiro de resignación, antes de ponerme de pie para apaciguar los ánimos. Lo más probable, es que Nathan Sallow regresara con menos paciencia que ayer. Y no me sorprendería si al abrir la puerta, me topara con todos los miembros de su bufete de abogados, quienes me verían con sus sonrisas siniestras, listos para destruirme la vida si me rehusaba a someterme a las exigencias absurdas de su cliente. Caminé despacio hasta la puerta, y la abrí luego de tomar una respiración profunda, tan solo para toparme con la curiosa escena de un alfa pura sangre, sosteniendo una enorme canasta de frutas, que tenía un bonito moño color violeta en la cima. Era un obsequio bastante delicado para un hombre con su temperamento. —Buenos días, Lucas, te traje esto como ofrenda de paz —dijo, antes de esbozar una sonrisa. Nathan llevaba unas gafas oscuras que me impedían observar con claridad la expresión en su rostro, así que solo pude cerciorarme de que ese sujeto era jodidamente atractivo. Su traje n***o impecable, y su rostro limpio sin un rastro de barba, provocaron un agradable retorcijón en mi vientre bajo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve en presencia de un alfa pura sangre. Ellos se caracterizaban por ser todos unos especímenes, no por nada encabezaban la pirámide social. Me acerqué con cautela, y tomé la cesta con una pequeña sonrisa de agradecimiento. No soy un hombre de conflictos, pero tampoco soy un idiota. Aquella era una bonita forma de decir «lo siento por ser un patán, pero no me daré por vencido». Acepté con gusto la ofrenda, ya que se me antojaron los kiwis a los que le puse el ojo apenas vi de cerca su obsequio. —Esta tarde me gustaría llevarte a almorzar, ¿estás de acuerdo? —dijo sereno. Suspiré renuente. —No creo que sea una buena idea, no me siento seguro en compañía de un Alfa, no te ofendas —aclaré eso último con una falsa mirada de inocencia. Él negó, quitándose las gafas para hacer su propio movimiento. Sus ojos grises lucían inofensivos y anhelantes, como si almorzar conmigo fuera todo lo que necesitaba para ser feliz. —Te llevaré a un restaurante bastante concurrido, no tienes de que preocuparte. Estarás seguro —insistió—. Si no quieres que venga por ti, te daré la dirección para que nos encontremos en el lugar, por favor… Él era bueno, realmente bueno en convencerte de hacer lo que quiere con esos hermosos ojos grises hipnotizantes. —Dame la dirección —solté como respuesta, mientras podía sentir la mirada desaprobatoria de mi secretaria sobre mi nuca. *** Esa tarde, le pedí a Amelia que se quedara en la clínica por si surgía algo, mientras yo iba a almorzar con Nathan Sallow. Ella protestó desde mi oficina hasta la calle, donde detuve un taxi y me despedí de ella con un beso en la mejilla. —Tranquila, estaré bien. Sabes a qué lugar iré y con quien —le dije con tono aplacador—. Estaré de regreso en una hora. Amelia resopló más de cinco veces antes de cerrar la puerta del taxi y decirle al chofer cuál era el camino más corto hacia su destino. —Lo llamaré dentro de quince minutos, si no responde, asumiré que algo malo pasó y ese sujeto tendrá a veinte policías respirándole en la nuca. Solté una carcajada en cuanto me acomodaba en el asiento de cuero sintético. —No llames a tu papá, él es un hombre muy ocupado, sabes que no es sencillo manejar una estación de policía. —Responda el teléfono, señor —fue todo lo que dijo antes de emprender su camino de regreso a la clínica. Eché mi cabeza hacia atrás, y le pedí al chofer que le bajara el volumen a la radio. Él así lo hizo, y ojalá hubiese podido decirle que detestaba el aroma del pequeño pino que colgaba de su espejo retrovisor, pero eso sería muy grosero de mi parte. *** Cuando bajé del taxi, me topé de lleno con la imponente figura del alfa que esperaba por mí en la