Quiero responder, pero las palabras se pierden en el torbellino de sensaciones que me atraviesa. ¿Qué le diría? Que tengo problemas psicológicos, que soy adicta al sexo, que si no tuviera la suerte de haberme encontrado en ese momento, quizás hubiera ido en busca de alguno de sus hermanitos para que ellos me sacaran las ganas. Pero no puedo decirlo. Mis gemidos son mi única respuesta, y parece que eso le basta. Sus manos, grandes y seguras, recorren mi cuerpo, explorando, descubriendo cada rincón como si fuera suyo por derecho, mientras me sigue enterrando la pija una y otra vez. Finalmente, siento cómo su ritmo cambia, volviéndose más errático, más desesperado. Mi propio cuerpo responde de la misma manera, alcanzando un punto donde el placer es tan intenso que apenas puedo distinguirlo

