Cuando llegamos al establo Juan Diego comenzó a desvestirse dejando ver su cuerpo musculoso y bien formado, se mueve con determinación en el establo. A pesar del frío que penetra el aire, su presencia parece dominar el espacio. Con habilidad, empieza a encender una fogata en un rincón del establo, usando su encendedor. El proceso es meticuloso; el resplandor de las primeras llamas proporciona una luz cálida y titilante que destaca las sombras en las paredes de madera desgastadas. El frío es intenso, y lo noto con más claridad cuando comienzo a temblar. La tormenta afuera ha empeorado, y el sonido de la lluvia golpeando el techo de tejas se mezcla con el estruendo de los truenos. Juan Diego, observando mi incomodidad, se acerca a mí con un tono de voz urgente pero controlado. — Quítate

