Pero la puerta estaba cerrada con llave. —La reputísima madre que me parió —exclamé. No tenía idea de si me había escuchado o no, pero tampoco me importó. Volví al living, frustrado. Agarré mi celular para mandarle un mensaje, pero en ese momento se me hizo muy impersonal, además, así como me había sucedido hacía unos segundos, no sabía qué ponerle. A ese día le siguió uno igual, y luego otro, y luego otro. Eran días en los que Nadia me esquivaba, y me respondía con cortesía, pero sumamente escueta y carente de emociones. Días en los que andaba con demasiada ropa, y en los que cocinaba comidas poco elaboradas. A mí me ganaba el orgullo, y trataba de devolverle la frialdad que ella me transmitía, pero por la noche no aguantaba más, e iba hasta la puerta de su habitación, solo para encon

