—¿Qué hacés? —pregunté. —¿No se siente relajante? —dijo ella. Ciertamente, se sentía muy bien. En realidad no me estaba masajeando la cabeza, sino que su mano se frotaba en mi cabello, haciendo que el cuero cabelludo se estirase todo lo posible, generando esa sensación tan placentera que sentía ahora. —Sí —respondí. —Quedate callado, que en unos minutos vas a dormir como un bebé —prometió ella. Haciendo el menor movimiento posible salió de la cama para apagar la luz, y después se colocó a mi lado nuevamente, pero esta vez no se recostó sobre el cubrecama, sino que se cubrió con él y con la sábana. Sentía el cuerpo de Nadia pegado al mío, como si quisiera darme calor con él. Desde su rodilla, hasta sus senos, cada milímetro de esas partes se apretaban en mí, que estaba boca arriba, co

