“Está bien.” Ella respondió con su dulce voz somnolienta. Sus brazos estaban muy cálidos, como un refugio seguro. Ella estaba debajo de la sábana y se acurrucó en sus brazos para no poder escuchar el sonido de los truenos y la lluvia de afuera. Encontró una posición cómoda y se durmió enseguida. Miguel no tenía ningún deseo s****l. Simplemente sintió que si tenía esas clases de pensamientos, iba a arruinar su inocencia. “Es realmente un pecado pensar en esas cosas sobre mi prometida. Me hace sentir culpable. Si en el futuro tenga muchas ganas de hacerlo, ¿qué debo hacer?” Miguel comenzó a tener dolor de cabeza. Al día siguiente, Claudia fue a clase y llamó a Beatriz para decirle que Miguel le había entregado su tarjeta bancaria. “Por cierto, Beatriz, ¿cuándo estás libre? Tengo muc

