Como para confirmar mis prejuicios, cuando quiso bajar de la silla, se resbaló. No se cayó desde esa altura de pura casualidad. En el último momento pudo mantener el equilibrio, al menos en parte. Pero se vio obligada a bajar de un salto. Cuando lo hizo, chocó su espalda contra mi cuerpo. Era increíble la fuerza que tenía la hija de puta, aunque también debo reconocer que yo nunca fui de estar en forma. Me pareció que se me vino encima una bolsa de cemento. Retrocedí unos pasos, intentando sostenerla. Pero ella llevaba consigo la fuerza del brusco movimiento que hizo al bajar de la silla. Yo me tropecé con mis propios pies, y fuimos a caer al piso. Nuestros cuerpos se desparramaron ridículamente, y quedamos pegados. Ella encima de mí. —Ay, ¿Estás bien? —preguntó Nadia, conteniendo su risa