entrada. —Gracias por venir —dijo Nathan, luego de cerrar la puerta del vehículo y pagarle al chofer por mí. —Gracias por la invitación, pocas veces le digo que no a la comida gratis —mencioné con una pequeña sonrisa burlona. Recibí la llamada de Amelia antes de ingresar al establecimiento, e intercambiamos un par de palabras que la dejaron más tranquila que hace un par de minutos. —Entremos, reservé una mesa —dijo él con tono solemne. Apreté mis labios para evitar que una pequeña risa escapara de ellos, en cuanto caminaba junto al extraño alfa que no dejaba de hablar sobre cuán exquisita era la comida que servían en ese lugar. El restaurante al que el señor Nathan Sallow me invitó a almorzar era ridículamente elegante. Desde ya sabía que quedaría insatisfecho con lo que me sirvieran. Tengo un pequeño y adorable hoyo n***o creciendo en mi pancita. La comida de este lugar no sería suficiente para su gran apetito. El mesero nos condujo hasta nuestra mesa; un rincón discreto junto a un estanque artificial de peces Koi. —Lucas, pide todo lo que desee —mencionó el alfa con una expresión que no admitiría un "NO" por respuesta. —Veo que disfrutas tener todo bajo control —comenté sin reparo en cuanto me acomodaba en mi asiento. —Es bastante obvio que sí, mi casta se caracteriza por ello, pero también considero que es una de mis mejores cualidades —dijo con una pequeña mueca que pretendía ser una sonrisa. —Pero no todos piensan igual al respecto, ¿cierto? Nathan Sallow resopló. Sus ojos grises no eran más que dos bloques de hielo dirigidos a nadie en particular. —La opinión de los demás me importa muy poco —respondió tajante. —De acuerdo... Había algo en su presencia frente a mí que me decía que aquello no era del todo cierto, pues, él parecía muy interesado en cambiar mi opinión sobre él. La primera impresión que me dio fue nefasta. Y como dicen: "No hay segundas oportunidades para primeras impresiones." —¿Por qué quieres ser padre soltero? La ceja arqueada de Nathan Sallow demostraba su nivel de satisfacción al contraatacar mi comentario con una pregunta incómoda. Aspiré aire a mis pulmones para remplazar todo el que contuve gracias a su pregunta, pero, antes de que pudiera decir algo al respecto, el mesero apareció de manera oportuna para tomar nuestra orden. Así que aproveché la oportunidad para ganar algo de tiempo y escogí un menú completo, el cual incluía como postre una tarta con crema de limón. Cuando el joven que nos atendía se retiró con nuestra orden, el silencio reinó por un par de segundos antes de dirigirle una mirada firme al alfa que tenía frente a mí. —Siempre quise ser padre. Quizá, desde que me informaron mi condición de Omega a los diez años —suspiré—. Desde entonces me imaginé rodeado de pequeñas personitas a las que podría amar sin ningún tipo de temor a ser rechazado. Nathan asintió en silencio. Su mirada penetrante se tornó menos prepotente. —Tal vez no debería contarte todo esto, pero ya que me confiaste el motivo por el que terminamos en esta situación, te lo diré —pasé una mano sobre mi cabello, resistiéndome a la tentación de jugar con mis rizos—. Me casé a los veintidós años con un compañero de carrera de la universidad. —¿Eres divorciado? —inquirió Nathan con el entrecejo fruncido. Estaba claro, que para aquel alfa esa información era desconcertante. —Sí, ¿algún problema? —lo cuestioné a la defensiva. —No, no, claro que no —se apresuró a explicarse—, es solo que me tomó por sorpresa. —La gente tiende a fracasar en sus matrimonios, pero se necesita mucha valentía para aceptar que algo ya no funciona. Nathan mantuvo un silencio respetuoso, y no podía sentirme más agradecido por ello. Lo último que necesitaba a estas alturas de mi vida, era tener que escuchar a un alfa criticando mis decisiones. Cuando les conté a mis padres que me divorciaría, ellos me llamaron "inmaduro". Un buen esposo —o esposa— debe luchar con garras y dientes por su matrimonio. No importa cuán humillante sea la falta que cometió tu esposo. De mis labios escapó una risa sin gracia. Nathan Sallow permaneció tan estoico como antes, quizás se preguntaba; ¿qué encontraba tan deprimente y gracioso al mismo tiempo? —En fin. No deseo hablar sobre ese tema. Pero, para responder a tu pregunta sobre por qué quiero criar a este bebé solo, la respuesta es simple —mis ojos se encontraron con los suyos; mortalmente honestos—. No necesito tener a alguien a mi lado que me diga que puedo o que no puedo hacer con mi vida. Ya no poseo la paciencia que tenía en el pasado para fingir que no noto cuando alguien intenta manipularme para hacer algo que no quiero. Podía sentir mis labios resecos, pero continué diciendo todo lo que necesitaba sacar de mi pecho. —No quiero compartir a mi hijo con nadie. Los ojos de Nathan Sallow por poco se escapan de sus cuencas, y del costado de su frente, brotó una vena furiosa. —Lamento que te sientas así... —murmuró entre dientes—, pero no permitiré que me excluyas de la vida de mi hijo. Resoplé. Ahí estaba él de nuevo. A pesar de encontrarnos en un restaurante con un excelente sistema de ventilación, que tenía como único fin controlar la propagación de feromonas Alfas y Omegas en el ambiente que todos compartían, pude detectar el inconfundible aroma de este alfa furioso y frustrado. —Creí que habíamos llegado a un acuerdo tácito. —¿Por qué pensaste eso? —pregunté malhumorado—. ¿Acaso fue porque los de seguridad no te arrastraron fuera de mi consultorio esta mañana? Señor Sallow, no tienes derecho a imponerte en mi vida y la de mi hijo. La rabia se apoderó de su rostro como lo hizo hace menos de veinticuatro horas cuando entró por primera vez a mi clínica. —¡Tu necedad es impresionante! —escupió con desdén—. No sé quién diablos fue tu esposo, pero al escucharte hablar con tanto egoísmo, lo compadezco. La mandíbula me colgó del rostro. Golpe bajo. Muy bajo. —Eres un completo idiota, por poco me convences de lo contrario —mencioné en voz baja. Solo podía definir la situación como una completa y rotunda decepción. Me levanté de mi asiento, a pesar de las protestas del cretino que alucinaba con la idea de ser parte de la vida de mi cachorro. Pero ya puede irse bajando de esa nube. Y si planea llevar el caso a los tribunales, pues, ahí nos veremos. —Lucas, por favor, tranquilízate —dijo él, interponiéndose en mi camino hacia la puerta. «¡Dios, tengo tanta hambre!» —¡Aléjate de mí, maldito loco! —lo empujé con las palmas de mis manos. Él no se movió ni un centímetro. —De acuerdo, reconozco mi error —dijo, esquivándome la mirada—. No debí hablarte de esa manera. —¿Así que eres de los que se mandan una cagada y piensan que con pedir disculpas ya todo está solucionado? —Además de pedir disculpas, ¿qué más puedo hacer? —inquirió desesperado. —¿Quizás pensar antes de abrir la boca? Nathan Sallow iba a señalar algo antes de cambiar de parecer y resoplar. —Vale, tienes razón, debí pensar antes de hablar, pero, ¿qué hay sobre ti? ¿No te cansas de excluirme de la vida de mi cachorro? —me apuntó con esa mirada loca que me pone nervioso—. ¡No pienso tolerarlo! —En primer lugar; a mí no me apuntes con el dedo, ¿de acuerdo? —Le di un manotazo a su mano—. Segundo; Puedes hablar con tus abogados e intentar presentar una demanda en mi contra si así lo deseas, pero te lo advierto, moveré cielo y tierra para que tu trasero temperamental siempre este a más de veinte metros de distancia de mí y de mi bebé, ¿comprendes? Mis palabras hicieron efecto en él, y, con un ligero empujón de mi mano, pude abrirme camino hacia la puerta. «Vaya pérdida de tiempo...»
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD